Amanecía
y los primeros bostezos del sol empezaban a templar pausadamente todos los
rincones de Santa Robertina. Casimiro era de los primeros en saludar el alba en
este pequeño pueblo del sur de no me acuerdo donde. Por función tenía lo que era no menos
importante: preparar el desayuno del alcalde que despertaría en media hora más.
Bajaba por su calle hasta la
plaza de armas, centro neurálgico del pueblo donde se encontraba la oficina de
correo, la iglesia, el cuartel de bomberos y de policía, la alcaldía y por
supuesto la casa del alcalde.
Don Pedro, galante alcalde de
Santa Robertina, no vivía en ese lugar tan privilegiado por mero capricho, toda
su vida había vivido ahí, y las vidas de su padre y abuelo se habían
desarrollado en la misma casa.
Era el alcalde creo que hace
cuatro periodos. Había elecciones cada cinco años pero sus contendores eran más
bien escusas democráticas sin mucha posibilidad de romper la estructura del
pueblo: el bombero debía ser bombero, el campesino tenía por prioridad su
tierra y Don Pedro la verdad es que solo sabía ser alcalde.
Casimiro pasó por el negocio de
doña Nacha, el primero en abrir, donde le tenían preparado el pan de chia, la
botella de leche y un frasco de miel. Se preocupaba sagradamente de pasar todos
los días antes de irse a su casa a dejar el pedido de la mañana siguiente.
-
Buenos días doña Nacha , que cuenta
esta mañana –
-
Nada mijo, un dolor que me tiene
tomado todo el brazo derecho, seguramente un aire –
-
Hay que cuidarse, ¿quién va atender
los caprichosos de mi jefe tan delicadamente como lo hace usted mi señora…
dígame quien? -
-
Nadie seguramente mijo mío. Váyase
rapidito, mire que el iñor va a despertarse lueguito –
Así Casimiro tomo nueva y raudamente rumbo hacia la casa de Don Pedro,
atravesó la calle 7 de mayo y dio la vuelta en 26 de agosto para entrar a la
plaza. Grande fue su sorpresa cuando al llegar a la plaza vio en la calle
frente a la alcaldía, junto a al monumento a la primavera, una caja realmente
enorme. Debe haber tenido fácilmente dos metros y medio de alto, por 2 de ancho
y unos tres y medio de largo.
La caja estaba hecha de pino cepillado y seco, con los palos muy juntos
y perfectamente clavados. Dio una vuelta su alrededor sin encontrar por donde
mirar a su interior, y solo le llamó la atención una especia de timbre
impregnado a calor en la madera que decía “Gobierno Regional”.
No perdió más tiempo y rápidamente entró a la casa de Don Pedro. No se
sentía bulla, seguramente él y doña Humilde su señora, todavía dormían. En la
cocina puso el agua a hervir y dispuso del pan de chia en un canastillo de
mimbre junto al frasco de miel. Seguía muy concentrado en sus tareas cuando Don
Pedro entró a la cocina.
-
Buenos días, buen Casimiro. ¿Cómo has
amanecido esta hermosa mañana? –
-
Bien don Pedro. Tengo casi listo su
desayuno, pero hay algo que me gustaría contarle: afuera en la calle hay… -
-
Ya tendrás tiempo para contarme
muchacho – lo interrumpió don Pedro – No sé puede comenzar el día sin
alimentarse adecuadamente. ¿Cómo podría cumplir con todas las obligaciones que
tengo con mi pueblo, si no tengo las fuerzas para hacerlo?
-
Si don Pedro, me lo ha dicho muchas
veces, pero… -
Esta vez el alcalde solo lo interrumpió con el gesto de acercarse el
dedo a la boca al momento que con la otra mano sacaba un pan del canastillo.
Casimiro no insistió más con el tema y se fue a preparar el traje que don Pedro
llevaría ese día.
Al salir a la calle, para dirigirse a la alcaldía, se encontraron de
frente con la imponente caja.
