domingo, 7 de diciembre de 2014

Para ti, y tus yo.



Nos conocimos y todo estuvo bien. Pero te miré a los ojos más de un millar de veces sin encontrar mi espacio. Si solo hubiese sabido que no esperabas que yo entrara; y mi rencor también debiera haber sido amarrado. Si de esperar me habría percatado que golpeabas mis pestañas tantas veces porque te parecía tan entretenido como ser el caballo del tablero de ajedrez. Y ahora sé porque el caballo: Nunca sabes hacia donde virará.
Me fuiste a buscar una noche de agosto cuando eras un recuerdo entretenido e inofensivo. Nunca supe tus reales intenciones, y yo dormía felizmente dentro de una copa de vodka.  Entraste con violencia a reclamar sin reclamar, a hacer tuyo lo que nunca reclamaste y a ser desobediente, a despeinar a la que esparcía muchos olores sobre mí.  Yo era un monigote sin gracias que hablaba más de lo que nunca pudo decir, ¿Pero serías capaz de negar mi felicidad? Incluso… ¿Serías capaz de asumir que no te morías de envidia de dormir con nosotros? Pero no fue posible ya que ella nunca quiso. La verdad nunca supo: entonces ahora las dudas son gigantescas porque nunca sabremos la verdad de todo esto. Te besé quizás sin quererlo o sin saber que te besaba a ti, pensando que era ella. Fue todo tan controvertido. Finalmente durante tres días fue todo casi normal. Para mí no fue suficiente y me acomodé dentro de la copa para dormir un par de años más mientras tu caminaste hacía otro lado y te fuiste. No tengo fotos de esa partida, pero como me duele verlas hoy en día.
Te fui a buscar un par de años después y estabas igual pero más rubia. De todas formas eras casi la misma pero ahora dos, y ese otro era tan igual a ti que me parecía imposible que también fuera de otro. Pero no mío (nunca pudo ser mío). Era tan mezquino lo que yo quería hacer aunque lo quería por derecho. Y volvimos a dormir juntos pero ahora éramos más o menos cinco o seis: los que se habían ido sin levantarse y seguían ahí porque de alguna u otra forma era su derecho, los que estábamos porque creo queríamos estar ahí porque era excitante hacerlo y los que no tenían más alternativa que quedarse porque estaban indisolublemente atados a ti. Claro, si contamos a los últimos podríamos decir que eran quince o veinte, pero la cama era ya tan amplia que pudiesen haber cabido unos veinte más sin ningún tipo de remordimiento.
Te fui a buscar y pienso que fui el primero en caerme de aquella cama. Me empujabas abrazándome fuertemente porque me querías dentro de ti muy lejos de alcanzarte. Todavía pienso en las incontables veces que me confesabas sentirte acorralada. Yo inocentemente siempre pensé que eran esos otros tú los que te acorralaban y no sé si también me convertí en un tú.
Hoy ya no te busco pero siempre te encuentro de noche donde todos, todas y algunas cosas se siguen convirtiendo en tu, no en ti, sino en tu. No te veo como un reflejo de esos tres días fuera de la copa o cuando sobrepoblábamos una cama estrecha como un sillón. Y me acuerdo de ese sillón donde por primera vez nos hicimos el amor tú y yo. Pero lo incomodo es que también te hacía el amor a ti y ya vez, de alguna forma siempre fuimos tres.


