domingo, 20 de julio de 2014

El alboroto de Charles.

Siento como la cabeza me da vueltas y la boca se me pone amarga. Ya no presto atención al desfile de botellas de Vodka que Charles me obsequia entre subida y subida para que me entretenga. - No tengo ganas de salir – le dije ya medio borracho hace más de tres horas cuando me pasó a buscar, pero el siempre encuentra con su sonrisa de cuatro cuerdas la forma de levantarme.
                Horacio repasa en el piano la escala precisa para que Charles entre con el contrabajo a contrapunto y en armonía con el saxo. Me gustan las melodías lentas y cadenciosas ya que me acuerdo del día en que conocí a Bárbara. Siempre asimilé sus caderas en las notas más nubladas de Charles. A ese grotesco inundar de su cuerpo bajo el mío sin música ni poesía. A la boquilla desbordando saliva de su cintura inundada: morderla, recorrerla con mi lengua que se desdoblaba separándose como la de un reptil disecado en alcohol. Ya tengo la boca seca y todavía no me duermo. Espero por todos los infiernos que el dolor de cabeza me empiece ahora y no me demuela mañana de una vez.
                Ahora los acordes son más cortos dentro de un ritmo que casi me recuerda el Dixieland. Negro fenomenal; debe estar viendo como dieciséis cuerdas en ese contrabajo y sus dedos lo abarcan por completo. Me salta una risa de borracho cuando escucho la voz de la profesora de Charlie Brown en la armonía de los saxos. ¿Cómo se puede ser calvo a tan corta edad?
                Ahora el negro se sienta al piano y le entrega el contrabajo a Horacio. Bárbara me dejo hace dos borracheras, una con Vodka (también con Charles) y la otra con vino blanco. Que odioso es el vino blanco con su resaca. ¿Qué pasará si muevo mi pie derecho un poco hacia el costado? Me siento como atornillado al piso.
                En la mesa del lado hay dos tipos que no había visto nunca por aquí. A lo mejor si… pero se ven tan borrosos. Contraigo un poco los ojos para enfocar mejor y tratar de reconocerlos pero no, nunca los he visto. Están bebiendo pisco combinado con tónica. Hace como tres años que deje el pisco, de la última vez que me intoxiqué. En ese tiempo ni pensaba en conocer a Bárbara, y fue Daisy quien me dejó en el hospital. Nunca más la volví a ver.
                El negro está tocando como los dioses. Es él y el resto, él y el bar, y el vodka, las mesas y los individuos de la mesa de en junto. Edwin no toma, pero fuma hierba como un loco. Ahora parece ido (a lo mejor no ha fumado) se equivoca de nuevo y deja al piano solo armonizando con el chocar de copas.
                A los individuos parece que no les gustó el desvarío de Edwin, porque al parecer intentan improvisar una silbatina que a Charles no le gusta. Al negro le da lo mismo que lo escuchen, lo ignoren, lo aplauden, lo admiren o lo amen. Pero silbatinas no.
                Terminan la pieza y Charles baja del escenario para sentarse junto a mí. Me duele levantar la cabeza y solo atino a estirar la mano para tomar el vaso que me sirve. Brindamos por los viejos tiempos y las mujeres ausentes. – Hola Charles – una juvenil voz masculina saluda al negro que se levanta con gran alboroto. Me presenta al recién llegado, un chico que no debe sobrepasar los veinte años y que cuelga a sus espaldas el estuche de un trombón. – Te vas a volver loco con lo que sigue – me dice el negro mientras toma al joven de los hombros y se lo lleva riendo al escenario para que caliente los tubos.
