Con la punta del pie trazo una línea tan larga como me permite el largo de mi pierna, haciendo saltar las diminutas piedrecillas de la gravilla gastada de este lugar con olor a muerto. Todo aquí me huele a escape, a huida desesperada; incluso siento un pequeño dolor en las articulaciones producido seguramente por mi pierna que quiere escapar.
El viento pasea libre entre los pocos árboles de la plazoleta jugando aleatoriamente a botar las hojas mas amarillas y secas de este mostrario de cansancio. El otoño es y siempre ha sido un pasillo entre dos cuartos grandes y cómodos para lo que estamos preparados y esperamos durante todo el año, pero que después de tres meses nos aburre y empezamos a desear con toda nuestra piel el negativo de nuestras sensaciones: quemándonos al sol deseamos el tiritar de dientes parados en cualquier esquina, encerrados tras los vidrios de nuestras ventanas extrañamos el tibio viento de las tardes veraniegas donde nos juntamos en cualquier bar a conversar de quien sabe que cosa. Aparte los pasillos siempre son oscuros y no sabemos con quien o que nos podemos topar. Eso nos seduce.
Me llama la atención una hoja muy seca y rojiza que se sostiene apenas con un hilo de vida. ¿Que le llamará a sostenerse tan fuertemente de la rama que algún día la vio nacer? Se niega con orgullo a dejarse llevar por el viento, ese tan caprichoso y desordenado. Que seductora y animal conversación es la que sostiene esa hoja vieja, desgastada, cansada y este viento siempre joven y arrebatador. Será el romance que los lleva a danzar tan antiguamente y cómplices de ese amor para el que nacieron y están destinados desde siempre.
Tuvo que hacer un doble esfuerzo para no soltarse del pasamano, la gente bajaba en masa y sin respetar a nadie en esa estación del metro de Santiago. Con la mano derecha sujetaba fuertemente su maletín lleno de papeles y proyectos. Al llegar a su destino bajó rápidamente las escaleras que conducían al primer nivel que salía a la calle y corrió dos cuadras abajo para llegar al pequeño departamento donde lo esperaba Alicia.
Ella estaba sentada frente al computador mientras tecleaba veloces letras en un texto en principio indescifrable. A su lado una taza vacía y tras ella, en unos trapos botados, un gato gordo dormía su vigésima siesta del día. Diría que ni siquiera lo vio entrar.
Sigo soñando carrera tras carrera mientras te encuentro con los mismos ojos llenos de otros parajes, caminos que no son los míos. No es mi sudor ni cansancio los que me esperan día a día tras un escritorio donde tú estás sentada fría y sin abalanzarte sobre mí para darme ese amor que tú crees tener. Esperas por algo que me sobrepasa porque no soy yo quien debiera estar aquí, no debería haber atravesado “yo” ese portal, ese marco de puerta con el rostro sobrexplotado de futuros.
Han pasado las horas como si nada. Y digo como si nada porque aquí la nada inunda las cosas despojándolas de todas sus atribuciones, por lo tanto el sinónimo más apropiado para cada cosa que habita esta plazoleta es precisamente nada. El pequeño sol que se asomó vergonzosamente hace algunas horas no se entusiasmó con nosotros, y nos abandonó apenas terminado su turno diario relevándose rápidamente por el frío que empezaba a teñir al travieso viento que sigue su juego con la vetusta hoja.
Una bebida fría era lo único en el refrigerador tras unos sachet de aliños vacíos. Saque la bebida mientras tiraba la basura en el tiesto junto a la cocina, cuando Alicia entró arrastrando las pantuflas desteñidas y desarmadas por los ocasionales juegos del gato. – ¿me sirves un café?- -no hay- -¿no ibas a comprar?- -no tengo plata, pero creo que debiera caer algo esta semana. Me fue bien en la mañana- -¿te pagaron?- -no, pero el compromiso es…-
Hay días felices, no me gusta relacionarlo con las visitas de Alicia a la Estación, pero ella es otra cuando sabe que viaja y todo en ella cambia. Se levanta muy temprano para ordenar la maleta siendo cuidadosa de echar en ella todo lo que no huele a mí. Finalmente le da de comer al gato y me besa rosando sus labios en mi rostro y se va.
Siempre me quedo en la cama largo rato, en silencio contando las bocanadas de aire que salen de mis pulmones extrañándola. Y es raro porque en ese momento es cuando la extraño más, quizás sabiendo que es muy probable que ella no piense en mí; con esto de ayudar a la señora esa que no me acuerdo el nombre pero que huele a recuerdos inolvidables. Casi podridos.