domingo, 17 de agosto de 2014

La Máquina

            Amanecía y los primeros bostezos del sol empezaban a templar pausadamente todos los rincones de Santa Robertina. Casimiro era de los primeros en saludar el alba en este pequeño pueblo del sur de no me acuerdo donde.  Por función tenía lo que era no menos importante: preparar el desayuno del alcalde que despertaría en media hora más.
                Bajaba por su calle hasta la plaza de armas, centro neurálgico del pueblo donde se encontraba la oficina de correo, la iglesia, el cuartel de bomberos y de policía, la alcaldía y por supuesto la casa del alcalde.
                Don Pedro, galante alcalde de Santa Robertina, no vivía en ese lugar tan privilegiado por mero capricho, toda su vida había vivido ahí, y las vidas de su padre y abuelo se habían desarrollado en la misma casa.
                Era el alcalde creo que hace cuatro periodos. Había elecciones cada cinco años pero sus contendores eran más bien escusas democráticas sin mucha posibilidad de romper la estructura del pueblo: el bombero debía ser bombero, el campesino tenía por prioridad su tierra y Don Pedro la verdad es que solo sabía ser alcalde.
                Casimiro pasó por el negocio de doña Nacha, el primero en abrir, donde le tenían preparado el pan de chia, la botella de leche y un frasco de miel. Se preocupaba sagradamente de pasar todos los días antes de irse a su casa a dejar el pedido de la mañana siguiente.
-          Buenos días doña Nacha , que cuenta esta mañana –
-          Nada mijo, un dolor que me tiene tomado todo el brazo derecho, seguramente un aire –
-            Hay que cuidarse, ¿quién va atender los caprichosos de mi jefe tan delicadamente como lo hace usted mi señora… dígame quien? -
-          Nadie seguramente mijo mío. Váyase rapidito, mire que el iñor va a despertarse lueguito –
Así Casimiro tomo nueva y raudamente rumbo hacia la casa de Don Pedro, atravesó la calle 7 de mayo y dio la vuelta en 26 de agosto para entrar a la plaza. Grande fue su sorpresa cuando al llegar a la plaza vio en la calle frente a la alcaldía, junto a al monumento a la primavera, una caja realmente enorme. Debe haber tenido fácilmente dos metros y medio de alto, por 2 de ancho y unos tres y medio de largo.
La caja estaba hecha de pino cepillado y seco, con los palos muy juntos y perfectamente clavados. Dio una vuelta su alrededor sin encontrar por donde mirar a su interior, y solo le llamó la atención una especia de timbre impregnado a calor en la madera que decía “Gobierno Regional”.
No perdió más tiempo y rápidamente entró a la casa de Don Pedro. No se sentía bulla, seguramente él y doña Humilde su señora, todavía dormían. En la cocina puso el agua a hervir y dispuso del pan de chia en un canastillo de mimbre junto al frasco de miel. Seguía muy concentrado en sus tareas cuando Don Pedro entró a la cocina.
-          Buenos días, buen Casimiro. ¿Cómo has amanecido esta hermosa mañana? –
-         Bien don Pedro. Tengo casi listo su desayuno, pero hay algo que me gustaría contarle: afuera en la calle hay… -
-            Ya tendrás tiempo para contarme muchacho – lo interrumpió don Pedro – No sé puede comenzar el día sin alimentarse adecuadamente. ¿Cómo podría cumplir con todas las obligaciones que tengo con mi pueblo, si no tengo las fuerzas para hacerlo?
-          Si don Pedro, me lo ha dicho muchas veces, pero… -
Esta vez el alcalde solo lo interrumpió con el gesto de acercarse el dedo a la boca al momento que con la otra mano sacaba un pan del canastillo. Casimiro no insistió más con el tema y se fue a preparar el traje que don Pedro llevaría ese día.
Al salir a la calle, para dirigirse a la alcaldía, se encontraron de frente con la imponente caja.
-          ¡Pero qué demonios es esto Casimiro¡ - exclamó levantando las manos al cielo don Pedro.
-          Don Pedro traté de decirle, pero usted no me escucho. No me prestó atención – Replico Casimiro levantando pronunciadamente las cejas y desviando las pupilas hacía el sol matinal.
Cruzaron la calle y empezaron a inspeccionar cuidadosamente la caja por todos lados. La circundaron completamente sin llegar a ninguna conclusión y sin atreverse a abrirla.
-         Casimiro, ve inmediatamente a la oficina de correo a buscar a don Juan – dijo enérgicamente el alcalde.
Casimiro cruzo corriendo de extremo a extremo la plaza para entrar ágilmente en el viejo edificio.
-          ¡Don Juan, don Juan! Don Pedro lo necesita urgente en la alcaldía.
Don Juan estaba en ese momento, preparando y disponiendo la oficina para la recepción del camión que vendría desde la oficina regional con cartas y encomiendas de todo el país.
-          Qué pasa muchacho, ya te escuche –
-          Don Pedro necesita verlo al momento. Un asunto inmediato y de interés comunal –
Don Juan extrañado dejó el lápiz que llevaba en la mano sobre el mesón de recepción y acompañó en el minuto a Casimiro, que hablaba ya entre cortado de tanta carrera para allá y acá.
Cuando llegaron al frontis de la municipalidad, pasaban las 9 de la mañana y el pueblo despierto ya se movía en sus cotidianas actividades. Más de 20 personas (en su mayoría ociosos) acompañaban al alcalde junto a la caja sin atreverse a tocarla.
-         Qué bueno ha llegado don Juan – dijo el alcalde extendiendo la mano para estrechar la del cartero.
-         Vine inmediatamente don Pedro. Y dígame a que se debe tanto alboroto y que contiene esta caja tan descuidadamente depositada en plena calle. Hay procedimientos para las entregas señor alcalde, por muy grande o importante que estas sean. - 
-         Lo sé – dijo el alcalde – por eso lo hice venir. Espero que usted precisamente pueda explicarnos que hace esta caja aquí y que contiene –
Tocándose la barbilla y levantando de vez en vez la punta de sus anteojos, don Juan dio la vuelta entera a la caja, al igual que los otros. Tocó la madera, inspecciono detenidamente el timbre de calor y trató de mirar por entre las tablas.
-          Necesito la documentación señor alcalde –
-         Es obvio que no tenemos. De saber lo que era o de donde venía no lo hubiéramos llamado. ¿No cree usted mi estimado señor? – Al alcalde ya le empezaba a picar la incertidumbre.
-         Si, claro. Sin embargo no está en mis registros la recepción de una encomienda de esta envergadura. ¡Que venga inmediatamente mi asistente! Y que traiga su martillo –
Ya se había reunido una buena cantidad de gente en torno al acontecimiento, la mayoría mirona y desocupada.
