sábado, 19 de abril de 2014

Réquiem por el viento


          Con la punta del pie trazo una línea tan larga como me permite el largo de mi pierna, haciendo saltar las diminutas piedrecillas de la gravilla gastada de este lugar con olor a muerto. Todo aquí me huele a escape, a huida desesperada; incluso siento un pequeño dolor en las articulaciones producido seguramente por mi pierna que quiere escapar.
El viento pasea libre entre los pocos árboles de la plazoleta jugando aleatoriamente a botar las hojas mas amarillas y secas de este mostrario de cansancio. El otoño es y siempre ha sido un pasillo entre dos cuartos grandes y cómodos para lo que estamos preparados y esperamos durante todo el año, pero que después de tres meses nos aburre y empezamos a desear con toda nuestra piel el negativo de nuestras sensaciones: quemándonos al sol deseamos el tiritar de dientes parados en cualquier esquina, encerrados tras los vidrios de nuestras ventanas extrañamos el tibio viento de las tardes veraniegas donde nos juntamos en cualquier bar a conversar de quien sabe que cosa. Aparte los pasillos siempre son oscuros y no sabemos con quien o que nos podemos topar. Eso nos seduce.
Me llama la atención una hoja muy seca y rojiza que se sostiene apenas con un hilo de vida. ¿Que le llamará a sostenerse tan fuertemente de la rama que algún día la vio nacer? Se niega con orgullo a dejarse llevar por el viento, ese tan caprichoso y desordenado. Que seductora y animal conversación es la que sostiene esa hoja vieja, desgastada, cansada y este viento siempre joven y arrebatador. Será el romance que los lleva a danzar tan antiguamente y cómplices de ese amor para el que nacieron y están destinados desde siempre. 
Tuvo que hacer un doble esfuerzo para no soltarse del pasamano, la gente bajaba en masa y sin respetar a nadie en esa estación del metro de Santiago. Con la mano derecha sujetaba fuertemente su maletín lleno de papeles y proyectos. Al llegar a su destino bajó rápidamente las escaleras que conducían al primer nivel que salía a la calle y corrió dos cuadras abajo para llegar al pequeño departamento donde lo esperaba Alicia.
Ella estaba sentada frente al computador mientras tecleaba veloces letras en un texto en principio indescifrable. A su lado una taza vacía y tras ella, en unos trapos botados, un gato gordo dormía su vigésima siesta del día. Diría que ni siquiera lo vio entrar.
Sigo soñando carrera tras carrera mientras te encuentro con los mismos ojos llenos de otros parajes, caminos que no son los míos. No es mi sudor ni cansancio los que me esperan día a día tras un escritorio donde tú estás sentada fría y sin abalanzarte sobre mí para darme ese amor que tú crees tener. Esperas por algo que me sobrepasa porque no soy yo quien debiera estar aquí, no debería haber atravesado “yo” ese portal, ese marco de puerta con el rostro sobrexplotado de futuros.
Han pasado las horas como si nada. Y digo como si nada porque aquí la nada inunda las cosas despojándolas de todas sus atribuciones, por lo tanto el sinónimo más apropiado para cada cosa que habita esta plazoleta es precisamente nada. El pequeño sol que se asomó vergonzosamente hace algunas horas no se entusiasmó con nosotros, y nos abandonó apenas terminado su turno diario relevándose rápidamente por el frío que empezaba a teñir al travieso viento que sigue su juego con la vetusta hoja.
