domingo, 18 de mayo de 2014

Adicción.

- Si doctor, la última vez que la golpee fue de rabia espontánea –  El médico observaba acomodando sus lentes sobre su fina pero pronunciada nariz. Hablaba de golpear, correr, exceder, volver nuevamente al comienzo y empezar en el último golpe justo antes de buscarla y encontrar justo eso sobre la mesa de la cocina.

Siempre pasaba lo mismo: era en la mañana cuando más la necesitaba. Entonces sin fuerzas ni ganas de hacerlo bajaba al primer piso y la encontraba a veces en la cocina y otras solo apoyada en la puerta. A ella le bastaba con mirarlo bajar a tientas para darse cuenta que debía irse. En vez de eso salía sin que él le hablara y cerraba la puerta con fuerza asegurándose de pasar las dos llaves.

Sentía el frío pasar por su garganta y en cosa de minutos sus ojos se abrían hasta que le dolía la cara. Subía rápido y descendía lentamente. Entonces caía y ahí se quedaba quizás cuanto tiempo: minutos, horas, días, solo segundos… De una u otra forma lo suficiente para luego ponerse de pie y encarar la vida.

Al médico le interesaba el caso. Pensaba que aún sería recuperable teniendo en cuenta que existían drogas peores y en consecuencia mucho más trágicas. Sin embargo todo dependía del ojo moral con que se le mirase, y el único problema que el detectaba era la pobre mujer: - Desventurada – se decía mientras caminaba de su consulta al estacionamiento a buscar el auto que estacionaba cada día en el mismo lugar. – A este ritmo de vida, en poco tiempo no va a tener rostro de tanto golpe-.


Cuando la mujer llegó a la casa estaba todo oscuro y la puerta cerrada pero sin seguro. Entró despacio como oliendo un gusto líquido, dio solo un par de pasos cuando la tomaron del cabello por sorpresa y la tiraron al suelo. Alcanzo a cubrirse el rostro cuando una avalancha de puntapiés e insultos se le vino encima sin previo aviso. Cuando la agresión termino y logro levantarse a medias del piso, lo vio sentándose en un rincón de la habitación con la botella en las manos. Con el dolor de su cuerpo y la esperanza destruida vio como sus ojos comenzaban a desorbitarse mientras bebía de la botella. Cuando termino dejó la botella en el suelo se levanto y camino hacia la puerta pasando junto a ella sin mirarla. El salió y ella lloraba. El doctor ya iba sobre su auto raudo hacia casa. Cuando entro en la autopista reviso su chaqueta y saco una botella de bebida cola. La miro largo rato casi despreocupado del camino hasta que transpirando la destapo y mientras bebía sus ojos se expandían y desorbitaban dándole el secreto y violento placer de la adicción.

sábado, 10 de mayo de 2014

La luna sobre la avenida.

Íbamos conversando junto a la chimenea del tren cuando este pasó junto al último puerto abierto a transatlánticos y barcos fluviales.
Tú me decías muchas cosas y yo solo miraba tus pies que se meneaban hacia delante y atrás en un perfecto contrapunto. Es cierto que me hablabas, pero yo no ponía mucha atención. Es cierto también; a veces no pongo mucha atención.
Entonces nos aburrió el tren. La chimenea hacía mucho ruido y el humo de colores desentonaba con el paisaje que aún era muy sombrío. Sin embargo nos gustaba. Te hice callar y saltamos justo en la esquina.
No estaba seguro si era la esquina en que debíamos bajar. Deseaba mucho tomar tu mano así que lo hice solamente por eso. Cuando caímos mire hacia atrás y el tren ya no se veía. Solo eran visibles las copiosas humaradas rojas, azules, verdes y amarillas que luego cambiaban por naranjas, celestes, Burdeos y cafés.
Caminamos un poco hasta el comienzo de una calle que en su mitad tenía adoquines y en la otra estaba dibujada con lápiz negro de esos que se pueden borrar. Pero no en dos mitades iguales y dividas por un horizonte, si no como un tablero de ajedrez. En el comienzo un letrero: “Avenida de Ustedes”. 

Teníamos miedo y avanzábamos solo pisando los adoquines, casi en puntas de pie. Así íbamos ya casi entretenidos cuando por descuido uno de tus pies cayó en un cuadro dibujado.
Perplejos e inmóviles nos miramos ahora preocupados. Pero no era el miedo que nos detenía, si no la esperanza. 
Bajaste lentamente las manos hasta tocar el suelo y borraste con suaves movimientos el carboncillo de la superficie. Yo me acerqué aún pisando solo los adoquines y comenzamos a ver como el espacio quedaba en un absoluto blanco.
De tus botas sacaste un lápiz y me confidenciaste que lo habías tomado de las ropas del maquinista, con el pintaba la humareda. – Pobre maquinista – pensé, - su viaje será gris entre arcos de colores -.
No sabíamos que dibujar todavía presos de los adoquines, y de la nada construiste un castillo de arena precioso y majestuoso.
Nos gusto y borramos el espacio de más adelante. En el dibujamos un parque que más adelante visitaríamos, y en el siguiente un adiós cualquiera. – Nunca está de más tener guardado uno en el bolsillo – dijiste.

Nos gusto y saltamos sobre cien cuadrados siempre haciendo crecer lo que quisiésemos: un gato, un libro roñoso y uno en blanco, a Don Quijote cargando la lengua inglesa, un par de zapatos azules y finalmente una escalera. Por ella subiríamos para sentarnos en la luna menguante donde cómodos y felices nos abrazaríamos estrechamente. Finalmente un beso cerraría nuestra creación y sellaría un pacto que renovaríamos cada vez que bajáramos a la avenida.