En pocos minutos el asistente de don Juan desprendió una a una las tablas para dejar al descubierto, y al asombro de todo el mundo, una imponente masa de fierro. En su parte más alta fácilmente superaba los dos metros desde donde bajaban una cadena y una especie de riel hasta la parte inferior compuesta de una base de madera e innumerables ruedas de distintos tamaños. También desde el eje superior y en lo que se podía decir era la parte trasera de la máquina, se ubicaba un especie de embudo metálico. Sobre las ruedas y en su parte media, había una especie de caja de madera que en sus puntas era unida por unos flanches de fierro remachados. Nadie daba crédito ni explicación a lo que veían, y el asombro era tan grande como cuando el espectáculo solo era una caja llena de misterios.
-         ¿Qué es esto? – fue la obvia primera pregunta del alcalde. Y la respuesta solo fue un grupo de caras incrédulas y sorprendidas. Entonces vino la primera y adecuada quizás, decisión de don Pedro, y llamó a un comité comunal para dilucidar. Este rápidamente fue convocado y constituido por las siguientes respetables personalidades del pueblo: Jacinto, agricultor de la zona y dueño de unos predios en los límites del pueblo, don Alejandro el molinero,  Mariano, minero alto y fornido que extraía pequeñas cantidades de plata en los cerros que custodiaban el poblado, y por último don Ulises mezcla de mecánico y viejo loco que se encargaba de reparar desde un reloj hasta el sistema del alumbrado público de la plaza.
La misión no era fácil: descubrir sin compendio, sumario o texto alguno, el uso de esta máquina. El primero en tomar la palabra fue el robusto minero, - creo que la función del artefacto no puede ser más clara, y está hecho y diseñado para facilitar la tarea de un minero. La huincha metálica que baja cuenta con pequeños recipientes que reciben el material recién extraído en su parte superior, bajan hasta el primer grupo de ruedas quienes trituran la piedra separando la roca pobre del material valioso, o sea, la plata. Finalmente las ruedas pequeñas de esta zona – decía mientras se introducía bajo la estructura – suben la roca para depositarla en el embudo que finalmente arrojara al suelo cuando estas dos ruedas mas grandes – y se daba vuelta para indicar el lado opuesto – depositan el mineral en el gran recipiente de madera -. Dicho esto Salió desde las entrañas del mamotreto sacudiéndose las manos.
        Todos los integrantes del comité lo miraron, unos más incrédulos que otros. El viejo Ulises solo se rascaba la panza. – Interesante postura – exclamo el alcalde, - pero no me convence del todo. Dígame Mariano, ¿esto en cuanto podría aumentar la extracción y producción de plata del pueblo? –
-         Bueno señor alcalde, la verdad no estoy seguro, pero así a vuelo de pájaro me atrevería a decir que con esta maravilla más la colaboración de un operador y un ayudante en la limpieza de desperdicios, creo que en un 60 o 65 porciento – El alcalde en su interior se sobó complacientemente las manos. La insignificante y precaria minería no aportaba ningún royalty especial al pueblo, solo una protocolar patente casi de utilería, por lo que la posibilidad de engrosar las arcas de tesorería era muy atractiva conociendo el boom de pequeños pueblos que habían tenido la suerte de encontrar una veta de oro y se habían hecho ricos de la noche a la mañana.
-         Interesante postura Mariano. Diría que muy cierta – y daba pequeñas palmoteadas en las anchas espaldas del minero.
-         Si bien es cierto esta huincha transporta material señor alcalde – interrumpió Alejandro – pero claramente no están hechas para las piedras – Don Pedro que ya había caminado unos pasos junto al minero, se dio vuelta para escuchar la ponencia del molinero.
-         La cadena que conlleva al movimiento del mecanismo no cuenta con eslabones de más de dos pulgadas, lo que nos dice que no está preparada para el peso, sino para la rapidez – la primera tarea estaba cumplida, había logrado la atención del alcalde y que este soltara los hombros del minero.
-         Fíjese, el trigo es un producto que viene de los campos, y es absolutamente certero que viene con muchas impurezas. La limpieza del grano es la tarea más lenta del proceso y la que requiere de más personal de apoyo. Por otro lado las mismas impurezas: clavos, piedras, etc. Son las que estropean con mayor frecuencia la moledora de grano e interrumpen a veces días enteros la producción de harina – Don Pedro secretamente sacaba algunas cuentas mirando a los ojos al molinero, mientras este último pensaba en el dineral que se ahorraría entre personal de apoyo en la purificación del grano y la reparación de máquinas estropeadas -.  – y este ahorro… ¿de cuánto estaríamos hablando? Digo solo para tener una idea – decía el alcalde mientras se metía las manos a los bolsillos y empezaba a balancear su cuerpo de adelante para atrás. – Bueno, sin tener una certeza inapelable en este minuto, diría que bajaríamos en un 40 o 45 porciento los costos de producción para subir en un 30 o 35 porciento la producción por la velocidad que nos impregnaría esta tecnología -. Don Pedro ya sacaba cuentas del aumento en el valor de la patente que esto significaría.
-         Si me permite Don Pedro – interrumpió enérgicamente Jacinto. – Me imagino que se habrá dado cuenta la cantidad de tierra desaprovechada que tenemos en Santa Robertina. – Y con esto llamó la atención de todo el comité. A excepción del viejo Ulises que había cambiado el confort de rascarse la panza por el jugueteo visual de perseguir las mariposas que a esa hora revoloteaban por el sector. – No quiero desmerecer las ideas de mis amigos aquí presentes, pero cometen un gran error influenciado seguramente por sus validas intenciones de rentabilizar sus negocios. Invisible al parecer ha sido para todos que la maquina se sostiene en cuatro ruedas. Esto solo tiene una explicación: no está diseñada para mantenerse en un solo lugar, sino que por el contrario su trabajo es en movimiento – Todos parecieron sorprenderse con la apreciación del agricultor pero no era un comentario descabellado.
-         La palanca que arranca de entre las dos ruedas delanteras – y todos lo siguieron hasta lo que suponía ser la parte delantera del artefacto – es donde se engancha la yugo para formar la yunta de bueyes. Está claro que por ser un artefacto para la gran industria agrícola, debiéramos contar con cuatro o seis bueyes para la faena, pero la rapidez de este método de producción multiplicaría el trabajo en por lo menos diez veces a lo que en este momento hacemos con un arado y dos bueyes -. Todos permanecían con las manos en los bolsillos disimulando el cálculo matemático que hacían con los dedos. Bien era sabido el ingenio empresarial de Jacinto que lo había llevado a convertir la agricultura en la principal fuente de ingresos del pueblo. Más puestos de trabajo en el rubro mejor evaluado del pueblo significaría una buena reputación para la gestión del alcalde, y para don Pedro eso no era menor.

