domingo, 17 de agosto de 2014

La Máquina

            Amanecía y los primeros bostezos del sol empezaban a templar pausadamente todos los rincones de Santa Robertina. Casimiro era de los primeros en saludar el alba en este pequeño pueblo del sur de no me acuerdo donde.  Por función tenía lo que era no menos importante: preparar el desayuno del alcalde que despertaría en media hora más.
                Bajaba por su calle hasta la plaza de armas, centro neurálgico del pueblo donde se encontraba la oficina de correo, la iglesia, el cuartel de bomberos y de policía, la alcaldía y por supuesto la casa del alcalde.
                Don Pedro, galante alcalde de Santa Robertina, no vivía en ese lugar tan privilegiado por mero capricho, toda su vida había vivido ahí, y las vidas de su padre y abuelo se habían desarrollado en la misma casa.
                Era el alcalde creo que hace cuatro periodos. Había elecciones cada cinco años pero sus contendores eran más bien escusas democráticas sin mucha posibilidad de romper la estructura del pueblo: el bombero debía ser bombero, el campesino tenía por prioridad su tierra y Don Pedro la verdad es que solo sabía ser alcalde.
                Casimiro pasó por el negocio de doña Nacha, el primero en abrir, donde le tenían preparado el pan de chia, la botella de leche y un frasco de miel. Se preocupaba sagradamente de pasar todos los días antes de irse a su casa a dejar el pedido de la mañana siguiente.
-          Buenos días doña Nacha , que cuenta esta mañana –
-          Nada mijo, un dolor que me tiene tomado todo el brazo derecho, seguramente un aire –
-            Hay que cuidarse, ¿quién va atender los caprichosos de mi jefe tan delicadamente como lo hace usted mi señora… dígame quien? -
-          Nadie seguramente mijo mío. Váyase rapidito, mire que el iñor va a despertarse lueguito –
Así Casimiro tomo nueva y raudamente rumbo hacia la casa de Don Pedro, atravesó la calle 7 de mayo y dio la vuelta en 26 de agosto para entrar a la plaza. Grande fue su sorpresa cuando al llegar a la plaza vio en la calle frente a la alcaldía, junto a al monumento a la primavera, una caja realmente enorme. Debe haber tenido fácilmente dos metros y medio de alto, por 2 de ancho y unos tres y medio de largo.
La caja estaba hecha de pino cepillado y seco, con los palos muy juntos y perfectamente clavados. Dio una vuelta su alrededor sin encontrar por donde mirar a su interior, y solo le llamó la atención una especia de timbre impregnado a calor en la madera que decía “Gobierno Regional”.
No perdió más tiempo y rápidamente entró a la casa de Don Pedro. No se sentía bulla, seguramente él y doña Humilde su señora, todavía dormían. En la cocina puso el agua a hervir y dispuso del pan de chia en un canastillo de mimbre junto al frasco de miel. Seguía muy concentrado en sus tareas cuando Don Pedro entró a la cocina.
-          Buenos días, buen Casimiro. ¿Cómo has amanecido esta hermosa mañana? –
-         Bien don Pedro. Tengo casi listo su desayuno, pero hay algo que me gustaría contarle: afuera en la calle hay… -
-            Ya tendrás tiempo para contarme muchacho – lo interrumpió don Pedro – No sé puede comenzar el día sin alimentarse adecuadamente. ¿Cómo podría cumplir con todas las obligaciones que tengo con mi pueblo, si no tengo las fuerzas para hacerlo?
-          Si don Pedro, me lo ha dicho muchas veces, pero… -
Esta vez el alcalde solo lo interrumpió con el gesto de acercarse el dedo a la boca al momento que con la otra mano sacaba un pan del canastillo. Casimiro no insistió más con el tema y se fue a preparar el traje que don Pedro llevaría ese día.
Al salir a la calle, para dirigirse a la alcaldía, se encontraron de frente con la imponente caja.
-          ¡Pero qué demonios es esto Casimiro¡ - exclamó levantando las manos al cielo don Pedro.
-          Don Pedro traté de decirle, pero usted no me escucho. No me prestó atención – Replico Casimiro levantando pronunciadamente las cejas y desviando las pupilas hacía el sol matinal.
Cruzaron la calle y empezaron a inspeccionar cuidadosamente la caja por todos lados. La circundaron completamente sin llegar a ninguna conclusión y sin atreverse a abrirla.
-         Casimiro, ve inmediatamente a la oficina de correo a buscar a don Juan – dijo enérgicamente el alcalde.
Casimiro cruzo corriendo de extremo a extremo la plaza para entrar ágilmente en el viejo edificio.
-          ¡Don Juan, don Juan! Don Pedro lo necesita urgente en la alcaldía.
Don Juan estaba en ese momento, preparando y disponiendo la oficina para la recepción del camión que vendría desde la oficina regional con cartas y encomiendas de todo el país.
-          Qué pasa muchacho, ya te escuche –
-          Don Pedro necesita verlo al momento. Un asunto inmediato y de interés comunal –
Don Juan extrañado dejó el lápiz que llevaba en la mano sobre el mesón de recepción y acompañó en el minuto a Casimiro, que hablaba ya entre cortado de tanta carrera para allá y acá.
Cuando llegaron al frontis de la municipalidad, pasaban las 9 de la mañana y el pueblo despierto ya se movía en sus cotidianas actividades. Más de 20 personas (en su mayoría ociosos) acompañaban al alcalde junto a la caja sin atreverse a tocarla.
-         Qué bueno ha llegado don Juan – dijo el alcalde extendiendo la mano para estrechar la del cartero.
-         Vine inmediatamente don Pedro. Y dígame a que se debe tanto alboroto y que contiene esta caja tan descuidadamente depositada en plena calle. Hay procedimientos para las entregas señor alcalde, por muy grande o importante que estas sean. - 
-         Lo sé – dijo el alcalde – por eso lo hice venir. Espero que usted precisamente pueda explicarnos que hace esta caja aquí y que contiene –
Tocándose la barbilla y levantando de vez en vez la punta de sus anteojos, don Juan dio la vuelta entera a la caja, al igual que los otros. Tocó la madera, inspecciono detenidamente el timbre de calor y trató de mirar por entre las tablas.
-          Necesito la documentación señor alcalde –
-         Es obvio que no tenemos. De saber lo que era o de donde venía no lo hubiéramos llamado. ¿No cree usted mi estimado señor? – Al alcalde ya le empezaba a picar la incertidumbre.
-         Si, claro. Sin embargo no está en mis registros la recepción de una encomienda de esta envergadura. ¡Que venga inmediatamente mi asistente! Y que traiga su martillo –
Ya se había reunido una buena cantidad de gente en torno al acontecimiento, la mayoría mirona y desocupada.
