“La noche
retrocedía lentamente, dejando jirones de su vestido esparcidos por la tierra
que el buen padre sol quemaría casi sin querer, pero con sus intenciones
claras. Ella lo miraba a veces de reojo,
con recelo, con éxtasis de medianoche. Y soñó con mostrarle alguna vez el
silencio solo interrumpido por el cantar de los grillos”.
Se detuvo y comenzó a borrar palabra
por palabra, ideas que no tenían sentido y espasmos demasiado irreverentes.
“Jirones” ya era una palabra rara y no se acordaba donde la había leído. Acudió
al diccionario: 1 “pedazo desgarrado de una tela” 2 “parte o porción pequeña de
un todo” 3 “insignia, pendón o estandarte que remata en punta”.
-¡No
sirve! Para nada, no. Mal, malísimo. Y apagó el computador para ir a sentarse
junto a la ventana donde con un café trataría de despejar su mente.
“La noche retrocedía lentamente, y en
su retirada de sus ojos llovían pletóricamente todas las imágenes que habían
compartido y que él iba tomando una a una para quemarlas. Sus intenciones eran
claras. Ella lo miraba a veces de reojo,
con recelo, con éxtasis de medianoche. Y soñó con mostrarle alguna vez el
silencio solo interrumpido por el cantar de los grillos”.
Le pareció mejor lo que esa noche
había confesado, pero no era completamente sincero. Algo todavía lo alejaba
arañándole las mejillas erosionadas por el pasar de los momentos. La recordó de
noche entre sus sabanas y como su piel dulce se dejaba recorrer sin trincheras
por sus labios tan peregrinos. Contó las medianoches que los habían juntado
gritando de pasión y como habían deshecho la terminología del éxtasis.
Pero ya no más.
“La noche retrocedía lentamente, y en
su retirada de sus ojos llovían pletóricamente todas las imágenes que habían
compartido y que él iba tomando una a una para quemarlas. Sus intenciones eran
claras. Ella cerró los ojos con recelo, con los labios secos y la piel
marchita. Y soñó con mostrarle alguna vez el silencio solo interrumpido por el
cantar de los grillos”.
Esa
noche durmió muy mal, aunque sus insomnios distorsionaban funestamente la
concepción del día y la noche transformándolas en madrugadas tan álgidas como
apesadumbradas, y tardes inertes de mirarla en las formas de las nubes. En sus
sueños lo atacó un insecto gigantesco que no hacía más que gritar moviendo sus
innumerables patas como tratando de alcanzarlo.
El
sudor intenso era una realidad más en todos sus amaneceres que ya no coincidían
con la salida del sol. Despertaba con la madrugaba y se entregaba a las
pesadillas con veraniegas tardes calurosas. Negaba la invitación que le hacia
el sol a correr tras su calor por las mañanas o a recostarse en su regazo por
las noches cuando era esta quien entraba a escena con su manto de luna.
Hoy
se sienta por última vez junto a sus ideas y recuerdos para escribir la verdad
y ser sincero con los que lo acompañan. Se da cuenta que siempre fue un
mentiroso y que nunca pudo escribirle algo, no por falta de inspiración sino
por egoísmo.
“La noche retrocedía lentamente, y en
su retirada de sus ojos llovían pletóricamente todas las imágenes que habían
compartido y que él iba tomando una a una para quemarlas. Sus intenciones eran
claras. Ella cerró los ojos con recelo, con los labios secos y la piel marchita.
Ya no habían sueños ni habrían noches para oír el canto de la luna”.
Junto
a la ventana busca la luna en el cielo y mira su reloj: las 23:58. Ya fue
suficiente para las estrellas y ninguna lo alumbra, no existe la que alumbre su vida, se fue y no volverá.
Vuelve a mirar su reloj para darse cuenta que son las 00:02. La medianoche
también lo ha abandonado. Pone el revólver en su cien y se quita la vida.
“Ella camina sin mirar atrás, y en su
retirada de sus ojos llovían pletóricamente todas las imágenes que habían
compartido y que él iba tomando una a una para quemarlas. Sus intenciones eran
claras. Ella cerró los ojos con recelo, con los labios secos y la piel marchita.
Ya no habían sueños ni habrían noches para oír el canto de la luna”.

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