Nos conocimos
y todo estuvo bien. Pero te miré a los ojos más de un millar de veces sin
encontrar mi espacio. Si solo hubiese sabido que no esperabas que yo entrara; y
mi rencor también debiera haber sido amarrado. Si de esperar me habría
percatado que golpeabas mis pestañas tantas veces porque te parecía tan
entretenido como ser el caballo del tablero de ajedrez. Y ahora sé porque el
caballo: Nunca sabes hacia donde virará.
Me fuiste a
buscar una noche de agosto cuando eras un recuerdo entretenido e inofensivo.
Nunca supe tus reales intenciones, y yo dormía felizmente dentro de una copa de
vodka. Entraste con violencia a reclamar
sin reclamar, a hacer tuyo lo que nunca reclamaste y a ser desobediente, a
despeinar a la que esparcía muchos olores sobre mí. Yo era un monigote sin gracias que hablaba
más de lo que nunca pudo decir, ¿Pero serías capaz de negar mi felicidad?
Incluso… ¿Serías capaz de asumir que no te morías de envidia de dormir con
nosotros? Pero no fue posible ya que ella nunca quiso. La verdad nunca supo:
entonces ahora las dudas son gigantescas porque nunca sabremos la verdad de
todo esto. Te besé quizás sin quererlo o sin saber que te besaba a ti, pensando
que era ella. Fue todo tan controvertido. Finalmente durante tres días fue todo
casi normal. Para mí no fue suficiente y me acomodé dentro de la copa para
dormir un par de años más mientras tu caminaste hacía otro lado y te fuiste. No
tengo fotos de esa partida, pero como me duele verlas hoy en día.
Te fui a
buscar un par de años después y estabas igual pero más rubia. De todas formas
eras casi la misma pero ahora dos, y ese otro era tan igual a ti que me parecía
imposible que también fuera de otro. Pero no mío (nunca pudo ser mío). Era tan
mezquino lo que yo quería hacer aunque lo quería por derecho. Y volvimos a
dormir juntos pero ahora éramos más o menos cinco o seis: los que se habían ido
sin levantarse y seguían ahí porque de alguna u otra forma era su derecho, los
que estábamos porque creo queríamos estar ahí porque era excitante hacerlo y
los que no tenían más alternativa que quedarse porque estaban indisolublemente
atados a ti. Claro, si contamos a los últimos podríamos decir que eran quince o
veinte, pero la cama era ya tan amplia que pudiesen haber cabido unos veinte
más sin ningún tipo de remordimiento.
Te fui a
buscar y pienso que fui el primero en caerme de aquella cama. Me empujabas
abrazándome fuertemente porque me querías dentro de ti muy lejos de alcanzarte.
Todavía pienso en las incontables veces que me confesabas sentirte acorralada.
Yo inocentemente siempre pensé que eran esos otros tú los que te acorralaban y
no sé si también me convertí en un tú.
Hoy ya no te
busco pero siempre te encuentro de noche donde todos, todas y algunas cosas se
siguen convirtiendo en tu, no en ti, sino en tu. No te veo como un reflejo de
esos tres días fuera de la copa o cuando sobrepoblábamos una cama estrecha como
un sillón. Y me acuerdo de ese sillón donde por primera vez nos hicimos el amor
tú y yo. Pero lo incomodo es que también te hacía el amor a ti y ya vez, de
alguna forma siempre fuimos tres.