En pocos minutos el asistente de don Juan desprendió una a una las tablas para dejar al descubierto, y al asombro de todo el mundo, una imponente masa de fierro. En su parte más alta fácilmente superaba los dos metros desde donde bajaban una cadena y una especie de riel hasta la parte inferior compuesta de una base de madera e innumerables ruedas de distintos tamaños. También desde el eje superior y en lo que se podía decir era la parte trasera de la máquina, se ubicaba un especie de embudo metálico. Sobre las ruedas y en su parte media, había una especie de caja de madera que en sus puntas era unida por unos flanches de fierro remachados. Nadie daba crédito ni explicación a lo que veían, y el asombro era tan grande como cuando el espectáculo solo era una caja llena de misterios.
-         ¿Qué es esto? – fue la obvia primera pregunta del alcalde. Y la respuesta solo fue un grupo de caras incrédulas y sorprendidas. Entonces vino la primera y adecuada quizás, decisión de don Pedro, y llamó a un comité comunal para dilucidar. Este rápidamente fue convocado y constituido por las siguientes respetables personalidades del pueblo: Jacinto, agricultor de la zona y dueño de unos predios en los límites del pueblo, don Alejandro el molinero,  Mariano, minero alto y fornido que extraía pequeñas cantidades de plata en los cerros que custodiaban el poblado, y por último don Ulises mezcla de mecánico y viejo loco que se encargaba de reparar desde un reloj hasta el sistema del alumbrado público de la plaza.
La misión no era fácil: descubrir sin compendio, sumario o texto alguno, el uso de esta máquina. El primero en tomar la palabra fue el robusto minero, - creo que la función del artefacto no puede ser más clara, y está hecho y diseñado para facilitar la tarea de un minero. La huincha metálica que baja cuenta con pequeños recipientes que reciben el material recién extraído en su parte superior, bajan hasta el primer grupo de ruedas quienes trituran la piedra separando la roca pobre del material valioso, o sea, la plata. Finalmente las ruedas pequeñas de esta zona – decía mientras se introducía bajo la estructura – suben la roca para depositarla en el embudo que finalmente arrojara al suelo cuando estas dos ruedas mas grandes – y se daba vuelta para indicar el lado opuesto – depositan el mineral en el gran recipiente de madera -. Dicho esto Salió desde las entrañas del mamotreto sacudiéndose las manos.
        Todos los integrantes del comité lo miraron, unos más incrédulos que otros. El viejo Ulises solo se rascaba la panza. – Interesante postura – exclamo el alcalde, - pero no me convence del todo. Dígame Mariano, ¿esto en cuanto podría aumentar la extracción y producción de plata del pueblo? –
-         Bueno señor alcalde, la verdad no estoy seguro, pero así a vuelo de pájaro me atrevería a decir que con esta maravilla más la colaboración de un operador y un ayudante en la limpieza de desperdicios, creo que en un 60 o 65 porciento – El alcalde en su interior se sobó complacientemente las manos. La insignificante y precaria minería no aportaba ningún royalty especial al pueblo, solo una protocolar patente casi de utilería, por lo que la posibilidad de engrosar las arcas de tesorería era muy atractiva conociendo el boom de pequeños pueblos que habían tenido la suerte de encontrar una veta de oro y se habían hecho ricos de la noche a la mañana.
-         Interesante postura Mariano. Diría que muy cierta – y daba pequeñas palmoteadas en las anchas espaldas del minero.
-         Si bien es cierto esta huincha transporta material señor alcalde – interrumpió Alejandro – pero claramente no están hechas para las piedras – Don Pedro que ya había caminado unos pasos junto al minero, se dio vuelta para escuchar la ponencia del molinero.
-         La cadena que conlleva al movimiento del mecanismo no cuenta con eslabones de más de dos pulgadas, lo que nos dice que no está preparada para el peso, sino para la rapidez – la primera tarea estaba cumplida, había logrado la atención del alcalde y que este soltara los hombros del minero.
-         Fíjese, el trigo es un producto que viene de los campos, y es absolutamente certero que viene con muchas impurezas. La limpieza del grano es la tarea más lenta del proceso y la que requiere de más personal de apoyo. Por otro lado las mismas impurezas: clavos, piedras, etc. Son las que estropean con mayor frecuencia la moledora de grano e interrumpen a veces días enteros la producción de harina – Don Pedro secretamente sacaba algunas cuentas mirando a los ojos al molinero, mientras este último pensaba en el dineral que se ahorraría entre personal de apoyo en la purificación del grano y la reparación de máquinas estropeadas -.  – y este ahorro… ¿de cuánto estaríamos hablando? Digo solo para tener una idea – decía el alcalde mientras se metía las manos a los bolsillos y empezaba a balancear su cuerpo de adelante para atrás. – Bueno, sin tener una certeza inapelable en este minuto, diría que bajaríamos en un 40 o 45 porciento los costos de producción para subir en un 30 o 35 porciento la producción por la velocidad que nos impregnaría esta tecnología -. Don Pedro ya sacaba cuentas del aumento en el valor de la patente que esto significaría.
-         Si me permite Don Pedro – interrumpió enérgicamente Jacinto. – Me imagino que se habrá dado cuenta la cantidad de tierra desaprovechada que tenemos en Santa Robertina. – Y con esto llamó la atención de todo el comité. A excepción del viejo Ulises que había cambiado el confort de rascarse la panza por el jugueteo visual de perseguir las mariposas que a esa hora revoloteaban por el sector. – No quiero desmerecer las ideas de mis amigos aquí presentes, pero cometen un gran error influenciado seguramente por sus validas intenciones de rentabilizar sus negocios. Invisible al parecer ha sido para todos que la maquina se sostiene en cuatro ruedas. Esto solo tiene una explicación: no está diseñada para mantenerse en un solo lugar, sino que por el contrario su trabajo es en movimiento – Todos parecieron sorprenderse con la apreciación del agricultor pero no era un comentario descabellado.
-         La palanca que arranca de entre las dos ruedas delanteras – y todos lo siguieron hasta lo que suponía ser la parte delantera del artefacto – es donde se engancha la yugo para formar la yunta de bueyes. Está claro que por ser un artefacto para la gran industria agrícola, debiéramos contar con cuatro o seis bueyes para la faena, pero la rapidez de este método de producción multiplicaría el trabajo en por lo menos diez veces a lo que en este momento hacemos con un arado y dos bueyes -. Todos permanecían con las manos en los bolsillos disimulando el cálculo matemático que hacían con los dedos. Bien era sabido el ingenio empresarial de Jacinto que lo había llevado a convertir la agricultura en la principal fuente de ingresos del pueblo. Más puestos de trabajo en el rubro mejor evaluado del pueblo significaría una buena reputación para la gestión del alcalde, y para don Pedro eso no era menor.