-          Cinco y cinco diez – murmuraba don Pedro
-         Trescientos o quizás cuatrocientos kilos pesa la máquina, no la moverá con cuatro bueyes Jacinto, es impensable – Protesto Alejandro.
-          Si fuera lo que usted dice Alejandro, ¿donde colocaría a las personas desocupadas? - evocó sindicalistamente Jacinto.
-         Y a usted de cuando le preocupa la desocupación Jacinto – protesto Mariano.
-         Incluso podríamos elaborar la plata – pensaba don Pedro.
-         Una roca de diez kilos y la zona de extracción de desperdicio colapsa, su idea no tiene fundamento – decía ahora Alejandro
-         El engrane de esta parte no alcanza a filtrar un clavo, por favor – Mariano trataba de indicar una pieza en la base de la huincha de transporte mientras todos metían sus cabezas bajo el armatoste.
-         Sin embargo una baja en el precio de la harina nos permitiría disminuir el costo del pan, incluso imponiendo un pequeño impuesto municipal – miraba al cielo el alcalde.
-         Mariano a mí me parece que usted es un egoísta, la minería nunca ha dado nada a nuestro pueblo. Por el contrario la agricultura da trabajo y créditos a nuestra economía. Y no está demás decir que el trabajo de esta moderna máquina reduciría sustancialmente el valor del trigo – La estrategia de Jacinto ahora era volver a Alejandro de su lado.
-         ¿De qué porcentajes estaríamos hablando? – se mostraba algo interesado Alejandro.
-         La verdad en este minuto no lo sé a ciencia cierta, pero las disposiciones a conversar por lo menos ya están – Viejo zorro, pensaba para sí mismo Jacinto.
-         Sus disposiciones a conversar siempre han estado, pero del dicho al hecho – Protesto Alejandro.

