Dio un primer pincelazo con fuerza y alegría,
estaba solo en su habitación pero el recuerdo de Isadora lo llenaba de todos
los sentimientos que podían hacer dichoso a un hombre. La recordaba y empezaba
a trazar la línea de sus labios: con cuidado cerraba los ojos para evocar el
movimiento de su boca sin palabras. La había conocido en la mañana en el centro
del pueblo. Quizás era nueva o nunca la había visto, pero el sentimiento había
sido tan fuerte como el rugir de las olas al abatirse sobre el acantilado.
Estaba locamente enamorado.
Nunca
había pintado el amor, no muy bien lo distinguía ni ante sus ojos había danzado
tan sublime sentimiento. Su trabajo más bien consistía en retratar a la gente
del pueblo: niños, abuelos, matrimonios, familias y uno que otro capricho de
algún parroquiano generalmente centrado en casas o mascotas.
El
amor tenía que ser esto se decía, ya que su imagen no podía borrar por más que
pensara en la más tediosa fruta del arreglo sobre la mesa. Y así su pincel
recorría los contornos de sus recuerdos. Bajaba por su cabello para enroscarse
en las vueltas de su cuello, hasta descansar en sus hombros, y volvía a subir
por sus labios repintados hasta posarse como una primaveral mariposa en la
punta de su nariz. – Debe ser por lo bajo la pintura más bella que se haya
hecho – dijo ya cansado y somnoliento, y pensó que lo mejor sería dejar esta
empresa para la próxima noche y entregarse a los sueños donde por seguro ella
sería la protagonista. Así, y sin más que decir se durmió.
La
mañana siguiente se levanto al alba lleno de frescura y buen humor. Desayuno
con el apetito que quizás nunca en su vida había tenido, tomo su atril, un par
de telas y maletín con pinceles y pinturas salió de su casa para dirigirse a la
plaza del pueblo, donde cada día pintaba los pormenores de las cosas.
Rozaba
el tiempo al mediodía, cuando pudo distinguir a Isadora caminando junto a una
amiga por uno de los costados de la plaza. ¿Cómo abarcarla? ¿Cómo nombrarla?
¿Cómo acercarse a tomar su mano? Las ideas y los titubeos vacilaban en su
cabeza impidiéndole proseguir con sus bocetos.
En
eso estaba cuando de entre la multitud que paseaba por la plaza a esa hora,
aparece un joven bien vestido y de educados movimientos que a primera vista
debe haber sobrepasado en uno o dos años a Isadora, que comenzó a conversar
distendidamente con ambas señoritas. En un minuto de la conversación extrae de
su bolsillo algo que no alcanza a distinguir, y lo levanta con ambas manos para
amarrarlo en el cuello de la bella Isadora: ¡era un collar!
-
¡Qué
diantres se ha creído este imbécil mocillo de plazoleta provinciana! – exclama
iracundo el pintor sin poder sin embargo que ninguna de las palabras
atravesaran la frontera de sus labios. Preso de los más iracundos pensamientos
alcanza a recoger sus utensilios y regresa acompañado de todos los demonios del
averno a su habitación.
-
¿Esta
niñita piensa que puede complacerse con mis sentimientos como un gato juguetea
con su ratón? No, conmigo no infanta de memorables ojos pardos y suaves caídas
de cabellos castaños brillantes como el metal -.
Y mientras las más oscuras sombras del despecho le hacían creer que el
mundo no amanecería, tomo su pincel y descubrió la tela que dormía aún
impregnada de la esencia del amor. La miró con rabia y en tres o cuatro
pinceladas dibujó la más tosca y descuidada bufanda alrededor de lo que hasta
ayer había sido el delicado cuello de la quebradiza Isadora.
La miró unos minutos y luego un par más para finalmente echar a llorar
con el rostro entre sus manos. Así estuvo algún rato, ¿Cuánto? La verdad nadie
lo sabe. Y nuevamente algo arrepentido e irritado todavía, se durmió. Y sobre
esto la verdad, no tengo más que decir.
La mañana siguiente apenado aún, descubrió la tela con el retrato de la
esplendorosa Isadora, y su alma se lleno de pena al ver su hermoso cuello
cubierto de tan grotesca mancha de pintura. Desayuno un tazón de leche con
tostadas con miel, y salió como todas las mañanas a pintar cómo pasa el tiempo
sobre la plaza del pueblo.
Ahí estuvo todo el día sin sucesos dignos de contar y las horas pasaron
tras los minutos. El pueblo avanzaba hacia el atardecer y los pasos de la
muchedumbre marcaban innumerablemente el rostro de la plaza y sus expresiones.
