sábado, 21 de junio de 2014

El Retrato de Isadora.

            Dio un primer pincelazo con fuerza y alegría, estaba solo en su habitación pero el recuerdo de Isadora lo llenaba de todos los sentimientos que podían hacer dichoso a un hombre. La recordaba y empezaba a trazar la línea de sus labios: con cuidado cerraba los ojos para evocar el movimiento de su boca sin palabras. La había conocido en la mañana en el centro del pueblo. Quizás era nueva o nunca la había visto, pero el sentimiento había sido tan fuerte como el rugir de las olas al abatirse sobre el acantilado. Estaba locamente enamorado.

                Nunca había pintado el amor, no muy bien lo distinguía ni ante sus ojos había danzado tan sublime sentimiento. Su trabajo más bien consistía en retratar a la gente del pueblo: niños, abuelos, matrimonios, familias y uno que otro capricho de algún parroquiano generalmente centrado en casas o mascotas.

                El amor tenía que ser esto se decía, ya que su imagen no podía borrar por más que pensara en la más tediosa fruta del arreglo sobre la mesa. Y así su pincel recorría los contornos de sus recuerdos. Bajaba por su cabello para enroscarse en las vueltas de su cuello, hasta descansar en sus hombros, y volvía a subir por sus labios repintados hasta posarse como una primaveral mariposa en la punta de su nariz. – Debe ser por lo bajo la pintura más bella que se haya hecho – dijo ya cansado y somnoliento, y pensó que lo mejor sería dejar esta empresa para la próxima noche y entregarse a los sueños donde por seguro ella sería la protagonista. Así, y sin más que decir se durmió.

                La mañana siguiente se levanto al alba lleno de frescura y buen humor. Desayuno con el apetito que quizás nunca en su vida había tenido, tomo su atril, un par de telas y maletín con pinceles y pinturas salió de su casa para dirigirse a la plaza del pueblo, donde cada día pintaba los pormenores de las cosas.

                Rozaba el tiempo al mediodía, cuando pudo distinguir a Isadora caminando junto a una amiga por uno de los costados de la plaza. ¿Cómo abarcarla? ¿Cómo nombrarla? ¿Cómo acercarse a tomar su mano? Las ideas y los titubeos vacilaban en su cabeza impidiéndole proseguir con sus bocetos.

                En eso estaba cuando de entre la multitud que paseaba por la plaza a esa hora, aparece un joven bien vestido y de educados movimientos que a primera vista debe haber sobrepasado en uno o dos años a Isadora, que comenzó a conversar distendidamente con ambas señoritas. En un minuto de la conversación extrae de su bolsillo algo que no alcanza a distinguir, y lo levanta con ambas manos para amarrarlo en el cuello de la bella Isadora: ¡era un collar!

-  ¡Qué diantres se ha creído este imbécil mocillo de plazoleta provinciana! – exclama iracundo el pintor sin poder sin embargo que ninguna de las palabras atravesaran la frontera de sus labios. Preso de los más iracundos pensamientos alcanza a recoger sus utensilios y regresa acompañado de todos los demonios del averno a su habitación.

-  ¿Esta niñita piensa que puede complacerse con mis sentimientos como un gato juguetea con su ratón? No, conmigo no infanta de memorables ojos pardos y suaves caídas de cabellos castaños brillantes como el metal -.

Y mientras las más oscuras sombras del despecho le hacían creer que el mundo no amanecería, tomo su pincel y descubrió la tela que dormía aún impregnada de la esencia del amor. La miró con rabia y en tres o cuatro pinceladas dibujó la más tosca y descuidada bufanda alrededor de lo que hasta ayer había sido el delicado cuello de la quebradiza Isadora.

La miró unos minutos y luego un par más para finalmente echar a llorar con el rostro entre sus manos. Así estuvo algún rato, ¿Cuánto? La verdad nadie lo sabe. Y nuevamente algo arrepentido e irritado todavía, se durmió. Y sobre esto la verdad, no tengo más que decir.