-         Caballeros por favor – Don Pedro trató de calmar las aguas. – Me parecen muy nobles sus intenciones, y sin duda alguna todas orientadas al porvenir de Santa Robertina, Tarde o temprano con seguridad dilucidaremos el uso de este flamante artefacto. Pero me interesaría escuchar la opinión de Ulises – Y todos se volvieron hacia el viejo loco que muy poca atención había prestado a la discusión.

-         Bueno Ulises y ¿qué opinas tú? – lo instigó Jacinto.

-         Bueno, este la verdad… - con una mano el viejo se rascaba la cabeza y con la otra tiraba de sus pantalones que caían ante la ausencia de un cinturón. – yo creo que podríamos sacarle provecho en algo que va mucho más allá de lo que todos ustedes han expuesto –

-         Jacinto, es el agua fundamental para el riego de tus cosecha – dijo el viejo mientras de reojo miró al agricultor. – Pues claro que si – Respondió Jacinto.

-         ¿Y qué tipo de energía es la que mueve tus molinos Alejandro? – interrogó Ulises acercándose al mencionado - Hidráulica por supuesto – Respondió el molinero.

-         ¿Y cómo retiras los desechos de tus explotaciones mineras Mariano? – y el loco apunto directamente con el dedo al fornido trabajador de cavernas – con los riachuelos que desviamos cerro arriba – respondió un tanto tartamudo el excavador.

-         ¡Exacto, todos tiene razón! – exclamó jolgoriosamente Ulises. – y si no me equivoco hace más de dos años que una sequía ha disminuido las capacidades productivas del pueblo considerablemente sin que las autoridades puedan encontrar la solución. ¿Me equivoco señor alcalde – inquisidoramente su mirada se volvió al alcalde – algo de verdad hay en tu afirmación Ulises – respondió un tanto avergonzado don Pedro.

-         ¡Esta es la respuesta mis amigos! – y levantó los brazos indicando la maquina.

Todos guardaron un extraño silencio y nadie se atrevió a contradecirlo. Motivos para replicar no les faltaban, pero el problema del agua era cierto. Las ambiciones individuales eran descomunales, pero una solución al problema de la distribución del agua era un trato que todos discutirían sin excepción.
-            Por la boca del embudo depositamos el agua cantidades justas para surtir la huincha de traslado. Por eso la cadena es del porte preciso: ni tan grande para rocas, ni tan rápida para que el agua con el vaivén se desborde. Esta baja atravesando este depósito bajo la caja, y luego de dar la vuelta termina en la gran caja de madera. ¿para qué es el depósito bajo la caja? – los cuatro se inclinaron para mirar la sección en la que nadie había puesto atención – ni idea – pronuncio escuetamente el alcalde. – ¡Es una caldera estimados!, y su función calentar el agua a su paso hasta casi el punto de ebullición, terminando el trabajo cuando el agua está hirviendo en la caja de madera, o sea. Evaporación – todos se miraron un tanto incrédulos – finalmente el vapor asciende con mucha fuerza formando nubes y empujando las ya existentes, todas amontonadas por la rapidez de la maquina comienzan a chocar entre ellas produciendo la solución de nuestros problemas: ¡Lluvia! 
Todos habían escuchado con profundo respeto y sin interrumpir, Ulises seguía mirando sonrientemente la maquina mientras el resto aún continuaba un tanto agachados desde que adoptaron esta posición para mirar la “caldera”. Se enderezaron, algunos sacaron su pañuelo para secar el sudor y otros miraron hacia el cielo. Luego los cuatro en un espasmo grupal  y espontaneo echaron a reír sin poder contenerse. Jacinto el agricultor se tomaba la barriga medio doblado mientras con la otra mano se apoyaba de la espalda de Mariano quien a su vez se afirmaba de un poste de la luz y miraba hacia el cielo con cada nueva risotada. Alejandro y don Pedro el alcalde se miraban frente a frente y reían en perfecta armonía y contrapunto: uno levantaba la mano al reír mientras el otro apagaba la risa llevando su mano a la boca. Luego cambiaban.
Con tal estruendo nadie se percato que el viejo mecánico se había retirado del lugar también entre risotadas, y solo Casimiro que se había unido al grupo lo había visto doblar en la esquina hacia su taller. – Mi querido Casimiro, por favor prepara la sala de reuniones y manda a decir a doña Nacha que traiga sus más deliciosos pasteles. Luego ve a mi casa y sin que Humilde se dé cuenta saca de la alacena una botella de agua ardiente que tenía guardada para una ocasión muy especial – Casimiro obedeció inmediatamente y partió raudo a cumplir con el encargo de don Pedro.
El resto de la tarde y hasta muy entrada la noche nadie discutió sobre el uso que le darían a la maquina, tampoco nadie volvió a pensar porque estaba ahí o como había llegado. Solo la camaradería y la buena mesa adornaron tan alegre comité.
Al salir de la alcaldía todos amigos miraron la maquina, rieron y se motivaron mutuamente por el esplendoroso futuro que le esperaba a Santa Robertina con la llegada de la modernidad. Y así  se fueron contentos para sus respectivos aposentos.
La mañana siguiente Casimiro atravesaba rápidamente las calles con el desayuno del alcalde, cuando al llegar al frontis de la alcaldía quedo inmensamente extrañado de no encontrar vestigio alguno de la maquina. Pensó como era normal, que las reuniones del día anterior habían fructificado positivamente y que está ya se había trasladado al que sería su emplazamiento definitivo.
-         ¿Qué dices Casimiro? ¡yo no he autorizado su traslado a ninguna parte! – fustigó enérgicamente don Pedro, ante el anuncio de su ayudante. Y salieron sorprendidos de tal eventualidad.
Casimiro no mentía, y lo único que encontraron al salir fue a los tres miembros del comité perdidos en el espacio y tiempo, mientras miraban hacia la esquina, el cielo y el suelo. Ni rastros habían del artefacto: huellas, desperdicios, marcas de ruedas o algo que diera indicios de movimientos o que pudieran delatar tan intrépido arrebato. Solo una pista, que pese a poder ser concluyente, no evidenciaba por si sola indicios de algún sospechoso: un desatornillador (o “atornillador”, dependiendo claramente el uso que mis buenos amigos puedan o quieran darle).
No había razón alguna para mover a la policía municipal, como había llegado se había ido. Ningún registro o factura legalizaba la propiedad de la maquina; era de todos y de ninguno. Tal como era la solución a todos los problemas de la comunidad, era también ilusión y falsas expectativas, tanto de riquezas como de trabajo. La modernidad se había asomado a sus vidas y prometía un cambio revolucionario que se había agotado sin que nadie en verdad pudiera beneficiarse por las buenas o las malas.
                Esa misma tarde comenzó a llover copiosamente. Un diluvio que duró casi cuatro días como quedo registrado en las actas de la alcaldía y más de un mes como escribiría un poeta años más tarde. Destruyó cosechas, inundó yacimientos e hizo imposible el trabajo en el pueblo. Solo uno reía mientras fumaba cobijado bajo el alero del edificio de la alcaldía. El viejo Ulises trabajó como ninguno luego de los temporales: reparó la maquinaria del molino, los diques de la minería y desarrollo un nuevo sistema de yugos que permitía un arrastre más fácil de los arados. Como era de esperar ganó mucho dinero haciéndolas de mecánico e inventor improvisado, lo suficiente para empacar sus pocas pilchas un día y decir adiós para siempre al pueblo de Santa Robertina.

