Siento como la cabeza me da vueltas y la boca
se me pone amarga. Ya no presto atención al desfile de botellas de Vodka que
Charles me obsequia entre subida y subida para que me entretenga. - No tengo
ganas de salir – le dije ya medio borracho hace más de tres horas cuando me
pasó a buscar, pero el siempre encuentra con su sonrisa de cuatro cuerdas la
forma de levantarme.
Horacio
repasa en el piano la escala precisa para que Charles entre con el contrabajo a
contrapunto y en armonía con el saxo. Me gustan las melodías lentas y
cadenciosas ya que me acuerdo del día en que conocí a Bárbara. Siempre asimilé
sus caderas en las notas más nubladas de Charles. A ese grotesco inundar de su
cuerpo bajo el mío sin música ni poesía. A la boquilla desbordando saliva de su
cintura inundada: morderla, recorrerla con mi lengua que se desdoblaba
separándose como la de un reptil disecado en alcohol. Ya tengo la boca seca y
todavía no me duermo. Espero por todos los infiernos que el dolor de cabeza me
empiece ahora y no me demuela mañana de una vez.
Ahora
los acordes son más cortos dentro de un ritmo que casi me recuerda el
Dixieland. Negro fenomenal; debe estar viendo como dieciséis cuerdas en ese
contrabajo y sus dedos lo abarcan por completo. Me salta una risa de borracho
cuando escucho la voz de la profesora de Charlie Brown en la armonía de los
saxos. ¿Cómo se puede ser calvo a tan corta edad?
Ahora
el negro se sienta al piano y le entrega el contrabajo a Horacio. Bárbara me
dejo hace dos borracheras, una con Vodka (también con Charles) y la otra con
vino blanco. Que odioso es el vino blanco con su resaca. ¿Qué pasará si muevo
mi pie derecho un poco hacia el costado? Me siento como atornillado al piso.
En
la mesa del lado hay dos tipos que no había visto nunca por aquí. A lo mejor
si… pero se ven tan borrosos. Contraigo un poco los ojos para enfocar mejor y
tratar de reconocerlos pero no, nunca los he visto. Están bebiendo pisco
combinado con tónica. Hace como tres años que deje el pisco, de la última vez
que me intoxiqué. En ese tiempo ni pensaba en conocer a Bárbara, y fue Daisy
quien me dejó en el hospital. Nunca más la volví a ver.
El
negro está tocando como los dioses. Es él y el resto, él y el bar, y el vodka,
las mesas y los individuos de la mesa de en junto. Edwin no toma, pero fuma
hierba como un loco. Ahora parece ido (a lo mejor no ha fumado) se equivoca de
nuevo y deja al piano solo armonizando con el chocar de copas.
A
los individuos parece que no les gustó el desvarío de Edwin, porque al parecer
intentan improvisar una silbatina que a Charles no le gusta. Al negro le da lo
mismo que lo escuchen, lo ignoren, lo aplauden, lo admiren o lo amen. Pero
silbatinas no.
Terminan
la pieza y Charles baja del escenario para sentarse junto a mí. Me duele
levantar la cabeza y solo atino a estirar la mano para tomar el vaso que me
sirve. Brindamos por los viejos tiempos y las mujeres ausentes. – Hola Charles
– una juvenil voz masculina saluda al negro que se levanta con gran alboroto.
Me presenta al recién llegado, un chico que no debe sobrepasar los veinte años
y que cuelga a sus espaldas el estuche de un trombón. – Te vas a volver loco
con lo que sigue – me dice el negro mientras toma al joven de los hombros y se
lo lleva riendo al escenario para que caliente los tubos.
Me
acomodo en la silla cruzando las piernas y estirando la espalda en todo el
respaldo. En que está la situación que no me voy de espalda con silla, piernas
y mesa. Empieza la segunda parte con el marcado estilo de Charles en el
contrabajo en tiempo de cuatro cuartos. Ahora es a New Orleans el viaje. O así
creo, la verdad estoy tan borracho que juro que veo a Charlie “Bird” Parker en
el saxofón.