La mañana siguiente apenado aún, descubrió la tela con el retrato de la esplendorosa Isadora, y su alma se lleno de pena al ver su hermoso cuello cubierto de tan grotesca mancha de pintura. Desayuno un tazón de leche con tostadas con miel, y salió como todas las mañanas a pintar cómo pasa el tiempo sobre la plaza del pueblo.

Ahí estuvo todo el día sin sucesos dignos de contar y las horas pasaron tras los minutos. El pueblo avanzaba hacia el atardecer y los pasos de la muchedumbre marcaban innumerablemente el rostro de la plaza y sus expresiones. Cuando allí, a escasos metros de donde el pintor tatuaba con destreza la tela, se encontraba apoyado en un pilar el mozalbete que dispensadamente había osado rosar el cuello de la bella Isadora. Pensó en acercarse e incriminarlo por tan osada y descarada acción, hacer presencia y marcar territorio, indicarle y hacerle ver que ese amor le pertenecía. Que era imposible que a él que conocía tan detalladamente todas las expresiones, que reconocía de inmediato la tristeza en el rostro del viejo o el llanto del bebé, pudieran arrebatarle este sentimiento que exploraba ahora. Le pertenecía por derecho de la vida.

La decisión estaba y las palabras no faltarían, solo faltaba la pólvora que hiciera explotar esa rabia que le pertenecía.

No alcanzó a moverse cuando divisó en el otro extremo de la plaza a Isidora con su amiga. Reían y se decían cosas al oído moviéndose de allá para acá. Ya conocía el amor y este le había hecho sentir como nunca antes, pero cuando se dio cuenta que lo que llamaba la atención de Isadora era este descarado muchacho, conoció a su entender otro sentimiento que a escondidas siempre viaja junto al amor: el despecho.

No sabía qué hacer con sus manos y los pies le pesaban como nunca antes. Quería correr pero no sabía hacia donde, o tal vez esconderse bajo las ramas del sauce que estaba muy cerca de él.

- No te quiero – dijo. – La verdad es que nunca te he querido. Como es posible que el amor sea capaz de fijarse en una arpía tan descarada como esta mujer -. Las manos le transpiraban y los músculos se le contraían haciendo todo lo posible para volver todo su cuerpo invisible. Nadie debía acercársele. Ni decir hablarle.

Tomo el atril de tal forma que la tela se desgarro justo en la mitad partiendo como un rayo en dos, el árbol allí dibujado. No alcanzó a recoger todos los pinceles y algunas pinturas quedaron esparcidas en el lugar que antes había ocupado.

Llegó a su casa llorando amargamente mientras pateaba y lanzaba lejos todo lo que se le atravesara. Entró a su habitación y de un tirón arranco la tela que cubría el retrato: - ¡Tus ojos no son dignos de observar la belleza que un enamorado es capaz de distinguir y sobrellevar! -. Dicho esto tomó el pincel más grueso y tras sumergirlo en la tinta negra, comenzó a dar precisas puñaladas sobre los ojos de la desamparada Isadora. Así estuvo algunos minutos hasta que ya no quedó nada de los relumbrantes ojos pardos que tan enamoradamente había delineado hace dos noches atrás. En su lugar ahora cohabitaban junto a la nariz, la boca y la frente, dos grotescas manchas negras sin sentido.

Algo si nos queda claro: cuando el amor es capaz de con sutileza y dulzura esbozar los más bellos trazos, el despecho y la ira pueden manchar y tapar el sol con un par de certeras estocadas. ¿Pero alguien es capaz de aseverar que esto no es también un sentimiento digno de nuestra humanidad?

No sé si esa noche el pintor concilió el sueño, pero cuando la pena es tan grande a veces es mejor guardar el más respetuoso silencio, por lo tanto ya más nada contaré.

El día siguiente no desayunó y tampoco descubrió la tela con el ciego retrato de Isadora. No iría a la plaza, la vergüenza era hoy el sentimiento de moda en su vida, por lo que se sentó junto a la ventana y cubierto de un roñoso manto de lana se dispuso a ver pasar el día.