domingo, 20 de julio de 2014

El alboroto de Charles.

Siento como la cabeza me da vueltas y la boca se me pone amarga. Ya no presto atención al desfile de botellas de Vodka que Charles me obsequia entre subida y subida para que me entretenga. - No tengo ganas de salir – le dije ya medio borracho hace más de tres horas cuando me pasó a buscar, pero el siempre encuentra con su sonrisa de cuatro cuerdas la forma de levantarme.
                Horacio repasa en el piano la escala precisa para que Charles entre con el contrabajo a contrapunto y en armonía con el saxo. Me gustan las melodías lentas y cadenciosas ya que me acuerdo del día en que conocí a Bárbara. Siempre asimilé sus caderas en las notas más nubladas de Charles. A ese grotesco inundar de su cuerpo bajo el mío sin música ni poesía. A la boquilla desbordando saliva de su cintura inundada: morderla, recorrerla con mi lengua que se desdoblaba separándose como la de un reptil disecado en alcohol. Ya tengo la boca seca y todavía no me duermo. Espero por todos los infiernos que el dolor de cabeza me empiece ahora y no me demuela mañana de una vez.
                Ahora los acordes son más cortos dentro de un ritmo que casi me recuerda el Dixieland. Negro fenomenal; debe estar viendo como dieciséis cuerdas en ese contrabajo y sus dedos lo abarcan por completo. Me salta una risa de borracho cuando escucho la voz de la profesora de Charlie Brown en la armonía de los saxos. ¿Cómo se puede ser calvo a tan corta edad?
                Ahora el negro se sienta al piano y le entrega el contrabajo a Horacio. Bárbara me dejo hace dos borracheras, una con Vodka (también con Charles) y la otra con vino blanco. Que odioso es el vino blanco con su resaca. ¿Qué pasará si muevo mi pie derecho un poco hacia el costado? Me siento como atornillado al piso.
                En la mesa del lado hay dos tipos que no había visto nunca por aquí. A lo mejor si… pero se ven tan borrosos. Contraigo un poco los ojos para enfocar mejor y tratar de reconocerlos pero no, nunca los he visto. Están bebiendo pisco combinado con tónica. Hace como tres años que deje el pisco, de la última vez que me intoxiqué. En ese tiempo ni pensaba en conocer a Bárbara, y fue Daisy quien me dejó en el hospital. Nunca más la volví a ver.
                El negro está tocando como los dioses. Es él y el resto, él y el bar, y el vodka, las mesas y los individuos de la mesa de en junto. Edwin no toma, pero fuma hierba como un loco. Ahora parece ido (a lo mejor no ha fumado) se equivoca de nuevo y deja al piano solo armonizando con el chocar de copas.
                A los individuos parece que no les gustó el desvarío de Edwin, porque al parecer intentan improvisar una silbatina que a Charles no le gusta. Al negro le da lo mismo que lo escuchen, lo ignoren, lo aplauden, lo admiren o lo amen. Pero silbatinas no.
                Terminan la pieza y Charles baja del escenario para sentarse junto a mí. Me duele levantar la cabeza y solo atino a estirar la mano para tomar el vaso que me sirve. Brindamos por los viejos tiempos y las mujeres ausentes. – Hola Charles – una juvenil voz masculina saluda al negro que se levanta con gran alboroto. Me presenta al recién llegado, un chico que no debe sobrepasar los veinte años y que cuelga a sus espaldas el estuche de un trombón. – Te vas a volver loco con lo que sigue – me dice el negro mientras toma al joven de los hombros y se lo lleva riendo al escenario para que caliente los tubos.
                Me acomodo en la silla cruzando las piernas y estirando la espalda en todo el respaldo. En que está la situación que no me voy de espalda con silla, piernas y mesa. Empieza la segunda parte con el marcado estilo de Charles en el contrabajo en tiempo de cuatro cuartos. Ahora es a New Orleans el viaje. O así creo, la verdad estoy tan borracho que juro que veo a Charlie “Bird” Parker en el saxofón.
                Que habilidad tiene el negro para pasearse por los estilos y hacerlos suyos. Una disonancia arranca la entrada del saxo (estoy seguro que Edwin ya se fumó uno) y se mantienen marcando el ritmo. Repentinamente dejan a Charles solo con la batería por un tiempo, y conozco lo que viene, entrará el saxo a todo volumen armonizado seguramente en una tercera con el trombón llenando el ambiente de olor a bronce. Viene y… el chico no entró. Sopla y ningún sonido sale del vergonzoso trombón poniéndolo rojo como granadina y tembloroso como nalgas de prostituta de hábito.
 Todos apuran el pasó y empiezan a llenar improvisadamente los espacios mientras el muchacho me da la impresión de estar a punto de desmayarse. Repentinamente exculpan al muchacho de su letargo y lo bajan del pisillo con un certero vaso en la cabeza. Este cae afinadamente hasta hacer rebotar su cabeza en el suelo que ahora sangra desmesuradamente. Edwin se apagaba inmediatamente mientras el baterista sigue marcando el tiempo. No me había dado cuenta pero después deduzco fácilmente que el diestro lanzador no había sido otro que el compañero de la mesa del lado. Como llegue a la conclusión, fácil: Charles de dos zancadas llegó junto a ellos y le despedazo una silla en la cabeza. El primero cayó inmediatamente, muerto diría en primera instancia y muy borracho sería la conclusión final. Aunque ya no tengo muy clara la diferencia entre dos botellas de pisco y una silla totalmente destruida en la cabeza.
Dado el estruendo, lo que tenía que pasar pasó y yo terminé de espalda en el suelo dándome muy fuerte en la nuca contra el piso. El dolor fue tan fuerte como los incontables palos que me dio donde mismo Marta durante mucho tiempo, pero a esos me acostumbre y aprendí a dar los míos, este por el contrario me impidió pararme para ayudar, observar o arrancar. Charles era muy “el negro Charles” mi amigo, pero en este estado era mejor no darle más duro a la cabeza.
Resulta que los tipos no andaban solos, si no que eran los borrachos aislados del grupo y el resto estaba sentado tranquilamente unas mesas más allá. Al caer el primero los otros se abalanzaron escandalosamente sobre Charles quien encontró ayuda inmediata de Horacio y de un espectador de primera fila. No pasó mucho tiempo para que empezaran a volar las botellas junto a los vasos en su mayoría medio llenos, por lo que esta era ya una épica gresca bajo una lluvia de alcohol. Todos mojados en gin, Martini, whisky y cerveza se armaban de cualquier objeto contundente para desarmarlo en la mollera del que estuviera más cerca. No había bandos ni objetivos, solo golpes. Edwin que se había hecho a un lado arrastraba al joven junto a su trombón tras el escenario dejando un hilo de sangre en su camino mientras el baterista continuaba marcando el ritmo. 
En un momento me asusté, mucha borrachera no me quedaba y no quería despertar en la mañana con cabeza de alcancía, por lo que me puse de pie como pude y traté de alcanzar la puerta, ya abría tiempo después para volver por Charles. Estaba en eso cuando un tronar de vidrios explota ruidosamente en mi cabeza. No lamente el golpe ni me averiada cabeza, pero si lloré amargamente mientras perdía el conocimiento por la excelente botella de Escoses que se desangraba a mi lado.

Desperté como es obvio con un dolor de cabeza que transversalmente entre mis sienes y la nuca me apretaba como un torniquete. No sabía dónde estaba ni como había llegado ahí, hasta que una mano amiga pasó un algodón húmedo en mi frente: - tanto tiempo, la verdad esperaba encontrarte aquí algún día – era Daisy, y yo carajo que no me acordaba que era enfermera. –Te tocó duro anoche cierto – solo reí y esbocé una tibia mueca en mi cara. Tenía que hablar, decir algo, lo primero que viniera a mi lastimada cabeza. – A qué hora terminas el turno – mascullé, - en dos o tres horas – me dijo tirando el algodón a la basura. – Vamos por un trago - - Dale -. 

domingo, 6 de julio de 2014

Exilio de Medianoche.