-          Cinco y cinco diez – murmuraba don Pedro
-         Trescientos o quizás cuatrocientos kilos pesa la máquina, no la moverá con cuatro bueyes Jacinto, es impensable – Protesto Alejandro.
-          Si fuera lo que usted dice Alejandro, ¿donde colocaría a las personas desocupadas? - evocó sindicalistamente Jacinto.
-         Y a usted de cuando le preocupa la desocupación Jacinto – protesto Mariano.
-         Incluso podríamos elaborar la plata – pensaba don Pedro.
-         Una roca de diez kilos y la zona de extracción de desperdicio colapsa, su idea no tiene fundamento – decía ahora Alejandro
-         El engrane de esta parte no alcanza a filtrar un clavo, por favor – Mariano trataba de indicar una pieza en la base de la huincha de transporte mientras todos metían sus cabezas bajo el armatoste.
-         Sin embargo una baja en el precio de la harina nos permitiría disminuir el costo del pan, incluso imponiendo un pequeño impuesto municipal – miraba al cielo el alcalde.
-         Mariano a mí me parece que usted es un egoísta, la minería nunca ha dado nada a nuestro pueblo. Por el contrario la agricultura da trabajo y créditos a nuestra economía. Y no está demás decir que el trabajo de esta moderna máquina reduciría sustancialmente el valor del trigo – La estrategia de Jacinto ahora era volver a Alejandro de su lado.
-         ¿De qué porcentajes estaríamos hablando? – se mostraba algo interesado Alejandro.
-         La verdad en este minuto no lo sé a ciencia cierta, pero las disposiciones a conversar por lo menos ya están – Viejo zorro, pensaba para sí mismo Jacinto.
-         Sus disposiciones a conversar siempre han estado, pero del dicho al hecho – Protesto Alejandro.

