domingo, 6 de julio de 2014

Exilio de Medianoche.

La noche retrocedía lentamente, dejando jirones de su vestido esparcidos por la tierra que el buen padre sol quemaría casi sin querer, pero con sus intenciones claras. Ella  lo miraba a veces de reojo, con recelo, con éxtasis de medianoche. Y soñó con mostrarle alguna vez el silencio solo interrumpido por el cantar de los grillos”.
            Se detuvo y comenzó a borrar palabra por palabra, ideas que no tenían sentido y espasmos demasiado irreverentes. “Jirones” ya era una palabra rara y no se acordaba donde la había leído. Acudió al diccionario: 1 “pedazo desgarrado de una tela” 2 “parte o porción pequeña de un todo” 3 “insignia, pendón o estandarte que remata en punta”.
-¡No sirve! Para nada, no. Mal, malísimo. Y apagó el computador para ir a sentarse junto a la ventana donde con un café trataría de despejar su mente.
“La noche retrocedía lentamente, y en su retirada de sus ojos llovían pletóricamente todas las imágenes que habían compartido y que él iba tomando una a una para quemarlas. Sus intenciones eran claras. Ella  lo miraba a veces de reojo, con recelo, con éxtasis de medianoche. Y soñó con mostrarle alguna vez el silencio solo interrumpido por el cantar de los grillos”.
            Le pareció mejor lo que esa noche había confesado, pero no era completamente sincero. Algo todavía lo alejaba arañándole las mejillas erosionadas por el pasar de los momentos. La recordó de noche entre sus sabanas y como su piel dulce se dejaba recorrer sin trincheras por sus labios tan peregrinos. Contó las medianoches que los habían juntado gritando de pasión y como habían deshecho la terminología del éxtasis.
            Pero ya no más.
“La noche retrocedía lentamente, y en su retirada de sus ojos llovían pletóricamente todas las imágenes que habían compartido y que él iba tomando una a una para quemarlas. Sus intenciones eran claras. Ella cerró los ojos con recelo, con los labios secos y la piel marchita. Y soñó con mostrarle alguna vez el silencio solo interrumpido por el cantar de los grillos”.
Esa noche durmió muy mal, aunque sus insomnios distorsionaban funestamente la concepción del día y la noche transformándolas en madrugadas tan álgidas como apesadumbradas, y tardes inertes de mirarla en las formas de las nubes. En sus sueños lo atacó un insecto gigantesco que no hacía más que gritar moviendo sus innumerables patas como tratando de alcanzarlo.
El sudor intenso era una realidad más en todos sus amaneceres que ya no coincidían con la salida del sol. Despertaba con la madrugaba y se entregaba a las pesadillas con veraniegas tardes calurosas. Negaba la invitación que le hacia el sol a correr tras su calor por las mañanas o a recostarse en su regazo por las noches cuando era esta quien entraba a escena con su manto de luna.
Hoy se sienta por última vez junto a sus ideas y recuerdos para escribir la verdad y ser sincero con los que lo acompañan. Se da cuenta que siempre fue un mentiroso y que nunca pudo escribirle algo, no por falta de inspiración sino por egoísmo.
“La noche retrocedía lentamente, y en su retirada de sus ojos llovían pletóricamente todas las imágenes que habían compartido y que él iba tomando una a una para quemarlas. Sus intenciones eran claras. Ella cerró los ojos con recelo, con los labios secos y la piel marchita. Ya no habían sueños ni habrían noches para oír el canto de la luna”. 

Junto a la ventana busca la luna en el cielo y mira su reloj: las 23:58. Ya fue suficiente para las estrellas y ninguna lo alumbra, no existe  la que alumbre su vida, se fue y no volverá. Vuelve a mirar su reloj para darse cuenta que son las 00:02. La medianoche también lo ha abandonado. Pone el revólver en su cien y se quita la vida.

“Ella camina sin mirar atrás, y en su retirada de sus ojos llovían pletóricamente todas las imágenes que habían compartido y que él iba tomando una a una para quemarlas. Sus intenciones eran claras. Ella cerró los ojos con recelo, con los labios secos y la piel marchita. Ya no habían sueños ni habrían noches para oír el canto de la luna”.

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