En esta tan reconfortante actividad se encontraba, cuando por la vereda de en frente una pareja caminaba muy junta tomada de la mano besándose cada cierto tramo recorrido. Como no, era Isadora con el muchacho.  Ya no había rabia ni despecho, tampoco amor ni desconsuelo. Solo quito la manta y fue a pararse frente el atril que aún sostenía cubierto por la tela, el retrato. Lo descubrió con mucho cuidado, y luego de observarlo algunos segundos tomo el mismo pincel grueso manchado con la negra sangre que había brotado de los ojos de Isadora y comenzó a proyectar suaves líneas curvas sobre todo el contorno del rostro. Estuvo algún rato hasta que me imagino fue suficiente y sacó un abrigo de su ropero. Sin apuro se abrigó y caminó hacia la puerta. Antes de abrirla se dio vuelta y observo por última vez lo que alguna vez había sido un hermoso retrato. Se complació al notar que a la distancia la nueva figura tomaba mucho sentido: sobre la bufanda descansaba una negra manzana que servía de alimento a un gordo y feo gusano. – Quien sabe – se dijo – Quizás inventé un nuevo estilo de pintura: la naturaleza muerta –

Abrió la puerta y salió. Nunca más volvimos a verlo.  


domingo, 1 de junio de 2014

José, el de la esquina.

