- Si doctor,
la última vez que la golpee fue de rabia espontánea – El médico observaba acomodando sus lentes
sobre su fina pero pronunciada nariz. Hablaba de golpear, correr, exceder,
volver nuevamente al comienzo y empezar en el último golpe justo antes de
buscarla y encontrar justo eso sobre la mesa de la cocina.
Siempre
pasaba lo mismo: era en la mañana cuando más la necesitaba. Entonces sin
fuerzas ni ganas de hacerlo bajaba al primer piso y la encontraba a veces en la
cocina y otras solo apoyada en la puerta. A ella le bastaba con mirarlo bajar a
tientas para darse cuenta que debía irse. En vez de eso salía sin que él le
hablara y cerraba la puerta con fuerza asegurándose de pasar las dos llaves.
Sentía el
frío pasar por su garganta y en cosa de minutos sus ojos se abrían hasta que le
dolía la cara. Subía rápido y descendía lentamente. Entonces caía y ahí se
quedaba quizás cuanto tiempo: minutos, horas, días, solo segundos… De una u
otra forma lo suficiente para luego ponerse de pie y encarar la vida.
Al médico le
interesaba el caso. Pensaba que aún sería recuperable teniendo en cuenta que
existían drogas peores y en consecuencia mucho más trágicas. Sin embargo todo
dependía del ojo moral con que se le mirase, y el único problema que el
detectaba era la pobre mujer: - Desventurada – se decía mientras caminaba de su
consulta al estacionamiento a buscar el auto que estacionaba cada día en el
mismo lugar. – A este ritmo de vida, en poco tiempo no va a tener rostro de
tanto golpe-.
Cuando la
mujer llegó a la casa estaba todo oscuro y la puerta cerrada pero sin seguro.
Entró despacio como oliendo un gusto líquido, dio solo un par de pasos cuando
la tomaron del cabello por sorpresa y la tiraron al suelo. Alcanzo a cubrirse
el rostro cuando una avalancha de puntapiés e insultos se le vino encima sin
previo aviso. Cuando la agresión termino y logro levantarse a medias del piso,
lo vio sentándose en un rincón de la habitación con la botella en las manos.
Con el dolor de su cuerpo y la esperanza destruida vio como sus ojos comenzaban
a desorbitarse mientras bebía de la botella. Cuando termino dejó la botella en
el suelo se levanto y camino hacia la puerta pasando junto a ella sin mirarla.
El salió y ella lloraba. El doctor ya iba sobre su auto raudo hacia casa.
Cuando entro en la autopista reviso su chaqueta y saco una botella de bebida cola.
La miro largo rato casi despreocupado del camino hasta que transpirando la
destapo y mientras bebía sus ojos se expandían y desorbitaban dándole el
secreto y violento placer de la adicción.