-         Caballeros por favor – Don Pedro trató de calmar las aguas. – Me parecen muy nobles sus intenciones, y sin duda alguna todas orientadas al porvenir de Santa Robertina, Tarde o temprano con seguridad dilucidaremos el uso de este flamante artefacto. Pero me interesaría escuchar la opinión de Ulises – Y todos se volvieron hacia el viejo loco que muy poca atención había prestado a la discusión.

-         Bueno Ulises y ¿qué opinas tú? – lo instigó Jacinto.

-         Bueno, este la verdad… - con una mano el viejo se rascaba la cabeza y con la otra tiraba de sus pantalones que caían ante la ausencia de un cinturón. – yo creo que podríamos sacarle provecho en algo que va mucho más allá de lo que todos ustedes han expuesto –

-         Jacinto, es el agua fundamental para el riego de tus cosecha – dijo el viejo mientras de reojo miró al agricultor. – Pues claro que si – Respondió Jacinto.

-         ¿Y qué tipo de energía es la que mueve tus molinos Alejandro? – interrogó Ulises acercándose al mencionado - Hidráulica por supuesto – Respondió el molinero.

-         ¿Y cómo retiras los desechos de tus explotaciones mineras Mariano? – y el loco apunto directamente con el dedo al fornido trabajador de cavernas – con los riachuelos que desviamos cerro arriba – respondió un tanto tartamudo el excavador.

-         ¡Exacto, todos tiene razón! – exclamó jolgoriosamente Ulises. – y si no me equivoco hace más de dos años que una sequía ha disminuido las capacidades productivas del pueblo considerablemente sin que las autoridades puedan encontrar la solución. ¿Me equivoco señor alcalde – inquisidoramente su mirada se volvió al alcalde – algo de verdad hay en tu afirmación Ulises – respondió un tanto avergonzado don Pedro.

-         ¡Esta es la respuesta mis amigos! – y levantó los brazos indicando la maquina.