¡Oye cabro chico, pasa la pelota! – Nunca iba solo a esa plaza. No porque me lo prohibieran, sino porque me daba un miedo terrible. Alguna vez escuche al Daniel decir que en las casas de alrededor vivía un niño “enfermo” (en ese tiempo todavía era natural referirse a una persona con capacidades distintas como “enfermo”) al que los papas dejaban solo en el antejardín, y que cuando lograba salir les pegaba a los niños que no eran de ahí.
- Tira la pelota po. ¿Que acaso no escuchai? – cuando retorno de mis pensamientos veo una pelota a mis pies y a un niño mucho mayor que yo gritándome desde la multicancha que estaba a un lado de la plaza. La tomo con las manos y al dejarla caer la chuteo con todas mis fuerzas. El niño era flaco, no muy alto y con una melena bastante descuidada. - Ese es el José -  me dice el panchito, amigo mío desde que tenía recuerdos y que estaba conmigo ese día en aquel escape lejos de nuestras casas, - vive pa allá, llegando a la avenida. Mi abuelita dice que sus papas son comunistas – No me importaba mucho el último comentario, a mis 6 años yo ya tenía claro quiénes eran los buenos y quiénes los malos, por lo menos por lo que se conversaba en mi casa entre mi papá y sus amigos, y si sus papas eran comunistas, por lo menos para mí no eran los malos. – Vamos pa la casa mi abuelita me va a retar, no me deja venir solo pa acá – me dijo el Panchito entre un poco aburrido y asustado por lo que le había contado del “enfermito” – no seai hueón – le dije – si no va a pasar na, aparte tu abuelita está atendiendo el negocio a esta hora. No se va a dar ni cuenta –
No deseaba irme, quería seguir mirando a ese niño que ya me empezaba a causar tanto misterio. Pasó el rato mientras la “pichanga” se desenvolvía normalmente cuando pasó un radiopatrullas a mas o menos una cuadra de distancia y se detuvo. Para la época era normal que esto pasara, en un par de horas comenzaría el toque de queda y no podía quedar nadie deambulando en la calle. Cuando los jugadores de la “pichanga” advirtieron la presencia policial detuvieron el juego y mantuvieron silencio, al reanudar el vehículo la marcha dando vuelta a la esquina comenzaron los gritos desde la cancha: - pacos culiaos- -fascistas de mierda- -asesinos- todos capitaneados enérgicamente por el José a quien ya no le parecía para nada atractivo el juego con la pelota. Creo que de la radiopatrulla no escucharon o se hicieron los desentendidos de los gritos, ya que no volvieron, pero tuve que darme unos golpes en el pecho para retomar la respiración. Había escuchado muchas veces en conversaciones de mi papá, de personas que tomaban detenidas en la calle y no se veían nunca más. En mi familia no era el caso y tampoco algún vecino, pero el solo hecho de que me confundieran a mí con el gestor de la improvisada protesta me congelaba la sangre. Me llevarían preso quizás adonde y no vería nunca más a mi madre.
El incidente había terminado irrevocablemente con “la pichanga”, por lo que los jugadores se fueron a sentar a un costado de la plaza muy cerca de nosotros. Era innegable que el José era el líder de aquel grupo: dirigía los movimientos, bromeaba antes que ninguno y se daba el tiempo de repartir uno que otro “coscorrón” en la cabeza de sus compañeros. Repentinamente se acerco a nosotros y nos ofreció bebida de una botella que compartían entre todos.
- ¿queris coca cola? - me dijo acercándome la botella
- bueno le dije- y me la empine para tomar como grande.
- ¿cómo te llamai? – me pregunto sentándose junto al Panchito en la vereda.
- Gabriel, le conteste. Y él es el Panchito –
- Vos soy el nieto de la señora Pancha, del negocio ¿Cierto? – dijo refiriéndose al Panchito quien bebía ahora de la botella. Panchito asintió solo moviendo la cabeza.
- Nunca los he visto en la parroquia, ¿no van? –
- Mi papá dice que dios no existe, que son puras hueas pa cagarte la vida – dije recibiendo la botella de la que el José recién había tomado antes de hacerme la pregunta. Deben haber sido microsegundos entre que me pasó la botella, terminé la frase y el coscorrón quemo mi cabeza.
- No seai hueón, Dios es el que nos pone en este mundo pa algo – Dicho esto se levanto y le pasó la botella ya vacía al Panchito – llévasela a tu abuela hueón – mi amigo nuevamente solo asintió con los movimientos verticales de su cabeza.
No volví a saber de José en un buen tiempo, pasaron algunos meses y entre ellos octubre con mi cumpleaños (recibí una bonita pelota con las insignias y colores del mundial de España). Juagando un día afuera del negocio es que escuché conversar a la señora Pancha con el Gonza, quien era el que le traía las verduras para el negocio:
-          Señora, supo que los pacos se llevaron detenido ayer al José –
-          ¿El de la esquina? Era cosa de tiempo no mas po. Si ese cabro chico pasa metió en las protestas. Hace no mucho que se llevaron también al mayor, ¿este, como se llama…?