-
¡Pero qué demonios es esto Casimiro¡
- exclamó levantando las manos al cielo don Pedro.
-
Don Pedro traté de decirle, pero
usted no me escucho. No me prestó atención – Replico Casimiro levantando
pronunciadamente las cejas y desviando las pupilas hacía el sol matinal.
Cruzaron la calle y empezaron a inspeccionar cuidadosamente la caja por
todos lados. La circundaron completamente sin llegar a ninguna conclusión y sin
atreverse a abrirla.
-
Casimiro, ve inmediatamente a la
oficina de correo a buscar a don Juan – dijo enérgicamente el alcalde.
Casimiro cruzo corriendo de extremo a extremo la plaza para entrar
ágilmente en el viejo edificio.
-
¡Don Juan, don Juan! Don Pedro lo
necesita urgente en la alcaldía.
Don Juan estaba en ese momento, preparando y disponiendo la oficina para
la recepción del camión que vendría desde la oficina regional con cartas y
encomiendas de todo el país.
-
Qué pasa muchacho, ya te escuche –
-
Don Pedro necesita verlo al momento.
Un asunto inmediato y de interés comunal –
Don Juan extrañado dejó el lápiz que llevaba en la mano sobre el mesón
de recepción y acompañó en el minuto a Casimiro, que hablaba ya entre cortado
de tanta carrera para allá y acá.
Cuando llegaron al frontis de la municipalidad, pasaban las 9 de la
mañana y el pueblo despierto ya se movía en sus cotidianas actividades. Más de
20 personas (en su mayoría ociosos) acompañaban al alcalde junto a la caja sin
atreverse a tocarla.
-
Qué bueno ha llegado don Juan – dijo
el alcalde extendiendo la mano para estrechar la del cartero.
-
Vine inmediatamente don Pedro. Y
dígame a que se debe tanto alboroto y que contiene esta caja tan
descuidadamente depositada en plena calle. Hay procedimientos para las entregas
señor alcalde, por muy grande o importante que estas sean. -
-
Lo sé – dijo el alcalde – por eso lo
hice venir. Espero que usted precisamente pueda explicarnos que hace esta caja
aquí y que contiene –
Tocándose la barbilla y levantando de vez en vez la punta de sus
anteojos, don Juan dio la vuelta entera a la caja, al igual que los otros. Tocó
la madera, inspecciono detenidamente el timbre de calor y trató de mirar por
entre las tablas.
-
Necesito la documentación señor
alcalde –
-
Es obvio que no tenemos. De saber lo
que era o de donde venía no lo hubiéramos llamado. ¿No cree usted mi estimado
señor? – Al alcalde ya le empezaba a picar la incertidumbre.
-
Si, claro. Sin embargo no está en mis registros la
recepción de una encomienda de esta envergadura. ¡Que venga inmediatamente mi
asistente! Y que traiga su martillo –
Ya se había reunido una buena cantidad de gente en torno al
acontecimiento, la mayoría mirona y desocupada.
En pocos minutos el asistente de don Juan desprendió una a una las
tablas para dejar al descubierto, y al asombro de todo el mundo, una imponente
masa de fierro. En su parte más alta fácilmente superaba los dos metros desde
donde bajaban una cadena y una especie de riel hasta la parte inferior
compuesta de una base de madera e innumerables ruedas de distintos tamaños.
También desde el eje superior y en lo que se podía decir era la parte trasera
de la máquina, se ubicaba un especie de embudo metálico. Sobre las ruedas y en
su parte media, había una especie de caja de madera que en sus puntas era unida
por unos flanches de fierro remachados. Nadie daba crédito ni explicación a lo
que veían, y el asombro era tan grande como cuando el espectáculo solo era una
caja llena de misterios.
-
¿Qué es esto? – fue la obvia primera pregunta del
alcalde. Y la respuesta solo fue un grupo de caras incrédulas y sorprendidas.