La noche retrocedía lentamente, dejando jirones de su vestido esparcidos por la tierra que el buen padre sol quemaría casi sin querer, pero con sus intenciones claras. Ella  lo miraba a veces de reojo, con recelo, con éxtasis de medianoche. Y soñó con mostrarle alguna vez el silencio solo interrumpido por el cantar de los grillos”.
            Se detuvo y comenzó a borrar palabra por palabra, ideas que no tenían sentido y espasmos demasiado irreverentes. “Jirones” ya era una palabra rara y no se acordaba donde la había leído. Acudió al diccionario: 1 “pedazo desgarrado de una tela” 2 “parte o porción pequeña de un todo” 3 “insignia, pendón o estandarte que remata en punta”.
-¡No sirve! Para nada, no. Mal, malísimo. Y apagó el computador para ir a sentarse junto a la ventana donde con un café trataría de despejar su mente.
“La noche retrocedía lentamente, y en su retirada de sus ojos llovían pletóricamente todas las imágenes que habían compartido y que él iba tomando una a una para quemarlas. Sus intenciones eran claras. Ella  lo miraba a veces de reojo, con recelo, con éxtasis de medianoche. Y soñó con mostrarle alguna vez el silencio solo interrumpido por el cantar de los grillos”.
            Le pareció mejor lo que esa noche había confesado, pero no era completamente sincero. Algo todavía lo alejaba arañándole las mejillas erosionadas por el pasar de los momentos. La recordó de noche entre sus sabanas y como su piel dulce se dejaba recorrer sin trincheras por sus labios tan peregrinos. Contó las medianoches que los habían juntado gritando de pasión y como habían deshecho la terminología del éxtasis.
            Pero ya no más.
“La noche retrocedía lentamente, y en su retirada de sus ojos llovían pletóricamente todas las imágenes que habían compartido y que él iba tomando una a una para quemarlas. Sus intenciones eran claras. Ella cerró los ojos con recelo, con los labios secos y la piel marchita. Y soñó con mostrarle alguna vez el silencio solo interrumpido por el cantar de los grillos”.
Esa noche durmió muy mal, aunque sus insomnios distorsionaban funestamente la concepción del día y la noche transformándolas en madrugadas tan álgidas como apesadumbradas, y tardes inertes de mirarla en las formas de las nubes. En sus sueños lo atacó un insecto gigantesco que no hacía más que gritar moviendo sus innumerables patas como tratando de alcanzarlo.
El sudor intenso era una realidad más en todos sus amaneceres que ya no coincidían con la salida del sol. Despertaba con la madrugaba y se entregaba a las pesadillas con veraniegas tardes calurosas. Negaba la invitación que le hacia el sol a correr tras su calor por las mañanas o a recostarse en su regazo por las noches cuando era esta quien entraba a escena con su manto de luna.
Hoy se sienta por última vez junto a sus ideas y recuerdos para escribir la verdad y ser sincero con los que lo acompañan. Se da cuenta que siempre fue un mentiroso y que nunca pudo escribirle algo, no por falta de inspiración sino por egoísmo.
“La noche retrocedía lentamente, y en su retirada de sus ojos llovían pletóricamente todas las imágenes que habían compartido y que él iba tomando una a una para quemarlas. Sus intenciones eran claras. Ella cerró los ojos con recelo, con los labios secos y la piel marchita. Ya no habían sueños ni habrían noches para oír el canto de la luna”. 

Junto a la ventana busca la luna en el cielo y mira su reloj: las 23:58. Ya fue suficiente para las estrellas y ninguna lo alumbra, no existe  la que alumbre su vida, se fue y no volverá. Vuelve a mirar su reloj para darse cuenta que son las 00:02. La medianoche también lo ha abandonado. Pone el revólver en su cien y se quita la vida.

“Ella camina sin mirar atrás, y en su retirada de sus ojos llovían pletóricamente todas las imágenes que habían compartido y que él iba tomando una a una para quemarlas. Sus intenciones eran claras. Ella cerró los ojos con recelo, con los labios secos y la piel marchita. Ya no habían sueños ni habrían noches para oír el canto de la luna”.

sábado, 21 de junio de 2014

El Retrato de Isadora.

            Dio un primer pincelazo con fuerza y alegría, estaba solo en su habitación pero el recuerdo de Isadora lo llenaba de todos los sentimientos que podían hacer dichoso a un hombre. La recordaba y empezaba a trazar la línea de sus labios: con cuidado cerraba los ojos para evocar el movimiento de su boca sin palabras. La había conocido en la mañana en el centro del pueblo. Quizás era nueva o nunca la había visto, pero el sentimiento había sido tan fuerte como el rugir de las olas al abatirse sobre el acantilado. Estaba locamente enamorado.

                Nunca había pintado el amor, no muy bien lo distinguía ni ante sus ojos había danzado tan sublime sentimiento. Su trabajo más bien consistía en retratar a la gente del pueblo: niños, abuelos, matrimonios, familias y uno que otro capricho de algún parroquiano generalmente centrado en casas o mascotas.

                El amor tenía que ser esto se decía, ya que su imagen no podía borrar por más que pensara en la más tediosa fruta del arreglo sobre la mesa. Y así su pincel recorría los contornos de sus recuerdos. Bajaba por su cabello para enroscarse en las vueltas de su cuello, hasta descansar en sus hombros, y volvía a subir por sus labios repintados hasta posarse como una primaveral mariposa en la punta de su nariz. – Debe ser por lo bajo la pintura más bella que se haya hecho – dijo ya cansado y somnoliento, y pensó que lo mejor sería dejar esta empresa para la próxima noche y entregarse a los sueños donde por seguro ella sería la protagonista. Así, y sin más que decir se durmió.

                La mañana siguiente se levanto al alba lleno de frescura y buen humor. Desayuno con el apetito que quizás nunca en su vida había tenido, tomo su atril, un par de telas y maletín con pinceles y pinturas salió de su casa para dirigirse a la plaza del pueblo, donde cada día pintaba los pormenores de las cosas.

                Rozaba el tiempo al mediodía, cuando pudo distinguir a Isadora caminando junto a una amiga por uno de los costados de la plaza. ¿Cómo abarcarla? ¿Cómo nombrarla? ¿Cómo acercarse a tomar su mano? Las ideas y los titubeos vacilaban en su cabeza impidiéndole proseguir con sus bocetos.

                En eso estaba cuando de entre la multitud que paseaba por la plaza a esa hora, aparece un joven bien vestido y de educados movimientos que a primera vista debe haber sobrepasado en uno o dos años a Isadora, que comenzó a conversar distendidamente con ambas señoritas. En un minuto de la conversación extrae de su bolsillo algo que no alcanza a distinguir, y lo levanta con ambas manos para amarrarlo en el cuello de la bella Isadora: ¡era un collar!

-  ¡Qué diantres se ha creído este imbécil mocillo de plazoleta provinciana! – exclama iracundo el pintor sin poder sin embargo que ninguna de las palabras atravesaran la frontera de sus labios. Preso de los más iracundos pensamientos alcanza a recoger sus utensilios y regresa acompañado de todos los demonios del averno a su habitación.

-  ¿Esta niñita piensa que puede complacerse con mis sentimientos como un gato juguetea con su ratón? No, conmigo no infanta de memorables ojos pardos y suaves caídas de cabellos castaños brillantes como el metal -.