                Me acomodo en la silla cruzando las piernas y estirando la espalda en todo el respaldo. En que está la situación que no me voy de espalda con silla, piernas y mesa. Empieza la segunda parte con el marcado estilo de Charles en el contrabajo en tiempo de cuatro cuartos. Ahora es a New Orleans el viaje. O así creo, la verdad estoy tan borracho que juro que veo a Charlie “Bird” Parker en el saxofón.
                Que habilidad tiene el negro para pasearse por los estilos y hacerlos suyos. Una disonancia arranca la entrada del saxo (estoy seguro que Edwin ya se fumó uno) y se mantienen marcando el ritmo. Repentinamente dejan a Charles solo con la batería por un tiempo, y conozco lo que viene, entrará el saxo a todo volumen armonizado seguramente en una tercera con el trombón llenando el ambiente de olor a bronce. Viene y… el chico no entró. Sopla y ningún sonido sale del vergonzoso trombón poniéndolo rojo como granadina y tembloroso como nalgas de prostituta de hábito.
 Todos apuran el pasó y empiezan a llenar improvisadamente los espacios mientras el muchacho me da la impresión de estar a punto de desmayarse. Repentinamente exculpan al muchacho de su letargo y lo bajan del pisillo con un certero vaso en la cabeza. Este cae afinadamente hasta hacer rebotar su cabeza en el suelo que ahora sangra desmesuradamente. Edwin se apagaba inmediatamente mientras el baterista sigue marcando el tiempo. No me había dado cuenta pero después deduzco fácilmente que el diestro lanzador no había sido otro que el compañero de la mesa del lado. Como llegue a la conclusión, fácil: Charles de dos zancadas llegó junto a ellos y le despedazo una silla en la cabeza. El primero cayó inmediatamente, muerto diría en primera instancia y muy borracho sería la conclusión final. Aunque ya no tengo muy clara la diferencia entre dos botellas de pisco y una silla totalmente destruida en la cabeza.
Dado el estruendo, lo que tenía que pasar pasó y yo terminé de espalda en el suelo dándome muy fuerte en la nuca contra el piso. El dolor fue tan fuerte como los incontables palos que me dio donde mismo Marta durante mucho tiempo, pero a esos me acostumbre y aprendí a dar los míos, este por el contrario me impidió pararme para ayudar, observar o arrancar. Charles era muy “el negro Charles” mi amigo, pero en este estado era mejor no darle más duro a la cabeza.
Resulta que los tipos no andaban solos, si no que eran los borrachos aislados del grupo y el resto estaba sentado tranquilamente unas mesas más allá. Al caer el primero los otros se abalanzaron escandalosamente sobre Charles quien encontró ayuda inmediata de Horacio y de un espectador de primera fila. No pasó mucho tiempo para que empezaran a volar las botellas junto a los vasos en su mayoría medio llenos, por lo que esta era ya una épica gresca bajo una lluvia de alcohol. Todos mojados en gin, Martini, whisky y cerveza se armaban de cualquier objeto contundente para desarmarlo en la mollera del que estuviera más cerca. No había bandos ni objetivos, solo golpes. Edwin que se había hecho a un lado arrastraba al joven junto a su trombón tras el escenario dejando un hilo de sangre en su camino mientras el baterista continuaba marcando el ritmo. 
En un momento me asusté, mucha borrachera no me quedaba y no quería despertar en la mañana con cabeza de alcancía, por lo que me puse de pie como pude y traté de alcanzar la puerta, ya abría tiempo después para volver por Charles. Estaba en eso cuando un tronar de vidrios explota ruidosamente en mi cabeza. No lamente el golpe ni me averiada cabeza, pero si lloré amargamente mientras perdía el conocimiento por la excelente botella de Escoses que se desangraba a mi lado.