Todos guardaron un extraño silencio y nadie se atrevió a contradecirlo. Motivos para replicar no les faltaban, pero el problema del agua era cierto. Las ambiciones individuales eran descomunales, pero una solución al problema de la distribución del agua era un trato que todos discutirían sin excepción.
-            Por la boca del embudo depositamos el agua cantidades justas para surtir la huincha de traslado. Por eso la cadena es del porte preciso: ni tan grande para rocas, ni tan rápida para que el agua con el vaivén se desborde. Esta baja atravesando este depósito bajo la caja, y luego de dar la vuelta termina en la gran caja de madera. ¿para qué es el depósito bajo la caja? – los cuatro se inclinaron para mirar la sección en la que nadie había puesto atención – ni idea – pronuncio escuetamente el alcalde. – ¡Es una caldera estimados!, y su función calentar el agua a su paso hasta casi el punto de ebullición, terminando el trabajo cuando el agua está hirviendo en la caja de madera, o sea. Evaporación – todos se miraron un tanto incrédulos – finalmente el vapor asciende con mucha fuerza formando nubes y empujando las ya existentes, todas amontonadas por la rapidez de la maquina comienzan a chocar entre ellas produciendo la solución de nuestros problemas: ¡Lluvia! 
Todos habían escuchado con profundo respeto y sin interrumpir, Ulises seguía mirando sonrientemente la maquina mientras el resto aún continuaba un tanto agachados desde que adoptaron esta posición para mirar la “caldera”. Se enderezaron, algunos sacaron su pañuelo para secar el sudor y otros miraron hacia el cielo. Luego los cuatro en un espasmo grupal  y espontaneo echaron a reír sin poder contenerse. Jacinto el agricultor se tomaba la barriga medio doblado mientras con la otra mano se apoyaba de la espalda de Mariano quien a su vez se afirmaba de un poste de la luz y miraba hacia el cielo con cada nueva risotada. Alejandro y don Pedro el alcalde se miraban frente a frente y reían en perfecta armonía y contrapunto: uno levantaba la mano al reír mientras el otro apagaba la risa llevando su mano a la boca. Luego cambiaban.
Con tal estruendo nadie se percato que el viejo mecánico se había retirado del lugar también entre risotadas, y solo Casimiro que se había unido al grupo lo había visto doblar en la esquina hacia su taller. – Mi querido Casimiro, por favor prepara la sala de reuniones y manda a decir a doña Nacha que traiga sus más deliciosos pasteles. Luego ve a mi casa y sin que Humilde se dé cuenta saca de la alacena una botella de agua ardiente que tenía guardada para una ocasión muy especial – Casimiro obedeció inmediatamente y partió raudo a cumplir con el encargo de don Pedro.
El resto de la tarde y hasta muy entrada la noche nadie discutió sobre el uso que le darían a la maquina, tampoco nadie volvió a pensar porque estaba ahí o como había llegado. Solo la camaradería y la buena mesa adornaron tan alegre comité.
Al salir de la alcaldía todos amigos miraron la maquina, rieron y se motivaron mutuamente por el esplendoroso futuro que le esperaba a Santa Robertina con la llegada de la modernidad. Y así  se fueron contentos para sus respectivos aposentos.
La mañana siguiente Casimiro atravesaba rápidamente las calles con el desayuno del alcalde, cuando al llegar al frontis de la alcaldía quedo inmensamente extrañado de no encontrar vestigio alguno de la maquina. Pensó como era normal, que las reuniones del día anterior habían fructificado positivamente y que está ya se había trasladado al que sería su emplazamiento definitivo.
-         ¿Qué dices Casimiro? ¡yo no he autorizado su traslado a ninguna parte! – fustigó enérgicamente don Pedro, ante el anuncio de su ayudante. Y salieron sorprendidos de tal eventualidad.
Casimiro no mentía, y lo único que encontraron al salir fue a los tres miembros del comité perdidos en el espacio y tiempo, mientras miraban hacia la esquina, el cielo y el suelo. Ni rastros habían del artefacto: huellas, desperdicios, marcas de ruedas o algo que diera indicios de movimientos o que pudieran delatar tan intrépido arrebato. Solo una pista, que pese a poder ser concluyente, no evidenciaba por si sola indicios de algún sospechoso: un desatornillador (o “atornillador”, dependiendo claramente el uso que mis buenos amigos puedan o quieran darle).
No había razón alguna para mover a la policía municipal, como había llegado se había ido. Ningún registro o factura legalizaba la propiedad de la maquina; era de todos y de ninguno. Tal como era la solución a todos los problemas de la comunidad, era también ilusión y falsas expectativas, tanto de riquezas como de trabajo. La modernidad se había asomado a sus vidas y prometía un cambio revolucionario que se había agotado sin que nadie en verdad pudiera beneficiarse por las buenas o las malas.
                Esa misma tarde comenzó a llover copiosamente. Un diluvio que duró casi cuatro días como quedo registrado en las actas de la alcaldía y más de un mes como escribiría un poeta años más tarde. Destruyó cosechas, inundó yacimientos e hizo imposible el trabajo en el pueblo. Solo uno reía mientras fumaba cobijado bajo el alero del edificio de la alcaldía. El viejo Ulises trabajó como ninguno luego de los temporales: reparó la maquinaria del molino, los diques de la minería y desarrollo un nuevo sistema de yugos que permitía un arrastre más fácil de los arados. Como era de esperar ganó mucho dinero haciéndolas de mecánico e inventor improvisado, lo suficiente para empacar sus pocas pilchas un día y decir adiós para siempre al pueblo de Santa Robertina.

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