Entonces vino la primera y adecuada quizás, decisión de don Pedro, y llamó a un
comité comunal para dilucidar. Este rápidamente fue convocado y constituido por
las siguientes respetables personalidades del pueblo: Jacinto, agricultor de la
zona y dueño de unos predios en los límites del pueblo, don Alejandro el
molinero, Mariano, minero alto y fornido
que extraía pequeñas cantidades de plata en los cerros que custodiaban el
poblado, y por último don Ulises mezcla de mecánico y viejo loco que se
encargaba de reparar desde un reloj hasta el sistema del alumbrado público de
la plaza.
La misión no era fácil: descubrir sin compendio, sumario o texto alguno,
el uso de esta máquina. El primero en tomar la palabra fue el robusto minero, -
creo que la función del artefacto no puede ser más clara, y está hecho y
diseñado para facilitar la tarea de un minero. La huincha metálica que baja
cuenta con pequeños recipientes que reciben el material recién extraído en su
parte superior, bajan hasta el primer grupo de ruedas quienes trituran la
piedra separando la roca pobre del material valioso, o sea, la plata.
Finalmente las ruedas pequeñas de esta zona – decía mientras se introducía bajo
la estructura – suben la roca para depositarla en el embudo que finalmente
arrojara al suelo cuando estas dos ruedas mas grandes – y se daba vuelta para
indicar el lado opuesto – depositan el mineral en el gran recipiente de madera
-. Dicho esto Salió desde las entrañas del mamotreto sacudiéndose las manos.
Todos los integrantes del
comité lo miraron, unos más incrédulos que otros. El viejo Ulises solo se
rascaba la panza. – Interesante postura – exclamo el alcalde, - pero no me
convence del todo. Dígame Mariano, ¿esto en cuanto podría aumentar la
extracción y producción de plata del pueblo? –
-
Bueno señor alcalde, la verdad no estoy seguro, pero
así a vuelo de pájaro me atrevería a decir que con esta maravilla más la
colaboración de un operador y un ayudante en la limpieza de desperdicios, creo
que en un 60 o 65 porciento – El alcalde en su interior se sobó
complacientemente las manos. La insignificante y precaria minería no aportaba
ningún royalty especial al pueblo, solo una protocolar patente casi de
utilería, por lo que la posibilidad de engrosar las arcas de tesorería era muy
atractiva conociendo el boom de pequeños pueblos que habían tenido la suerte de
encontrar una veta de oro y se habían hecho ricos de la noche a la mañana.
-
Interesante postura Mariano. Diría que muy cierta – y
daba pequeñas palmoteadas en las anchas espaldas del minero.
-
Si bien es cierto esta huincha transporta material
señor alcalde – interrumpió Alejandro – pero claramente no están hechas para
las piedras – Don Pedro que ya había caminado unos pasos junto al minero, se
dio vuelta para escuchar la ponencia del molinero.
-
La cadena que conlleva al movimiento del mecanismo no
cuenta con eslabones de más de dos pulgadas, lo que nos dice que no está
preparada para el peso, sino para la rapidez – la primera tarea estaba
cumplida, había logrado la atención del alcalde y que este soltara los hombros
del minero.
-
Fíjese, el trigo es un producto que viene de los
campos, y es absolutamente certero que viene con muchas impurezas. La limpieza
del grano es la tarea más lenta del proceso y la que requiere de más personal
de apoyo. Por otro lado las mismas impurezas: clavos, piedras, etc. Son las que
estropean con mayor frecuencia la moledora de grano e interrumpen a veces días
enteros la producción de harina – Don Pedro secretamente sacaba algunas cuentas
mirando a los ojos al molinero, mientras este último pensaba en el dineral que
se ahorraría entre personal de apoyo en la purificación del grano y la
reparación de máquinas estropeadas -. –
y este ahorro… ¿de cuánto estaríamos hablando? Digo solo para tener una idea –
decía el alcalde mientras se metía las manos a los bolsillos y empezaba a
balancear su cuerpo de adelante para atrás. – Bueno, sin tener una certeza
inapelable en este minuto, diría que bajaríamos en un 40 o 45 porciento los
costos de producción para subir en un 30 o 35 porciento la producción por la
velocidad que nos impregnaría esta tecnología -. Don Pedro ya sacaba cuentas
del aumento en el valor de la patente que esto significaría.