-          ¡El miguel!
-          ¡Ese mismo po! si esos cabros hueones salieron igual de comunistas que el padre. No me extrañaría que cualquier día lleguen los milicos y le hagan mierda la casa.
-          Eh, si po.
Esa misma tarde fuimos con mi mamá a comprar a la ferretería que estaba en la avenida. Ella siempre me decía que no tuviéramos miedo en la calle, que si uno no se metía nada te harían. Por eso y pese a que la “Cooperativa” había informado prácticamente todo el día de los disturbios y protestas en la Población Cardijn, salimos de todas formas.
En la calle me acuerdo que no volaba una mosca y lo único que se sentía era el ruido de la cadena de mi bicicleta que avanzaba lenta y prudentemente tras los pasos de mi madre. En la avenida no había nadie, ni microbuses ni autos pasaban, y los locales estaban todos con media cortina abajo. Repentinamente, y no sé de donde, apareció un camión lleno de milicos abordo. Iban todos vestidos de campaña (con sus trajes camuflados) y el fusil en la mano. Se dirigía a media velocidad de oriente a poniente como buscando algo sin encontrarlo. En cosa de segundos de entre los pasajes un individuo encapuchado avanza a toda velocidad en dirección al camión y lanza con todas sus fuerzas una piedra contra el parabrisas del vehículo destrozándolo casi por completo. La verdad no lo puedo asegurar  hoy más de 30 años después, ni en ese momento, pero podría asegurar que el individuo, flaco y melenudo, era el José. Lo que pasó después son momentos y trozos de un rollo de película antigua que puedo rebobinar una y otra vez sin nunca en verdad poder darle la velocidad real de cómo ocurrieron los hechos. El joven arranco por el pasaje, el camión avanzo a toda velocidad tras el joven, desde las casas (no se cual, cuales o cuantas) empezó la ráfaga de metralleta contra el camión y mis piernas pedaleando como nunca de vuelta a mi casa.
Así pasaban los días con nuestras vidas tratando de acomodarse al colegio, las velatones, el trabajo, el compañero caído, comprar el pan, la cadena nacional del presidente (según la televisión) del dictador (según mi papá) y mis juegos de niño.
Al José lo seguía viendo frecuentemente en la calle cada vez más distinto. Nunca más asistió a la cancha de la plaza ni al negocio a comprar una bebida, más que nada porque la señora Pancha ya no le creía lo de “le traigo el envase más ratito”. Tampoco se juntaba con los muchachos de esta cuadra o la otra, sino que se le veía con personajes que no eran ni de la población del lado ni de la nuestra, y eran más bien mayores.
Ya era 1984 y en el país no se veían luces de cambio, por el contrario el actuar de pequeños grupos subversivos era cada vez más frecuente y cercano. En marzo de ese mismo año un grupo quemó por completo una camioneta de la municipalidad que se dedicaba a borrar las consignas políticas que pintaban en tremendos murales las organizaciones del sector. Yo sabía, por muy buena fuente, que el autor intelectual y de hecho, no había sido otro que el José y sus amigos.
La noche anterior a ese viernes 16 de marzo, iba de vuelta a mi casa luego de un extenso partido en la calle de 80 minutos por lado, en la que habíamos ganado gracias a la implacable ley del “último gal gana”. Mí casa estaba justo en medio de dos postes, por lo que la iluminación era muy pobre. Fue en esa oscuridad donde se llevó a cabo la última reunión que definiría los pormenores del incendio de la camioneta.
Desde la puerta de mi casa pude reconocer a José y al resto de los muchachos, todos miembros de la capilla y pertenecientes a la organización “Cristo Libertador”. El anzuelo era claro, esa misma noche pintarían un mural en la avenida y esperarían la llegada de la camioneta municipal la mañana del otro día. La mayoría llegaría frontalmente encapuchados para amedrentar a los funcionarios municipales y hacerles arrancar, mientras José con el Joaquín abrirían las puertas y rasgarían los asientos dando paso a Carlos quien finalmente prendería fuego con el impacto de una bomba molotov.
El hecho fue comentario obligado en el negocio la tarde de ese viernes, crónica policíaca en los noticieros de la noche y portada de algunos diarios el sábado siguiente. Indudablemente un éxito que sin embargo desembocaría en hechos que ya nunca más pudieron ser cambiados.
A contar de ese día, y prácticamente todos los que siguieron, la casa del José se convirtió en punto fijo para efectivos de las fuerzas armadas y carabineros. No había día en que no se comentará de un allanamiento a la casa buscando armas, propaganda política, vínculos a grupos subversivos y a los hermanos mismos. Nunca más vi al José después de la noche anterior al atentado de la camioneta. En la calle se comentaba que la dirigencia del MIR les había prohibido frecuentar su casa por motivos de seguridad, a él y su hermano, y que vivían en la clandestinidad en alguna comuna del sector poniente de Santiago.