Una bebida fría era lo único en el refrigerador tras unos sachet de aliños vacíos. Saque la bebida mientras tiraba la basura en el tiesto junto a la cocina, cuando Alicia entró arrastrando las pantuflas desteñidas y desarmadas por los ocasionales juegos del gato.  – ¿me sirves un café?- -no hay- -¿no ibas a comprar?- -no tengo plata, pero creo que debiera caer algo esta semana. Me fue bien en la mañana- -¿te pagaron?- -no, pero el compromiso es…-
Hay días felices, no me gusta relacionarlo con las visitas de Alicia a la Estación, pero ella es otra cuando sabe que viaja y todo en ella cambia. Se levanta muy temprano para ordenar la maleta siendo cuidadosa de echar en ella todo lo que no huele a mí. Finalmente le da de comer al gato y me besa rosando sus labios en mi rostro y se va.
Siempre me quedo en la cama largo rato, en silencio contando las bocanadas de aire que salen de mis pulmones extrañándola. Y es raro porque en ese momento es cuando la extraño más, quizás sabiendo que es muy probable que ella no piense en mí; con esto de ayudar a la señora esa que no me acuerdo el nombre pero que huele a recuerdos inolvidables. Casi podridos.
Para no recordarla mucho ejercito eso de planear las cosas. Nos imagino medio felices en un patio grande con pasto y flores que he logrado mantener porque Alicia finalmente le enseño al gato a no hacer sus necesidades en mis maceteros. Con la amiga de gestos “largiruchos” llegando casi todos los días. Pero no me importa y me rió de su último padecimiento, heredado seguramente de esa tía tan metiche que no le gusta que le llamen por su nombre. Como si me acordara de su nombre.
Es tan raro el silencio cuando hace frío. Me despierto para darme cuenta que Alicia todavía no está y pienso en este presente que vivimos con ella allá en la Estación. Me tengo que levantar y prender el calefactor antes de olvidarme cuales flores plantaría esta primavera. 
- Que feas son esas flores que crecen en la base de ese árbol, me pregunto si estarán ahí a propósito, aparte hay unas espinas muy desagradables que atraviesan la suela de mi zapato – hacía mucho frío y el delgado chaleco ya no cumplía con su propósito, impedido de dar pelea al helado viento otoñal que con más fuerza golpeaba una y otra vez con ráfagas de violentos anocheceres. En cualquier momento caería, su vida y la de su rama, madre protectora que la vio nacer y crecer amándose con el sol, ya eran recuerdos de otros atardeceres. El viento, la plazoleta, las flores, el individuo, ya no la necesitaban. Sobre todo el individuo. Sería muy pronto crujido de zapatos.
Ya pasaban 4 días de que se había ido y nunca duraban tanto sus visitas a la Estación. Cuando más un día extra avisado por correo o teléfono, pero ahora nada. Tecleo su número en el celular y una grabación le avisaba al otro lado de la línea que había apagado su teléfono.
Otra noche con su día… y nada.
Alicia ya no estaba. Finalmente lo entendió cuando el gato tampoco volvió. Ahora miraba desde lo alto del andén de su propia estación pensando en lo solo que estaba y en cuan útil le había sido a todos los que ahora no estaban. No criticó a nadie, las situaciones son así y llega un momento en que definitivamente no te puedes sostener. Miró las líneas del tren y respiro profundamente.
El movimiento y la caída fueron casi instantáneos, ya no pudo sostenerse y el viento cumplía su misión. La hoja ya muerta, seca y muerta, caía haciendo vaivenes en sincronía con el último suspiro del viento que se iba junto al hombre.
Al pasar a su lado hizo un contrapié para pisarla, ese sonido le recordaba mucho a una persona que alguna vez frecuentó.