Para no recordarla mucho ejercito eso de planear las cosas. Nos imagino medio felices en un patio grande con pasto y flores que he logrado mantener porque Alicia finalmente le enseño al gato a no hacer sus necesidades en mis maceteros. Con la amiga de gestos “largiruchos” llegando casi todos los días. Pero no me importa y me rió de su último padecimiento, heredado seguramente de esa tía tan metiche que no le gusta que le llamen por su nombre. Como si me acordara de su nombre.
Es tan raro el silencio cuando hace frío. Me despierto para darme cuenta que Alicia todavía no está y pienso en este presente que vivimos con ella allá en la Estación. Me tengo que levantar y prender el calefactor antes de olvidarme cuales flores plantaría esta primavera.
- Que feas son esas flores que crecen en la base de ese árbol, me pregunto si estarán ahí a propósito, aparte hay unas espinas muy desagradables que atraviesan la suela de mi zapato – hacía mucho frío y el delgado chaleco ya no cumplía con su propósito, impedido de dar pelea al helado viento otoñal que con más fuerza golpeaba una y otra vez con ráfagas de violentos anocheceres. En cualquier momento caería, su vida y la de su rama, madre protectora que la vio nacer y crecer amándose con el sol, ya eran recuerdos de otros atardeceres. El viento, la plazoleta, las flores, el individuo, ya no la necesitaban. Sobre todo el individuo. Sería muy pronto crujido de zapatos.
Ya pasaban 4 días de que se había ido y nunca duraban tanto sus visitas a la Estación. Cuando más un día extra avisado por correo o teléfono, pero ahora nada. Tecleo su número en el celular y una grabación le avisaba al otro lado de la línea que había apagado su teléfono.
Otra noche con su día… y nada.
Alicia ya no estaba. Finalmente lo entendió cuando el gato tampoco volvió. Ahora miraba desde lo alto del andén de su propia estación pensando en lo solo que estaba y en cuan útil le había sido a todos los que ahora no estaban. No criticó a nadie, las situaciones son así y llega un momento en que definitivamente no te puedes sostener. Miró las líneas del tren y respiro profundamente.
El movimiento y la caída fueron casi instantáneos, ya no pudo sostenerse y el viento cumplía su misión. La hoja ya muerta, seca y muerta, caía haciendo vaivenes en sincronía con el último suspiro del viento que se iba junto al hombre.
Al pasar a su lado hizo un contrapié para pisarla, ese sonido le recordaba mucho a una persona que alguna vez frecuentó.
El viento pasea libre entre los pocos árboles de la plazoleta jugando aleatoriamente a botar las hojas mas amarillas y secas de este mostrario de cansancio. El otoño es y siempre ha sido un pasillo entre dos cuartos grandes y cómodos para lo que estamos preparados y esperamos durante todo el año, pero que después de tres meses nos aburre y empezamos a desear con toda nuestra piel el negativo de nuestras sensaciones: quemándonos al sol deseamos el tiritar de dientes parados en cualquier esquina, encerrados tras los vidrios de nuestras ventanas extrañamos el tibio viento de las tardes veraniegas donde nos juntamos en cualquier bar a conversar de quien sabe que cosa. Aparte los pasillos siempre son oscuros y no sabemos con quien o que nos podemos topar. Eso nos seduce.
Me llama la atención una hoja muy seca y rojiza que se sostiene apenas con un hilo de vida. ¿Que le llamará a sostenerse tan fuertemente de la rama que algún día la vio nacer? Se niega con orgullo a dejarse llevar por el viento, ese tan caprichoso y desordenado. Que seductora y animal conversación es la que sostiene esa hoja vieja, desgastada, cansada y este viento siempre joven y arrebatador. Será el romance que los lleva a danzar tan antiguamente y cómplices de ese amor para el que nacieron y están destinados desde siempre.
Tuvo que hacer un doble esfuerzo para no soltarse del pasamano, la gente bajaba en masa y sin respetar a nadie en esa estación del metro de Santiago. Con la mano derecha sujetaba fuertemente su maletín lleno de papeles y proyectos. Al llegar a su destino bajó rápidamente las escaleras que conducían al primer nivel que salía a la calle y corrió dos cuadras abajo para llegar al pequeño departamento donde lo esperaba Alicia.
Ella estaba sentada frente al computador mientras tecleaba veloces letras en un texto en principio indescifrable. A su lado una taza vacía y tras ella, en unos trapos botados, un gato gordo dormía su vigésima siesta del día. Diría que ni siquiera lo vio entrar.