Y mientras las más oscuras sombras del despecho le hacían creer que el mundo no amanecería, tomo su pincel y descubrió la tela que dormía aún impregnada de la esencia del amor. La miró con rabia y en tres o cuatro pinceladas dibujó la más tosca y descuidada bufanda alrededor de lo que hasta ayer había sido el delicado cuello de la quebradiza Isadora.

La miró unos minutos y luego un par más para finalmente echar a llorar con el rostro entre sus manos. Así estuvo algún rato, ¿Cuánto? La verdad nadie lo sabe. Y nuevamente algo arrepentido e irritado todavía, se durmió. Y sobre esto la verdad, no tengo más que decir.

La mañana siguiente apenado aún, descubrió la tela con el retrato de la esplendorosa Isadora, y su alma se lleno de pena al ver su hermoso cuello cubierto de tan grotesca mancha de pintura. Desayuno un tazón de leche con tostadas con miel, y salió como todas las mañanas a pintar cómo pasa el tiempo sobre la plaza del pueblo.

Ahí estuvo todo el día sin sucesos dignos de contar y las horas pasaron tras los minutos. El pueblo avanzaba hacia el atardecer y los pasos de la muchedumbre marcaban innumerablemente el rostro de la plaza y sus expresiones. Cuando allí, a escasos metros de donde el pintor tatuaba con destreza la tela, se encontraba apoyado en un pilar el mozalbete que dispensadamente había osado rosar el cuello de la bella Isadora. Pensó en acercarse e incriminarlo por tan osada y descarada acción, hacer presencia y marcar territorio, indicarle y hacerle ver que ese amor le pertenecía. Que era imposible que a él que conocía tan detalladamente todas las expresiones, que reconocía de inmediato la tristeza en el rostro del viejo o el llanto del bebé, pudieran arrebatarle este sentimiento que exploraba ahora. Le pertenecía por derecho de la vida.

La decisión estaba y las palabras no faltarían, solo faltaba la pólvora que hiciera explotar esa rabia que le pertenecía.

No alcanzó a moverse cuando divisó en el otro extremo de la plaza a Isidora con su amiga. Reían y se decían cosas al oído moviéndose de allá para acá. Ya conocía el amor y este le había hecho sentir como nunca antes, pero cuando se dio cuenta que lo que llamaba la atención de Isadora era este descarado muchacho, conoció a su entender otro sentimiento que a escondidas siempre viaja junto al amor: el despecho.

No sabía qué hacer con sus manos y los pies le pesaban como nunca antes. Quería correr pero no sabía hacia donde, o tal vez esconderse bajo las ramas del sauce que estaba muy cerca de él.

- No te quiero – dijo. – La verdad es que nunca te he querido. Como es posible que el amor sea capaz de fijarse en una arpía tan descarada como esta mujer -. Las manos le transpiraban y los músculos se le contraían haciendo todo lo posible para volver todo su cuerpo invisible. Nadie debía acercársele. Ni decir hablarle.

Tomo el atril de tal forma que la tela se desgarro justo en la mitad partiendo como un rayo en dos, el árbol allí dibujado. No alcanzó a recoger todos los pinceles y algunas pinturas quedaron esparcidas en el lugar que antes había ocupado.

Llegó a su casa llorando amargamente mientras pateaba y lanzaba lejos todo lo que se le atravesara. Entró a su habitación y de un tirón arranco la tela que cubría el retrato: - ¡Tus ojos no son dignos de observar la belleza que un enamorado es capaz de distinguir y sobrellevar! -. Dicho esto tomó el pincel más grueso y tras sumergirlo en la tinta negra, comenzó a dar precisas puñaladas sobre los ojos de la desamparada Isadora. Así estuvo algunos minutos hasta que ya no quedó nada de los relumbrantes ojos pardos que tan enamoradamente había delineado hace dos noches atrás. En su lugar ahora cohabitaban junto a la nariz, la boca y la frente, dos grotescas manchas negras sin sentido.

Algo si nos queda claro: cuando el amor es capaz de con sutileza y dulzura esbozar los más bellos trazos, el despecho y la ira pueden manchar y tapar el sol con un par de certeras estocadas. ¿Pero alguien es capaz de aseverar que esto no es también un sentimiento digno de nuestra humanidad?

No sé si esa noche el pintor concilió el sueño, pero cuando la pena es tan grande a veces es mejor guardar el más respetuoso silencio, por lo tanto ya más nada contaré.

El día siguiente no desayunó y tampoco descubrió la tela con el ciego retrato de Isadora. No iría a la plaza, la vergüenza era hoy el sentimiento de moda en su vida, por lo que se sentó junto a la ventana y cubierto de un roñoso manto de lana se dispuso a ver pasar el día.

En esta tan reconfortante actividad se encontraba, cuando por la vereda de en frente una pareja caminaba muy junta tomada de la mano besándose cada cierto tramo recorrido. Como no, era Isadora con el muchacho.  Ya no había rabia ni despecho, tampoco amor ni desconsuelo. Solo quito la manta y fue a pararse frente el atril que aún sostenía cubierto por la tela, el retrato. Lo descubrió con mucho cuidado, y luego de observarlo algunos segundos tomo el mismo pincel grueso manchado con la negra sangre que había brotado de los ojos de Isadora y comenzó a proyectar suaves líneas curvas sobre todo el contorno del rostro. Estuvo algún rato hasta que me imagino fue suficiente y sacó un abrigo de su ropero. Sin apuro se abrigó y caminó hacia la puerta. Antes de abrirla se dio vuelta y observo por última vez lo que alguna vez había sido un hermoso retrato. Se complació al notar que a la distancia la nueva figura tomaba mucho sentido: sobre la bufanda descansaba una negra manzana que servía de alimento a un gordo y feo gusano. – Quien sabe – se dijo – Quizás inventé un nuevo estilo de pintura: la naturaleza muerta –

Abrió la puerta y salió. Nunca más volvimos a verlo.