¡Oye cabro chico, pasa la pelota! –
Nunca iba solo a esa plaza. No porque me lo prohibieran, sino porque me daba un
miedo terrible. Alguna vez escuche al Daniel decir que en las casas de
alrededor vivía un niño “enfermo” (en ese tiempo todavía era natural referirse
a una persona con capacidades distintas como “enfermo”) al que los papas
dejaban solo en el antejardín, y que cuando lograba salir les pegaba a los
niños que no eran de ahí.
- Tira la pelota po. ¿Que acaso no
escuchai? – cuando retorno de mis pensamientos veo una pelota a mis pies y a un
niño mucho mayor que yo gritándome desde la multicancha que estaba a un lado de
la plaza. La tomo con las manos y al dejarla caer la chuteo con todas mis
fuerzas. El niño era flaco, no muy alto y con una melena bastante descuidada. -
Ese es el José - me dice el panchito,
amigo mío desde que tenía recuerdos y que estaba conmigo ese día en aquel
escape lejos de nuestras casas, - vive pa allá, llegando a la avenida. Mi
abuelita dice que sus papas son comunistas – No me importaba mucho el último
comentario, a mis 6 años yo ya tenía claro quiénes eran los buenos y quiénes
los malos, por lo menos por lo que se conversaba en mi casa entre mi papá y sus
amigos, y si sus papas eran comunistas, por lo menos para mí no eran los malos.
– Vamos pa la casa mi abuelita me va a retar, no me deja venir solo pa acá – me
dijo el Panchito entre un poco aburrido y asustado por lo que le había contado
del “enfermito” – no seai hueón – le dije – si no va a pasar na, aparte tu
abuelita está atendiendo el negocio a esta hora. No se va a dar ni cuenta –
No deseaba irme, quería seguir
mirando a ese niño que ya me empezaba a causar tanto misterio. Pasó el rato
mientras la “pichanga” se desenvolvía normalmente cuando pasó un radiopatrullas
a mas o menos una cuadra de distancia y se detuvo. Para la época era normal que
esto pasara, en un par de horas comenzaría el toque de queda y no podía quedar
nadie deambulando en la calle. Cuando los jugadores de la “pichanga” advirtieron
la presencia policial detuvieron el juego y mantuvieron silencio, al reanudar
el vehículo la marcha dando vuelta a la esquina comenzaron los gritos desde la
cancha: - pacos culiaos- -fascistas de mierda- -asesinos- todos capitaneados
enérgicamente por el José a quien ya no le parecía para nada atractivo el juego
con la pelota. Creo que de la radiopatrulla no escucharon o se hicieron los
desentendidos de los gritos, ya que no volvieron, pero tuve que darme unos
golpes en el pecho para retomar la respiración. Había escuchado muchas veces en
conversaciones de mi papá, de personas que tomaban detenidas en la calle y no
se veían nunca más. En mi familia no era el caso y tampoco algún vecino, pero
el solo hecho de que me confundieran a mí con el gestor de la improvisada
protesta me congelaba la sangre. Me llevarían preso quizás adonde y no vería
nunca más a mi madre.
El incidente había terminado
irrevocablemente con “la pichanga”, por lo que los jugadores se fueron a sentar
a un costado de la plaza muy cerca de nosotros. Era innegable que el José era
el líder de aquel grupo: dirigía los movimientos, bromeaba antes que ninguno y
se daba el tiempo de repartir uno que otro “coscorrón” en la cabeza de sus
compañeros. Repentinamente se acerco a nosotros y nos ofreció bebida de una
botella que compartían entre todos.
- ¿queris coca cola? - me dijo acercándome la
botella
- bueno le dije- y me la empine para tomar como
grande.
- ¿cómo te llamai? – me pregunto sentándose
junto al Panchito en la vereda.
- Gabriel, le conteste. Y él es el Panchito –
- Vos soy el nieto de la señora Pancha, del
negocio ¿Cierto? – dijo refiriéndose al Panchito quien bebía ahora de la
botella. Panchito asintió solo moviendo la cabeza.
- Nunca los he visto en la parroquia, ¿no van?
–
- Mi papá dice que dios no existe, que son
puras hueas pa cagarte la vida – dije recibiendo la botella de la que el José
recién había tomado antes de hacerme la pregunta. Deben haber sido
microsegundos entre que me pasó la botella, terminé la frase y el coscorrón
quemo mi cabeza.
- No seai hueón, Dios es el que nos pone en
este mundo pa algo – Dicho esto se levanto y le pasó la botella ya vacía al
Panchito – llévasela a tu abuela hueón – mi amigo nuevamente solo asintió con
los movimientos verticales de su cabeza.
No volví a saber de José en un buen
tiempo, pasaron algunos meses y entre ellos octubre con mi cumpleaños (recibí
una bonita pelota con las insignias y colores del mundial de España). Juagando
un día afuera del negocio es que escuché conversar a la señora Pancha con el
Gonza, quien era el que le traía las verduras para el negocio:
-
Señora,
supo que los pacos se llevaron detenido ayer al José –
-
¿El
de la esquina? Era cosa de tiempo no mas po. Si ese cabro chico pasa metió en
las protestas. Hace no mucho que se llevaron también al mayor, ¿este, como se
llama…?