Sigo soñando carrera tras carrera mientras te encuentro con los mismos ojos llenos de otros parajes, caminos que no son los míos. No es mi sudor ni cansancio los que me esperan día a día tras un escritorio donde tú estás sentada fría y sin abalanzarte sobre mí para darme ese amor que tú crees tener. Esperas por algo que me sobrepasa porque no soy yo quien debiera estar aquí, no debería haber atravesado “yo” ese portal, ese marco de puerta con el rostro sobrexplotado de futuros.
Han pasado las horas como si nada. Y digo como si nada porque aquí la nada inunda las cosas despojándolas de todas sus atribuciones, por lo tanto el sinónimo más apropiado para cada cosa que habita esta plazoleta es precisamente nada. El pequeño sol que se asomó vergonzosamente hace algunas horas no se entusiasmó con nosotros, y nos abandonó apenas terminado su turno diario relevándose rápidamente por el frío que empezaba a teñir al travieso viento que sigue su juego con la vetusta hoja.
Una bebida fría era lo único en el refrigerador tras unos sachet de aliños vacíos. Saque la bebida mientras tiraba la basura en el tiesto junto a la cocina, cuando Alicia entró arrastrando las pantuflas desteñidas y desarmadas por los ocasionales juegos del gato. – ¿me sirves un café?- -no hay- -¿no ibas a comprar?- -no tengo plata, pero creo que debiera caer algo esta semana. Me fue bien en la mañana- -¿te pagaron?- -no, pero el compromiso es…-
Hay días felices, no me gusta relacionarlo con las visitas de Alicia a la Estación, pero ella es otra cuando sabe que viaja y todo en ella cambia. Se levanta muy temprano para ordenar la maleta siendo cuidadosa de echar en ella todo lo que no huele a mí. Finalmente le da de comer al gato y me besa rosando sus labios en mi rostro y se va.
Siempre me quedo en la cama largo rato, en silencio contando las bocanadas de aire que salen de mis pulmones extrañándola. Y es raro porque en ese momento es cuando la extraño más, quizás sabiendo que es muy probable que ella no piense en mí; con esto de ayudar a la señora esa que no me acuerdo el nombre pero que huele a recuerdos inolvidables. Casi podridos.
Para no recordarla mucho ejercito eso de planear las cosas. Nos imagino medio felices en un patio grande con pasto y flores que he logrado mantener porque Alicia finalmente le enseño al gato a no hacer sus necesidades en mis maceteros. Con la amiga de gestos “largiruchos” llegando casi todos los días. Pero no me importa y me rió de su último padecimiento, heredado seguramente de esa tía tan metiche que no le gusta que le llamen por su nombre. Como si me acordara de su nombre.
Es tan raro el silencio cuando hace frío. Me despierto para darme cuenta que Alicia todavía no está y pienso en este presente que vivimos con ella allá en la Estación. Me tengo que levantar y prender el calefactor antes de olvidarme cuales flores plantaría esta primavera.
- Que feas son esas flores que crecen en la base de ese árbol, me pregunto si estarán ahí a propósito, aparte hay unas espinas muy desagradables que atraviesan la suela de mi zapato – hacía mucho frío y el delgado chaleco ya no cumplía con su propósito, impedido de dar pelea al helado viento otoñal que con más fuerza golpeaba una y otra vez con ráfagas de violentos anocheceres. En cualquier momento caería, su vida y la de su rama, madre protectora que la vio nacer y crecer amándose con el sol, ya eran recuerdos de otros atardeceres. El viento, la plazoleta, las flores, el individuo, ya no la necesitaban. Sobre todo el individuo. Sería muy pronto crujido de zapatos.
Ya pasaban 4 días de que se había ido y nunca duraban tanto sus visitas a la Estación. Cuando más un día extra avisado por correo o teléfono, pero ahora nada. Tecleo su número en el celular y una grabación le avisaba al otro lado de la línea que había apagado su teléfono.
Otra noche con su día… y nada.
Alicia ya no estaba. Finalmente lo entendió cuando el gato tampoco volvió. Ahora miraba desde lo alto del andén de su propia estación pensando en lo solo que estaba y en cuan útil le había sido a todos los que ahora no estaban. No criticó a nadie, las situaciones son así y llega un momento en que definitivamente no te puedes sostener. Miró las líneas del tren y respiro profundamente.
El movimiento y la caída fueron casi instantáneos, ya no pudo sostenerse y el viento cumplía su misión. La hoja ya muerta, seca y muerta, caía haciendo vaivenes en sincronía con el último suspiro del viento que se iba junto al hombre.
Al pasar a su lado hizo un contrapié para pisarla, ese sonido le recordaba mucho a una persona que alguna vez frecuentó.

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