Íbamos
conversando junto a la chimenea del tren cuando este pasó junto al último
puerto abierto a transatlánticos y barcos fluviales.
Tú me decías
muchas cosas y yo solo miraba tus pies que se meneaban hacia delante y atrás en
un perfecto contrapunto. Es cierto que me hablabas, pero yo no ponía mucha
atención. Es cierto también; a veces no pongo mucha atención.
Entonces nos
aburrió el tren. La chimenea hacía mucho ruido y el humo de colores desentonaba
con el paisaje que aún era muy sombrío. Sin embargo nos gustaba. Te hice callar
y saltamos justo en la esquina.
No estaba
seguro si era la esquina en que debíamos bajar. Deseaba mucho tomar tu mano así
que lo hice solamente por eso. Cuando caímos mire hacia atrás y el tren ya no
se veía. Solo eran visibles las copiosas humaradas rojas, azules, verdes y
amarillas que luego cambiaban por naranjas, celestes, Burdeos y cafés.
Caminamos un
poco hasta el comienzo de una calle que en su mitad tenía adoquines y en la
otra estaba dibujada con lápiz negro de esos que se pueden borrar. Pero no en
dos mitades iguales y dividas por un horizonte, si no como un tablero de
ajedrez. En el comienzo un letrero: “Avenida de Ustedes”.
Teníamos
miedo y avanzábamos solo pisando los adoquines, casi en puntas de pie. Así
íbamos ya casi entretenidos cuando por descuido uno de tus pies cayó en un
cuadro dibujado.
Perplejos e
inmóviles nos miramos ahora preocupados. Pero no era el miedo que nos detenía,
si no la esperanza.
Bajaste
lentamente las manos hasta tocar el suelo y borraste con suaves movimientos el
carboncillo de la superficie. Yo me acerqué aún pisando solo los adoquines y
comenzamos a ver como el espacio quedaba en un absoluto blanco.
De tus botas
sacaste un lápiz y me confidenciaste que lo habías tomado de las ropas del
maquinista, con el pintaba la humareda. – Pobre maquinista – pensé, - su viaje
será gris entre arcos de colores -.
No sabíamos
que dibujar todavía presos de los adoquines, y de la nada construiste un
castillo de arena precioso y majestuoso.
Nos gusto y
borramos el espacio de más adelante. En el dibujamos un parque que más adelante
visitaríamos, y en el siguiente un adiós cualquiera. – Nunca está de más tener
guardado uno en el bolsillo – dijiste.
Nos gusto y
saltamos sobre cien cuadrados siempre haciendo crecer lo que quisiésemos: un gato,
un libro roñoso y uno en blanco, a Don Quijote cargando la lengua inglesa, un
par de zapatos azules y finalmente una escalera. Por ella subiríamos para
sentarnos en la luna menguante donde cómodos y felices nos abrazaríamos
estrechamente. Finalmente un beso cerraría nuestra creación y sellaría un pacto
que renovaríamos cada vez que bajáramos a la avenida.

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