Poco más de un año después de los acontecimientos antes descritos, un 29 de marzo de 1985, veníamos con mi madre en el microbús después de haber visitado a mi tía. Al llegar a la avenida había un atochamiento vehicular inusual para la hora. Un poco más allá de la panadería, aproximadamente una cuadra, carabineros tenía cercada un área donde se encontraba un gran número de efectivos. En el suelo había dos bultos cubiertos por un plástico naranjo. Yo venía sentado junto a la ventana y fui espectador de primera fila en los breves momentos en que el autobús pasaba junto al cercamiento. Algo me picaba en el estomago y hacía que un frio me recorriera los brazos erizando todos mis bellos. Nunca pude explicar esa sensación.
Cuando llegamos a la casa mi madre encendió el televisor justo cuando anunciaban un extra de noticias en el canal 7, medio de comunicación televisivo oficial del gobierno. En el relataban que carabineros había abatido a dos delincuentes tras ser sorprendidos en un asalto a mano armada contra un panadería. Para mí ya no cabía duda alguna, el delincuente, el subversivo a mano armada, el bulto sin vida en el suelo, era el José.
El funeral partió desde la esquina en la avenida, desde la misma casa del José. Mi mamá no me dejo ir, básicamente porque el miedo no le permitía a ella asistir. Pero fueron cientos los que marcharon tras los ataúdes de dos cabros de la población que creían en la libertad a como diera lugar, dos revolucionarios que creían a ojos cerrados en la posibilidad de enfrentarse a un ejército profesional solo con piedras recogidas del suelo de una población. La misma piedra que había sido pateada por quizás cuantos muchachos del barrio sin estudios, sin trabajo y sin futuro. La muerte es el arma de intimidación por excelencia de las dictaduras, y pasó aquí, en Argentina, Uruguay, Brasil, alimentando el hambre de un pueblo que nunca olvidaría el asesinato de dos jóvenes de población.
Un año después nos fuimos de esa casa con mi familia, nunca más volví. El 29 de marzo se convirtió en una conmemoración interpretativa. Algunos la utilizan como un arma de revolución contra un sistema que no ha cambiado en más de 40 años multiplicando a los José y Miguel quemando un neumático en medio de la calle o buscando piedras que ya no existen para lanzar al mismo profesional ejercito que mató al José.
Sin embargo hace un tiempo la justicia re abrió el caso básicamente fundado en confesiones de carabineros en retiro que participaron de ese operativo. Este hecho reactivo algo muy guardado en mi memoria y que se evadía cada vez que rememoraba mis juegos de niños, al Panchito, las pichangas eternas y las bebidas en la plaza. Las confesiones son actos de fe, y la fe es algo personal e ininterrogable, pero el viento, los arboles y el frío pavimento son elementos que se escapan de la lógica humana que miente tan seguido que ha olvidado sus propios escrúpulos.
José camina a dos casas de distancia de miguel y su novia, el sistema más seguro para pasar desapercibido. Han decidido asaltar la ese negocio que se encuentra en la avenida para financiar de alguna forma su vida en la clandestinidad. No alcanzan a llegar, un furgón de Carabineros aparece tras ellos y alumbra con un foco al José.
– Arranca hueón, los pacos –
Dos oficiales bajan del furgón para perseguirlos a pie. Miguel saca de su bolsillo un revolver y trata de disparar a los efectivos: este no funciona. Nadie sabe si en algún momento tan solo pensaron en la posibilidad de que funcionara. A toda carrera entran por un pasaje, primero miguel, seguido por José y  quedándose atrás la novia del primero.
-          Que hago – grita ella
-          Entra al negocio – le grita Miguel. Es la última vez que lo ve.
En la siguiente esquina los hermanos se encuentran a boca de jarro con sus perseguidores, la policía habla de un enfrentamiento, pero no existe prueba alguna de eso. Miguel cae muerto con una bala en la pierna y otra en el corazón. José también está en el suelo producto de un balazo en la espalda que lo deja invalido, pero los carabineros no advierten que sigue con vida hasta que comienza a moverse en dirección a Miguel. Solo quería abrazarlo. Un culatazo en la cabeza termina con sus intenciones. Llega un furgón y entre dos carabineros lo toman de las piernas y el pelo para subirlo. Arriba un certero balazo en la nuca termina con su vida. Vuelven donde yace el cuerpo de miguel y arrojan el de José a su lado.

Nunca más, en la historia de la lucha del individuo contra la muerte, faltara un muro donde aparezca la imagen del flaco sonriente con su melena descuidada junto a su hermano Miguel.