Desperté como es obvio con un dolor de cabeza que transversalmente entre mis sienes y la nuca me apretaba como un torniquete. No sabía dónde estaba ni como había llegado ahí, hasta que una mano amiga pasó un algodón húmedo en mi frente: - tanto tiempo, la verdad esperaba encontrarte aquí algún día – era Daisy, y yo carajo que no me acordaba que era enfermera. –Te tocó duro anoche cierto – solo reí y esbocé una tibia mueca en mi cara. Tenía que hablar, decir algo, lo primero que viniera a mi lastimada cabeza. – A qué hora terminas el turno – mascullé, - en dos o tres horas – me dijo tirando el algodón a la basura. – Vamos por un trago - - Dale -. 

domingo, 6 de julio de 2014

Exilio de Medianoche.

La noche retrocedía lentamente, dejando jirones de su vestido esparcidos por la tierra que el buen padre sol quemaría casi sin querer, pero con sus intenciones claras. Ella  lo miraba a veces de reojo, con recelo, con éxtasis de medianoche. Y soñó con mostrarle alguna vez el silencio solo interrumpido por el cantar de los grillos”.
            Se detuvo y comenzó a borrar palabra por palabra, ideas que no tenían sentido y espasmos demasiado irreverentes. “Jirones” ya era una palabra rara y no se acordaba donde la había leído. Acudió al diccionario: 1 “pedazo desgarrado de una tela” 2 “parte o porción pequeña de un todo” 3 “insignia, pendón o estandarte que remata en punta”.
-¡No sirve! Para nada, no. Mal, malísimo. Y apagó el computador para ir a sentarse junto a la ventana donde con un café trataría de despejar su mente.
“La noche retrocedía lentamente, y en su retirada de sus ojos llovían pletóricamente todas las imágenes que habían compartido y que él iba tomando una a una para quemarlas. Sus intenciones eran claras. Ella  lo miraba a veces de reojo, con recelo, con éxtasis de medianoche. Y soñó con mostrarle alguna vez el silencio solo interrumpido por el cantar de los grillos”.
            Le pareció mejor lo que esa noche había confesado, pero no era completamente sincero. Algo todavía lo alejaba arañándole las mejillas erosionadas por el pasar de los momentos. La recordó de noche entre sus sabanas y como su piel dulce se dejaba recorrer sin trincheras por sus labios tan peregrinos. Contó las medianoches que los habían juntado gritando de pasión y como habían deshecho la terminología del éxtasis.
            Pero ya no más.
“La noche retrocedía lentamente, y en su retirada de sus ojos llovían pletóricamente todas las imágenes que habían compartido y que él iba tomando una a una para quemarlas. Sus intenciones eran claras. Ella cerró los ojos con recelo, con los labios secos y la piel marchita. Y soñó con mostrarle alguna vez el silencio solo interrumpido por el cantar de los grillos”.
Esa noche durmió muy mal, aunque sus insomnios distorsionaban funestamente la concepción del día y la noche transformándolas en madrugadas tan álgidas como apesadumbradas, y tardes inertes de mirarla en las formas de las nubes. En sus sueños lo atacó un insecto gigantesco que no hacía más que gritar moviendo sus innumerables patas como tratando de alcanzarlo.
El sudor intenso era una realidad más en todos sus amaneceres que ya no coincidían con la salida del sol. Despertaba con la madrugaba y se entregaba a las pesadillas con veraniegas tardes calurosas. Negaba la invitación que le hacia el sol a correr tras su calor por las mañanas o a recostarse en su regazo por las noches cuando era esta quien entraba a escena con su manto de luna.
Hoy se sienta por última vez junto a sus ideas y recuerdos para escribir la verdad y ser sincero con los que lo acompañan. Se da cuenta que siempre fue un mentiroso y que nunca pudo escribirle algo, no por falta de inspiración sino por egoísmo.
“La noche retrocedía lentamente, y en su retirada de sus ojos llovían pletóricamente todas las imágenes que habían compartido y que él iba tomando una a una para quemarlas. Sus intenciones eran claras. Ella cerró los ojos con recelo, con los labios secos y la piel marchita. Ya no habían sueños ni habrían noches para oír el canto de la luna”. 

Junto a la ventana busca la luna en el cielo y mira su reloj: las 23:58. Ya fue suficiente para las estrellas y ninguna lo alumbra, no existe  la que alumbre su vida, se fue y no volverá. Vuelve a mirar su reloj para darse cuenta que son las 00:02. La medianoche también lo ha abandonado. Pone el revólver en su cien y se quita la vida.

“Ella camina sin mirar atrás, y en su retirada de sus ojos llovían pletóricamente todas las imágenes que habían compartido y que él iba tomando una a una para quemarlas. Sus intenciones eran claras. Ella cerró los ojos con recelo, con los labios secos y la piel marchita. Ya no habían sueños ni habrían noches para oír el canto de la luna”.