Cuando allí, a escasos metros de donde el pintor tatuaba con destreza la tela,
se encontraba apoyado en un pilar el mozalbete que dispensadamente había osado
rosar el cuello de la bella Isadora. Pensó en acercarse e incriminarlo por tan
osada y descarada acción, hacer presencia y marcar territorio, indicarle y
hacerle ver que ese amor le pertenecía. Que era imposible que a él que conocía
tan detalladamente todas las expresiones, que reconocía de inmediato la
tristeza en el rostro del viejo o el llanto del bebé, pudieran arrebatarle este
sentimiento que exploraba ahora. Le pertenecía por derecho de la vida.
La decisión estaba y las palabras no faltarían, solo faltaba la pólvora
que hiciera explotar esa rabia que le pertenecía.
No alcanzó a moverse cuando divisó en el otro extremo de la plaza a
Isidora con su amiga. Reían y se decían cosas al oído moviéndose de allá para
acá. Ya conocía el amor y este le había hecho sentir como nunca antes, pero
cuando se dio cuenta que lo que llamaba la atención de Isadora era este
descarado muchacho, conoció a su entender otro sentimiento que a escondidas
siempre viaja junto al amor: el despecho.
No sabía qué hacer con sus manos y los pies le pesaban como nunca antes.
Quería correr pero no sabía hacia donde, o tal vez esconderse bajo las ramas
del sauce que estaba muy cerca de él.
- No te quiero – dijo. – La verdad es que nunca te he querido. Como es
posible que el amor sea capaz de fijarse en una arpía tan descarada como esta
mujer -. Las manos le transpiraban y los músculos se le contraían haciendo todo
lo posible para volver todo su cuerpo invisible. Nadie debía acercársele. Ni
decir hablarle.
Tomo el atril de tal forma que la tela se desgarro justo en la mitad
partiendo como un rayo en dos, el árbol allí dibujado. No alcanzó a recoger
todos los pinceles y algunas pinturas quedaron esparcidas en el lugar que antes
había ocupado.
Llegó a su casa llorando amargamente mientras pateaba y lanzaba lejos
todo lo que se le atravesara. Entró a su habitación y de un tirón arranco la
tela que cubría el retrato: - ¡Tus ojos no son dignos de observar la belleza
que un enamorado es capaz de distinguir y sobrellevar! -. Dicho esto tomó el
pincel más grueso y tras sumergirlo en la tinta negra, comenzó a dar precisas
puñaladas sobre los ojos de la desamparada Isadora. Así estuvo algunos minutos
hasta que ya no quedó nada de los relumbrantes ojos pardos que tan
enamoradamente había delineado hace dos noches atrás. En su lugar ahora
cohabitaban junto a la nariz, la boca y la frente, dos grotescas manchas negras
sin sentido.
Algo si nos queda claro: cuando el amor es capaz de con sutileza y
dulzura esbozar los más bellos trazos, el despecho y la ira pueden manchar y
tapar el sol con un par de certeras estocadas. ¿Pero alguien es capaz de
aseverar que esto no es también un sentimiento digno de nuestra humanidad?
No sé si esa noche el pintor concilió el sueño, pero cuando la pena es
tan grande a veces es mejor guardar el más respetuoso silencio, por lo tanto ya
más nada contaré.
El día siguiente no desayunó y tampoco descubrió la tela con el ciego
retrato de Isadora. No iría a la plaza, la vergüenza era hoy el sentimiento de
moda en su vida, por lo que se sentó junto a la ventana y cubierto de un roñoso
manto de lana se dispuso a ver pasar el día.
En esta tan reconfortante actividad se encontraba, cuando por la vereda
de en frente una pareja caminaba muy junta tomada de la mano besándose cada
cierto tramo recorrido. Como no, era Isadora con el muchacho. Ya no había rabia ni despecho, tampoco amor
ni desconsuelo. Solo quito la manta y fue a pararse frente el atril que aún
sostenía cubierto por la tela, el retrato. Lo descubrió con mucho cuidado, y
luego de observarlo algunos segundos tomo el mismo pincel grueso manchado con
la negra sangre que había brotado de los ojos de Isadora y comenzó a proyectar
suaves líneas curvas sobre todo el contorno del rostro. Estuvo algún rato hasta
que me imagino fue suficiente y sacó un abrigo de su ropero. Sin apuro se
abrigó y caminó hacia la puerta. Antes de abrirla se dio vuelta y observo por
última vez lo que alguna vez había sido un hermoso retrato. Se complació al
notar que a la distancia la nueva figura tomaba mucho sentido: sobre la bufanda
descansaba una negra manzana que servía de alimento a un gordo y feo gusano. –
Quien sabe – se dijo – Quizás inventé un nuevo estilo de pintura: la naturaleza
muerta –
Abrió
la puerta y salió. Nunca más volvimos a verlo.