-
¡El
miguel!
-
¡Ese
mismo po! si esos cabros hueones salieron igual de comunistas que el padre. No
me extrañaría que cualquier día lleguen los milicos y le hagan mierda la casa.
-
Eh,
si po.
Esa misma tarde fuimos con mi mamá a
comprar a la ferretería que estaba en la avenida. Ella siempre me decía que no
tuviéramos miedo en la calle, que si uno no se metía nada te harían. Por eso y
pese a que la “Cooperativa” había informado prácticamente todo el día de los
disturbios y protestas en la Población Cardijn, salimos de todas formas.
En la calle me acuerdo que no volaba
una mosca y lo único que se sentía era el ruido de la cadena de mi bicicleta
que avanzaba lenta y prudentemente tras los pasos de mi madre. En la avenida no
había nadie, ni microbuses ni autos pasaban, y los locales estaban todos con
media cortina abajo. Repentinamente, y no sé de donde, apareció un camión lleno
de milicos abordo. Iban todos vestidos de campaña (con sus trajes camuflados) y
el fusil en la mano. Se dirigía a media velocidad de oriente a poniente como
buscando algo sin encontrarlo. En cosa de segundos de entre los pasajes un
individuo encapuchado avanza a toda velocidad en dirección al camión y lanza
con todas sus fuerzas una piedra contra el parabrisas del vehículo
destrozándolo casi por completo. La verdad no lo puedo asegurar hoy más de 30 años después, ni en ese momento,
pero podría asegurar que el individuo, flaco y melenudo, era el José. Lo que
pasó después son momentos y trozos de un rollo de película antigua que puedo
rebobinar una y otra vez sin nunca en verdad poder darle la velocidad real de
cómo ocurrieron los hechos. El joven arranco por el pasaje, el camión avanzo a
toda velocidad tras el joven, desde las casas (no se cual, cuales o cuantas)
empezó la ráfaga de metralleta contra el camión y mis piernas pedaleando como
nunca de vuelta a mi casa.
Así pasaban los días con nuestras
vidas tratando de acomodarse al colegio, las velatones, el trabajo, el
compañero caído, comprar el pan, la cadena nacional del presidente (según la
televisión) del dictador (según mi papá) y mis juegos de niño.
Al José lo seguía viendo
frecuentemente en la calle cada vez más distinto. Nunca más asistió a la cancha
de la plaza ni al negocio a comprar una bebida, más que nada porque la señora
Pancha ya no le creía lo de “le traigo el envase más ratito”. Tampoco se
juntaba con los muchachos de esta cuadra o la otra, sino que se le veía con
personajes que no eran ni de la población del lado ni de la nuestra, y eran más
bien mayores.
Ya era 1984 y en el país no se veían
luces de cambio, por el contrario el actuar de pequeños grupos subversivos era
cada vez más frecuente y cercano. En marzo de ese mismo año un grupo quemó por
completo una camioneta de la municipalidad que se dedicaba a borrar las
consignas políticas que pintaban en tremendos murales las organizaciones del
sector. Yo sabía, por muy buena fuente, que el autor intelectual y de hecho, no
había sido otro que el José y sus amigos.
La noche anterior a ese viernes 16
de marzo, iba de vuelta a mi casa luego de un extenso partido en la calle de 80
minutos por lado, en la que habíamos ganado gracias a la implacable ley del
“último gal gana”. Mí casa estaba justo en medio de dos postes, por lo que la
iluminación era muy pobre. Fue en esa oscuridad donde se llevó a cabo la última
reunión que definiría los pormenores del incendio de la camioneta.
Desde la puerta de mi casa pude
reconocer a José y al resto de los muchachos, todos miembros de la capilla y
pertenecientes a la organización “Cristo Libertador”. El anzuelo era claro, esa
misma noche pintarían un mural en la avenida y esperarían la llegada de la
camioneta municipal la mañana del otro día. La mayoría llegaría frontalmente
encapuchados para amedrentar a los funcionarios municipales y hacerles
arrancar, mientras José con el Joaquín abrirían las puertas y rasgarían los
asientos dando paso a Carlos quien finalmente prendería fuego con el impacto de
una bomba molotov.
El hecho fue comentario obligado en
el negocio la tarde de ese viernes, crónica policíaca en los noticieros de la
noche y portada de algunos diarios el sábado siguiente. Indudablemente un éxito
que sin embargo desembocaría en hechos que ya nunca más pudieron ser cambiados.
A contar de ese día, y prácticamente
todos los que siguieron, la casa del José se convirtió en punto fijo para
efectivos de las fuerzas armadas y carabineros. No había día en que no se
comentará de un allanamiento a la casa buscando armas, propaganda política, vínculos
a grupos subversivos y a los hermanos mismos. Nunca más vi al José después de
la noche anterior al atentado de la camioneta. En la calle se comentaba que la
dirigencia del MIR les había prohibido frecuentar su casa por motivos de
seguridad, a él y su hermano, y que vivían en la clandestinidad en alguna
comuna del sector poniente de Santiago.