-
Si me permite Don Pedro – interrumpió enérgicamente
Jacinto. – Me imagino que se habrá dado cuenta la cantidad de tierra
desaprovechada que tenemos en Santa Robertina. – Y con esto llamó la atención
de todo el comité. A excepción del viejo Ulises que había cambiado el confort de
rascarse la panza por el jugueteo visual de perseguir las mariposas que a esa
hora revoloteaban por el sector. – No quiero desmerecer las ideas de mis amigos
aquí presentes, pero cometen un gran error influenciado seguramente por sus
validas intenciones de rentabilizar sus negocios. Invisible al parecer ha sido
para todos que la maquina se sostiene en cuatro ruedas. Esto solo tiene una
explicación: no está diseñada para mantenerse en un solo lugar, sino que por el
contrario su trabajo es en movimiento – Todos parecieron sorprenderse con la
apreciación del agricultor pero no era un comentario descabellado.
-
La palanca que arranca de entre las dos ruedas
delanteras – y todos lo siguieron hasta lo que suponía ser la parte delantera
del artefacto – es donde se engancha la yugo para formar la yunta de bueyes.
Está claro que por ser un artefacto para la gran industria agrícola, debiéramos
contar con cuatro o seis bueyes para la faena, pero la rapidez de este método
de producción multiplicaría el trabajo en por lo menos diez veces a lo que en
este momento hacemos con un arado y dos bueyes -. Todos permanecían con las
manos en los bolsillos disimulando el cálculo matemático que hacían con los
dedos. Bien era sabido el ingenio empresarial de Jacinto que lo había llevado a
convertir la agricultura en la principal fuente de ingresos del pueblo. Más
puestos de trabajo en el rubro mejor evaluado del pueblo significaría una buena
reputación para la gestión del alcalde, y para don Pedro eso no era menor.
-
Cinco y cinco diez – murmuraba don Pedro
-
Trescientos o quizás cuatrocientos kilos pesa la
máquina, no la moverá con cuatro bueyes Jacinto, es impensable – Protesto
Alejandro.
-
Si fuera lo que
usted dice Alejandro, ¿donde colocaría a las personas desocupadas? - evocó
sindicalistamente Jacinto.
-
Y a usted de cuando le preocupa la desocupación
Jacinto – protesto Mariano.
-
Incluso podríamos elaborar la plata – pensaba don
Pedro.
-
Una roca de diez kilos y la zona de extracción de
desperdicio colapsa, su idea no tiene fundamento – decía ahora Alejandro
-
El engrane de esta parte no alcanza a filtrar un
clavo, por favor – Mariano trataba de indicar una pieza en la base de la
huincha de transporte mientras todos metían sus cabezas bajo el armatoste.
-
Sin embargo una baja en el precio de la harina nos
permitiría disminuir el costo del pan, incluso imponiendo un pequeño impuesto
municipal – miraba al cielo el alcalde.
-
Mariano a mí me parece que usted es un egoísta, la
minería nunca ha dado nada a nuestro pueblo. Por el contrario la agricultura da
trabajo y créditos a nuestra economía. Y no está demás decir que el trabajo de
esta moderna máquina reduciría sustancialmente el valor del trigo – La
estrategia de Jacinto ahora era volver a Alejandro de su lado.
-
¿De qué porcentajes estaríamos hablando? – se mostraba
algo interesado Alejandro.
-
La verdad en este minuto no lo sé a ciencia cierta,
pero las disposiciones a conversar por lo menos ya están – Viejo zorro, pensaba
para sí mismo Jacinto.