sábado, 12 de abril de 2014

Taller de escritura y lenguaje.

La mujer cerró la ventana justo cuando la tarde se comenzaba a poner fría. Camino hacia la puerta mientras frotaba fuertemente sus manos para lograr calor. La cerró luego de mirar al largo y helado pasillo donde ya no había nadie.

Acomodo la silla y se sentó mirando hacia el grupo de jóvenes que todavía no terminaban de sacarse las chaquetas y los guantes. – Perfecto – se dijo como para ella misma y saco una pequeña libreta de color marrón en cuyas hojas se revolvían cientos de letras de ininteligible caligrafía.

- La correcta inspiración es algo que debe brotar instantáneamente de nuestras vivencias, de lo que vivimos y sentimos es donde debe nacer lo que posteriormente llevaremos al papel – Decía esto mientras algunos alumnos del taller de escritura y lenguaje cerraban los ojos buscando esos momentos que la maestra describía tan fácilmente.

- Perfecto, cierren los ojos e imaginen el caminar de su casa al parque. ¿Qué ven? - - personas - decía uno, - árboles – decía otro, - experiencias – se atrevía a decir el que apretaba mas los ojos. – Perfecto, cada cual busca en sí y encuentra lo que de una forma u otra nos marca –

Dicho esto la maestra se paró de la silla y comenzó a recitar:

“Debajo de las multiplicaciones
Hay una gota de sangre de pato;
Debajo de las divisiones
Hay una gota de sangre de marinero;
Debajo de las sumas, un río de sangre tierna.
Un río que viene cantando
Por los dormitorios de los arrabales,
Y es plata, cemento o brisa
En el alba mentida de New York”.

¿Qué intuimos en la pasada estrofa? Acaso la tristeza de un hombre que palpa el sufrimiento, acaso la pena de la desolada ciudad industrial, será tal vez un triste hombre en una desolada ciudad industrial – Y abría exageradamente los ojos felicitando a su yo interno por tan acertada metáfora explicativa.

Entonces los alumnos callaron. Primero los treinta segundos suficientes para que la sobreexcitada maestra contuviera la respiración, se sentara y concluyera que sus alumnos buscaban una respuesta “ad-hoc” a su interpretación. Cuando el silencio sobrepaso los sesenta segundos la maestra comenzó a mirarlos uno a uno, pausadamente y parpadeando lentamente sin dejar de sonreír. Ya empezaba a sentirse incomoda.

Justo a los ciento veinte segundos la maestra rompió el silencio y se dirigió a todos sus pupilos – me da la impresión de que el hombre sufre en la sangre del pato y del marinero. Sufre lo que el pato y el marinero cuando no puede evitar el sangramiento que baja por las calles – y dio otra mirada a su alrededor. El silencio seguía siendo funerario.

Entonces se paró de la silla y camino hacia la puerta dando el instante para que a sus espaldas los alumnos pudieran intercambiar miradas y susurros. Al voltear todo continuaba ceremoniosamente callado. Se acerco al grupo y camino muy cerca de ellos presa del más total asombro. Estupefacta se acerco a uno de ellos, por atrás y muy lentamente, y puso su oído junto a su boca; asombrada escucho como el alumno repetía: “Die ente und der matrose uberqueren die strade zusammen, und im weg der front Essen sie gerostetes huhn, Die ente und der matrose uberqueren die strade zusammen, und im weg der front Essen sie gerostetes huhn, Die ente und der matrose uberqueren die strade zusammen… Sin entender dio un paso atrás y ya espantada miro a otro alumno que movía los labios repetidamente y sin pausa. Al acercarse lo escucho decir: “En realize le marin sentait une attractrion terrible par le canard, En realize le marin sentait une attractrion terrible par le canard, En realize le marin sentait… Ya completamente aterrada camino hacia la silla donde había comenzado el taller del día y tomo su libreta color marrón en un reflejo instintivo. Comenzó a hojearla sin poner atención a ninguna hoja, solo comenzaba a escuchar a otro alumno que repetía: “The problem is that the ducks do not use socks, The problem is that the ducks do not use socks, The problem is that the ducks… Cuando la ventana se abrió de par en par dejando entrar una fuerte ráfaga de viento y congelando la pieza, el alumno que más cercano estaba a ella dejo su asiento de un fuerte salto y comenzó a gritar hacia el techo: Livello basso la del fante di marina la luna none posto per un assassin delle anatre, wretch basso, prendera as ala di vendetta la buona. La confusión era completa. Ya no entendía que pasaba ni como saldría de ese lugar. – Ente, matrose, gerostetes huhn – trataba de tomar su bolso – Marin, attraction, canard – caía el bolso junto a la libreta color marrón – Ducks whith socks, duck with socks - Era un completo atado de nervios y papeles que caían y la libreta color marrón que empezaba a perder sus hojas – Talvez o sangue do pato nao era digno de um sailor com sonhos das cores – Y el alumno se acercaba tanto que podía mirar dentro de sus ojos y saber que no podría escapar de ahí – Canard, fante di marina, duck, marin – Cuando renuncio a su libreta color marrón que se destrozaba bajo los brincos de un alumno que trataba de alcanzar algo que de una u otra forma colgaba del techo, retrocedió paso a paso sin darse cuenta que la ventana abierta por el viento movía sus marcos hacia adentro y afuera como las mandíbulas de un perro callejero y hambriento. No se dio cuenta tampoco cuando el marco de la ventana le golpeo la cabeza empujándola hacia delante para caer en los brazos de un estudiante que había permanecido callado pero de pie. – Los marineros son de una especie que no suele frecuentar a los patos, menos en New York – y la empujo justo cuando el perro habría su mandíbula y la tragaba sin masticarla. Callo rápidamente del segundo piso en que se encontraban.