Poco más de un año después de los
acontecimientos antes descritos, un 29 de marzo de 1985, veníamos con mi madre
en el microbús después de haber visitado a mi tía. Al llegar a la avenida había
un atochamiento vehicular inusual para la hora. Un poco más allá de la
panadería, aproximadamente una cuadra, carabineros tenía cercada un área donde
se encontraba un gran número de efectivos. En el suelo había dos bultos cubiertos
por un plástico naranjo. Yo venía sentado junto a la ventana y fui espectador
de primera fila en los breves momentos en que el autobús pasaba junto al
cercamiento. Algo me picaba en el estomago y hacía que un frio me recorriera
los brazos erizando todos mis bellos. Nunca pude explicar esa sensación.
Cuando llegamos a la casa mi madre
encendió el televisor justo cuando anunciaban un extra de noticias en el canal
7, medio de comunicación televisivo oficial del gobierno. En el relataban que
carabineros había abatido a dos delincuentes tras ser sorprendidos en un asalto
a mano armada contra un panadería. Para mí ya no cabía duda alguna, el
delincuente, el subversivo a mano armada, el bulto sin vida en el suelo, era el
José.
El funeral partió desde la esquina
en la avenida, desde la misma casa del José. Mi mamá no me dejo ir, básicamente
porque el miedo no le permitía a ella asistir. Pero fueron cientos los que
marcharon tras los ataúdes de dos cabros de la población que creían en la
libertad a como diera lugar, dos revolucionarios que creían a ojos cerrados en
la posibilidad de enfrentarse a un ejército profesional solo con piedras recogidas
del suelo de una población. La misma piedra que había sido pateada por quizás
cuantos muchachos del barrio sin estudios, sin trabajo y sin futuro. La muerte
es el arma de intimidación por excelencia de las dictaduras, y pasó aquí, en
Argentina, Uruguay, Brasil, alimentando el hambre de un pueblo que nunca
olvidaría el asesinato de dos jóvenes de población.
Un año después nos fuimos de esa
casa con mi familia, nunca más volví. El 29 de marzo se convirtió en una
conmemoración interpretativa. Algunos la utilizan como un arma de revolución
contra un sistema que no ha cambiado en más de 40 años multiplicando a los José
y Miguel quemando un neumático en medio de la calle o buscando piedras que ya
no existen para lanzar al mismo profesional ejercito que mató al José.
Sin embargo hace un tiempo la
justicia re abrió el caso básicamente fundado en confesiones de carabineros en
retiro que participaron de ese operativo. Este hecho reactivo algo muy guardado
en mi memoria y que se evadía cada vez que rememoraba mis juegos de niños, al
Panchito, las pichangas eternas y las bebidas en la plaza. Las confesiones son
actos de fe, y la fe es algo personal e ininterrogable, pero el viento, los
arboles y el frío pavimento son elementos que se escapan de la lógica humana
que miente tan seguido que ha olvidado sus propios escrúpulos.
José camina a dos casas de distancia de miguel y su novia, el sistema
más seguro para pasar desapercibido. Han decidido asaltar la ese negocio que se
encuentra en la avenida para financiar de alguna forma su vida en la
clandestinidad. No alcanzan a llegar, un furgón de Carabineros aparece tras
ellos y alumbra con un foco al José.
– Arranca hueón, los
pacos –
Dos oficiales bajan del furgón para perseguirlos a pie. Miguel saca de
su bolsillo un revolver y trata de disparar a los efectivos: este no funciona.
Nadie sabe si en algún momento tan solo pensaron en la posibilidad de que
funcionara. A toda carrera entran por un pasaje, primero miguel, seguido por
José y quedándose atrás la novia del
primero.
-
Que hago – grita ella
-
Entra al negocio – le grita Miguel.
Es la última vez que lo ve.
En la siguiente esquina los hermanos se encuentran a boca de jarro con
sus perseguidores, la policía habla de un enfrentamiento, pero no existe prueba
alguna de eso. Miguel cae muerto con una bala en la pierna y otra en el
corazón. José también está en el suelo producto de un balazo en la espalda que
lo deja invalido, pero los carabineros no advierten que sigue con vida hasta
que comienza a moverse en dirección a Miguel. Solo quería abrazarlo. Un
culatazo en la cabeza termina con sus intenciones. Llega un furgón y entre dos
carabineros lo toman de las piernas y el pelo para subirlo. Arriba un certero
balazo en la nuca termina con su vida. Vuelven donde yace el cuerpo de miguel y
arrojan el de José a su lado.
Nunca más, en la historia de la lucha
del individuo contra la muerte, faltara un muro donde aparezca la imagen del
flaco sonriente con su melena descuidada junto a su hermano Miguel.


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