-
Sus disposiciones a conversar siempre han estado, pero
del dicho al hecho – Protesto Alejandro.
-
Caballeros por favor – Don Pedro trató de calmar las
aguas. – Me parecen muy nobles sus intenciones, y sin duda alguna todas
orientadas al porvenir de Santa Robertina, Tarde o temprano con seguridad
dilucidaremos el uso de este flamante artefacto. Pero me interesaría escuchar
la opinión de Ulises – Y todos se volvieron hacia el viejo loco que muy poca
atención había prestado a la discusión.
-
Bueno Ulises y ¿qué opinas tú? – lo instigó Jacinto.
-
Bueno, este la verdad… - con una mano el viejo se
rascaba la cabeza y con la otra tiraba de sus pantalones que caían ante la
ausencia de un cinturón. – yo creo que podríamos sacarle provecho en algo que
va mucho más allá de lo que todos ustedes han expuesto –
-
Jacinto, es el agua fundamental para el riego de tus
cosecha – dijo el viejo mientras de reojo miró al agricultor. – Pues claro que
si – Respondió Jacinto.
-
¿Y qué tipo de energía es la que mueve tus molinos
Alejandro? – interrogó Ulises acercándose al mencionado - Hidráulica por
supuesto – Respondió el molinero.
-
¿Y cómo retiras los desechos de tus explotaciones
mineras Mariano? – y el loco apunto directamente con el dedo al fornido
trabajador de cavernas – con los riachuelos que desviamos cerro arriba –
respondió un tanto tartamudo el excavador.
-
¡Exacto, todos tiene razón! – exclamó jolgoriosamente
Ulises. – y si no me equivoco hace más de dos años que una sequía ha disminuido
las capacidades productivas del pueblo considerablemente sin que las autoridades
puedan encontrar la solución. ¿Me equivoco señor alcalde – inquisidoramente su
mirada se volvió al alcalde – algo de verdad hay en tu afirmación Ulises –
respondió un tanto avergonzado don Pedro.
-
¡Esta es la respuesta mis amigos! – y levantó los brazos
indicando la maquina.
Todos guardaron un extraño silencio y nadie se atrevió a contradecirlo.
Motivos para replicar no les faltaban, pero el problema del agua era cierto.
Las ambiciones individuales eran descomunales, pero una solución al problema de
la distribución del agua era un trato que todos discutirían sin excepción.
-
Por la boca del embudo depositamos el agua cantidades
justas para surtir la huincha de traslado. Por eso la cadena es del porte
preciso: ni tan grande para rocas, ni tan rápida para que el agua con el vaivén
se desborde. Esta baja atravesando este depósito bajo la caja, y luego de dar
la vuelta termina en la gran caja de madera. ¿para qué es el depósito bajo la
caja? – los cuatro se inclinaron para mirar la sección en la que nadie había
puesto atención – ni idea – pronuncio escuetamente el alcalde. – ¡Es una
caldera estimados!, y su función calentar el agua a su paso hasta casi el punto
de ebullición, terminando el trabajo cuando el agua está hirviendo en la caja
de madera, o sea. Evaporación – todos se miraron un tanto incrédulos –
finalmente el vapor asciende con mucha fuerza formando nubes y empujando las ya
existentes, todas amontonadas por la rapidez de la maquina comienzan a chocar
entre ellas produciendo la solución de nuestros problemas: ¡Lluvia!
Todos habían escuchado con profundo respeto y sin interrumpir, Ulises
seguía mirando sonrientemente la maquina mientras el resto aún continuaba un
tanto agachados desde que adoptaron esta posición para mirar la “caldera”. Se
enderezaron, algunos sacaron su pañuelo para secar el sudor y otros miraron
hacia el cielo. Luego los cuatro en un espasmo grupal y espontaneo echaron a reír sin poder
contenerse. Jacinto el agricultor se tomaba la barriga medio doblado mientras
con la otra mano se apoyaba de la espalda de Mariano quien a su vez se afirmaba
de un poste de la luz y miraba hacia el cielo con cada nueva risotada. Alejandro
y don Pedro el alcalde se miraban frente a frente y reían en perfecta armonía y
contrapunto: uno levantaba la mano al reír mientras el otro apagaba la risa
llevando su mano a la boca. Luego cambiaban.