Un cuerpo yacía sin vida en el suelo, de su cabeza brotaba un hilo de sangre que corría por los dormitorios de los arrabales, brillaba como plata mientras la fría brisa la congelaba. Y corría hacia el norte, seguramente hacia New York.


sábado, 5 de abril de 2014

El Fantasma de Antonia Lopez.

Lo puedes ver por las noches caminando por los bares de Antonia López de Bello. – Le dibujo a la señorita, se la dejo igualita – Es su oferta. La verdad nunca lo hemos visto dibujar. – Si me la cambia un poco, tal vez conversemos – digo. Frase que siempre suelta alguna risa.

- Nunca me dejes terminar el segundo – Es una tímida advertencia que escucho con malicia. La miro cuando empieza el tercero y sus ojos comienzan a brillar y ya no es la misma. Pero tampoco yo soy el mismo.

Nos miramos buscando esa palabra que ninguno de los dos se atreve a decir, pero que se encuentra ahí justo entre nuestros labios. Qué lejos se encuentran aún. Busco la palabra entre tus parpadeos y cada uno cambia los colores de la situación repitiendo las palabras pero con otro sonido. Cada nuevo sonido nos vuelve e a entregar una razón para estar juntos.

Afuera muchas personas también buscan palabras y a cada una el fantasma ofrece una escenografía especial. Vuelve una y otra vez dando vueltas entre las mismas mesas y seguimos ahí mismo mirándonos y deleitándonos con las cosas que ingeniosamente inventamos para solo seguir mirándonos. Y a veces muchas no tienen sentido. Quizás la mayoría no tiene sentido. ¡Pero qué importa! nada importa si todo sirve para que la distancia se estreche.

Las ideas siempre son locas y un poco descabelladas. Y entre las ideas preguntamos al cantor de quien era el tema solo para consternarnos y decir que hoy en día hay mucho ingles y poco Sabina. Nos hace mucha gracia la frase.
Algunos te miran cuando ríes. Y deben pensar que algo te causo gracia, pero no saben que solo es un reflejo porque como ninguno sé, que estas nerviosa. Siempre trato de pensar que es por mí.


El fantasma entra por la puerta que agita pequeños tonos de unas campanillas y apaga la vela en nuestra mesa. O tú lo culpas a él mientras entre silenciosas risas vuelves a prenderla. Yo sé que no fue él, sino cualquiera de nosotros que al hablar quizás que cosa dejó brotar un tierno aliento que desea apagarla para que nos vallamos. Y lo gracioso es que el aliento alcanza el fuego de la vela porque sin darnos cuenta estamos más cerca que al principio. Eso nuestros alientos lo saben. Todo en nuestros cuerpos sabe que estamos más cerca, por eso las risas y los temblores.
Entonces el fantasma ofrece nuevamente sus servicios y ahora me arrepiento de no haber aceptado la primera porque tus ojos ya no son los mismos. Si te hubiera dibujado de todas formas serías otra. Pero ya no importa porque nuestros pies casualmente ya bailan bajo nuestra mesa, y se tocan y se rodean. Y van mucho antes que nosotros, quizás en la esquina besándose bajo un balcón o mucho más allá despidiéndose con dulces besos y prometiendo extrañarse. El fantasma decide irse y tú no terminas el tercero. Ya lo sabíamos.