Que
habilidad tiene el negro para pasearse por los estilos y hacerlos suyos. Una
disonancia arranca la entrada del saxo (estoy seguro que Edwin ya se fumó uno)
y se mantienen marcando el ritmo. Repentinamente dejan a Charles solo con la
batería por un tiempo, y conozco lo que viene, entrará el saxo a todo volumen
armonizado seguramente en una tercera con el trombón llenando el ambiente de
olor a bronce. Viene y… el chico no entró. Sopla y ningún sonido sale del
vergonzoso trombón poniéndolo rojo como granadina y tembloroso como nalgas de
prostituta de hábito.
Todos apuran el pasó y empiezan a llenar
improvisadamente los espacios mientras el muchacho me da la impresión de estar
a punto de desmayarse. Repentinamente exculpan al muchacho de su letargo y lo
bajan del pisillo con un certero vaso en la cabeza. Este cae afinadamente hasta
hacer rebotar su cabeza en el suelo que ahora sangra desmesuradamente. Edwin se
apagaba inmediatamente mientras el baterista sigue marcando el tiempo. No me
había dado cuenta pero después deduzco fácilmente que el diestro lanzador no
había sido otro que el compañero de la mesa del lado. Como llegue a la
conclusión, fácil: Charles de dos zancadas llegó junto a ellos y le despedazo
una silla en la cabeza. El primero cayó inmediatamente, muerto diría en primera
instancia y muy borracho sería la conclusión final. Aunque ya no tengo muy clara
la diferencia entre dos botellas de pisco y una silla totalmente destruida en
la cabeza.
Dado el estruendo, lo que tenía que
pasar pasó y yo terminé de espalda en el suelo dándome muy fuerte en la nuca
contra el piso. El dolor fue tan fuerte como los incontables palos que me dio
donde mismo Marta durante mucho tiempo, pero a esos me acostumbre y aprendí a
dar los míos, este por el contrario me impidió pararme para ayudar, observar o
arrancar. Charles era muy “el negro Charles” mi amigo, pero en este estado era
mejor no darle más duro a la cabeza.
Resulta que los tipos no andaban
solos, si no que eran los borrachos aislados del grupo y el resto estaba
sentado tranquilamente unas mesas más allá. Al caer el primero los otros se
abalanzaron escandalosamente sobre Charles quien encontró ayuda inmediata de
Horacio y de un espectador de primera fila. No pasó mucho tiempo para que
empezaran a volar las botellas junto a los vasos en su mayoría medio llenos,
por lo que esta era ya una épica gresca bajo una lluvia de alcohol. Todos
mojados en gin, Martini, whisky y cerveza se armaban de cualquier objeto
contundente para desarmarlo en la mollera del que estuviera más cerca. No había
bandos ni objetivos, solo golpes. Edwin que se había hecho a un lado arrastraba
al joven junto a su trombón tras el escenario dejando un hilo de sangre en su
camino mientras el baterista continuaba marcando el ritmo.
En un momento me asusté, mucha
borrachera no me quedaba y no quería despertar en la mañana con cabeza de
alcancía, por lo que me puse de pie como pude y traté de alcanzar la puerta, ya
abría tiempo después para volver por Charles. Estaba en eso cuando un tronar de
vidrios explota ruidosamente en mi cabeza. No lamente el golpe ni me averiada
cabeza, pero si lloré amargamente mientras perdía el conocimiento por la
excelente botella de Escoses que se desangraba a mi lado.
Desperté como es obvio con un dolor
de cabeza que transversalmente entre mis sienes y la nuca me apretaba como un
torniquete. No sabía dónde estaba ni como había llegado ahí, hasta que una mano
amiga pasó un algodón húmedo en mi frente: - tanto tiempo, la verdad esperaba
encontrarte aquí algún día – era Daisy, y yo carajo que no me acordaba que era
enfermera. –Te tocó duro anoche cierto – solo reí y esbocé una tibia mueca en
mi cara. Tenía que hablar, decir algo, lo primero que viniera a mi lastimada
cabeza. – A qué hora terminas el turno – mascullé, - en dos o tres horas – me
dijo tirando el algodón a la basura. – Vamos por un trago - - Dale -.