Con tal estruendo nadie se percato que el viejo mecánico se había
retirado del lugar también entre risotadas, y solo Casimiro que se había unido
al grupo lo había visto doblar en la esquina hacia su taller. – Mi querido
Casimiro, por favor prepara la sala de reuniones y manda a decir a doña Nacha
que traiga sus más deliciosos pasteles. Luego ve a mi casa y sin que Humilde se
dé cuenta saca de la alacena una botella de agua ardiente que tenía guardada
para una ocasión muy especial – Casimiro obedeció inmediatamente y partió raudo
a cumplir con el encargo de don Pedro.
El resto de la tarde y hasta muy entrada la noche nadie discutió sobre
el uso que le darían a la maquina, tampoco nadie volvió a pensar porque estaba
ahí o como había llegado. Solo la camaradería y la buena mesa adornaron tan
alegre comité.
Al salir de la alcaldía todos amigos miraron la maquina, rieron y se
motivaron mutuamente por el esplendoroso futuro que le esperaba a Santa
Robertina con la llegada de la modernidad. Y así se fueron contentos para sus respectivos
aposentos.
La mañana siguiente Casimiro atravesaba rápidamente las calles con el
desayuno del alcalde, cuando al llegar al frontis de la alcaldía quedo
inmensamente extrañado de no encontrar vestigio alguno de la maquina. Pensó
como era normal, que las reuniones del día anterior habían fructificado
positivamente y que está ya se había trasladado al que sería su emplazamiento
definitivo.
-
¿Qué dices Casimiro? ¡yo no he autorizado su traslado
a ninguna parte! – fustigó enérgicamente don Pedro, ante el anuncio de su
ayudante. Y salieron sorprendidos de tal eventualidad.
Casimiro no mentía, y lo único que encontraron al salir fue a los tres
miembros del comité perdidos en el espacio y tiempo, mientras miraban hacia la
esquina, el cielo y el suelo. Ni rastros habían del artefacto: huellas,
desperdicios, marcas de ruedas o algo que diera indicios de movimientos o que
pudieran delatar tan intrépido arrebato. Solo una pista, que pese a poder ser
concluyente, no evidenciaba por si sola indicios de algún sospechoso: un
desatornillador (o “atornillador”, dependiendo claramente el uso que mis buenos
amigos puedan o quieran darle).
No había razón alguna para mover a la policía municipal, como había
llegado se había ido. Ningún registro o factura legalizaba la propiedad de la
maquina; era de todos y de ninguno. Tal como era la solución a todos los
problemas de la comunidad, era también ilusión y falsas expectativas, tanto de
riquezas como de trabajo. La modernidad se había asomado a sus vidas y prometía
un cambio revolucionario que se había agotado sin que nadie en verdad pudiera
beneficiarse por las buenas o las malas.
Esa misma tarde comenzó a llover
copiosamente. Un diluvio que duró casi cuatro días como quedo registrado en las
actas de la alcaldía y más de un mes como escribiría un poeta años más tarde.
Destruyó cosechas, inundó yacimientos e hizo imposible el trabajo en el pueblo.
Solo uno reía mientras fumaba cobijado bajo el alero del edificio de la
alcaldía. El viejo Ulises trabajó como ninguno luego de los temporales: reparó
la maquinaria del molino, los diques de la minería y desarrollo un nuevo
sistema de yugos que permitía un arrastre más fácil de los arados. Como era de
esperar ganó mucho dinero haciéndolas de mecánico e inventor improvisado, lo
suficiente para empacar sus pocas pilchas un día y decir adiós para siempre al
pueblo de Santa Robertina.
